
La puntilla a la desazón y el coraje que enerva los ánimos de los contertulios, cuando ven en la televisión los noticiarios que narran desvergüenzas de príncipes y notables en sus declaraciones ante el juez, es la inefable frase que remata la indignación que sienten todos: "Y con la que está cayendo..."
Sí. Porque la corrupción de los próceres, además de mostrarse masiva y descarada, además de robar a capazos -para la perplejidad de los ciudadanos-, cae en una tierra ya de por si seca y castigada. El pueblo tiene hambre. El pueblo sufre y pena por las calamidades que otros han traído. No se está robando lo que sobra de un banquete opíparo: se están llevando lo que muchos necesitan para cubrir aunque sea sus necesidades más básicas.
Quedan pocos títeres por caer. Pocos son ya los ciudadanos que, cándidamente, crean en la bondad de ningún político, ni de ningún monarca o príncipe. O en todo caso, son cada vez menos.
Y hasta se preguntan -por fin- por qué, para empezar, unos son príncipes y otros, nada más nacer, saben que su destino es ser eso: plebe. Porque muchos de los que nos mandan y nos esquilman llegaron a su condición sin mérito propio. Esos príncipes (de la realeza o la política, léase), está escrito "no se sostienen sino por la voluntad y la fortuna --cosas ambas mudables e inseguras-de quienes los elevaron; y no saben ni pueden conservar aquella dignidad por si mismos..."
Aún habrá, y cada vez son menos, los que ansíen ver en sus príncipes esas virtudes que, como en las películas, parece que deberían serles innatas, por el mero hecho de ser aristócratas. Sería, creen, deseable que "todo príncipe poseyese las virtudes consideradas buenas; pero como no es posible poseerlas todas, ni observarlas siempre, porque la naturaleza humana no lo consiente, le es preciso ser tan cuerdo que sepa evitar la vergüenza de aquellas que le significarían la pérdida del Estado, y, si puede, aun de las que no se lo harían perder".
Así debería ser. El príncipe debería ser alguien "amante de la virtud y honrar a los que se distingan en las artes. Asimismo, dar seguridades a los ciudadanos para que puedan dedicarse tranquilamente a sus profesiones, al comercio, a la agricultura y a cualquier otra actividad; y que unos no se abstengan de embellecer sus posesiones por temor a que se las quiten, y otros de abrir una tienda por miedo a los impuestos".
No es así, sin embargo. Y los tiempos, a fuerza de ser malos, pésimos, auguran mayores descontentos y quizá, por ventura, cambios antes impensables. Porque contra el pueblo no se puede estar. Al pueblo no se le puede pisar eternamente. El pueblo tiene mucha paciencia, pero tarde o temprano termina por agotarla. "Un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman".
El problema, con todo, no es la corrupción. Este pueblo, creo yo, la tiene interiorizada: cualquiera respondería, si se le pregunta, que el robo, el amiguismo, la trampa, la comisión en negro, son parte inseparable de nuestra naturaleza y en consecuencia estamos -la mayoría- dispuestos a tolerar un cierto margen de latrocinio a quien nos gobierna.
El problema, como antes decía, es que se está robando mucho. Demasiado. Y se roba a quien tiene poco, muy poco. Los príncipes roban con exceso. Los príncipes se empeñan en administrarse un ritmo de vida no ya lujoso, sino hasta extravagante. Los príncipes creen, acaso, que nunca habrán de dar explicaciones a nadie. Piensan, a lo mejor, que unos guardias de seguridad y unos setos de coníferas de dos metros de altura, bastan para separar su mundo dorado y opulento de los desahucios, los subsidios que se agotan, las pensiones congeladas, la desesperación y la estrechez... Los príncipes se equivocan.
Nosotros no somos capaces. Pero nuestros hijos, sí, de preguntarse por qué alguien que trabajó cincuenta años, apenas tiene una jubilación mínima, mientras muchos de estos príncipes gozan de retiros millonarios. Los príncipes se equivocan y quizá, cuando quieran enderezar su rumbo, ya sea demasiado tarde. "Un príncipe, cuando es apreciado por el pueblo, debe cuidarse muy poco de las conspiraciones; pero que debe temer todo y a todos cuando lo tienen por enemigo y es aborrecido por él..."
Nada bastará, cuando sigan insistiendo en vivir en palacetes que compraron con dinero ajeno, mientras nuestros hijos no tengan donde vivir ni donde trabajar, para apaciguar los ánimos. Cuando manden a sus policías a pegar a los chicos, en lugar de a velar por la decencia y la honradez. Se quejarán luego de la violencia o de la insolencia. De que las manifestaciones populares carecían de papeles -como si la indignación y la santa cólera necesitaran permisos de la delegación del gobierno-. Protestarán y se preguntarán qué pasó, cuando por fin, un pueblo digno y harto se levante y los pise definitivamente.
Pues sólo tienen que pensar. Y leer un poco.
Los entrecomillados son de Maquiavelo. El resto, es mío.