domingo 18 de marzo de 2012

Eres un elegido


Hace mucho, mucho tiempo, un curita bueno me lo dijo así, sin conocerme previamente y sin más explicaciones: tú eres un elegido.
Yo era jovencito. Y necesité un rato de hacerme el sueco para pasar el rubor, porque además había más personas presentes. Naturalmente, no me lo creí. O mejor dicho, desconfié. Como ahora sigo desconfiando de personas o entes que se creen elegidos o especiales. Desconfío de todo lo que me huela a mesiánico o a salvapatrias. Y pasé página.

Muchos años después, como suele pasar en la vida -es decir, que a todo solemos llegar tarde-, empecé a leer entre líneas. En lo que veía, en lo que escuchaba, y también en los renglones ya escritos de mi propia historia.
Y sí: es verdad. Soy un elegido. Y estoy en condiciones de decirte a ti, que ahora lees esto, que también tú eres un elegido, o una elegida.
No hay nadie en el mundo igual, ni siquiera similar a ti. Nadie tiene tus posibilidades, ni tus infinitas cualidades. Nadie puede, además, activarlas y darles valor, cultivarlas y hacer que den fruto, salvo tú mismo. Nadie te entiende mejor que tú.
Eres algo único. Tan especial y tan valioso, que parece increíble que los demás no se paren para admirarte. Así de valioso eres. Así de brillante. Créeme, brillante de verdad.
Te adornan tantas virtudes que bien puedes considerarte el culmen de la creación. Estás por encima de toda ella. Cuídate, porque eres un arca llena de tesoros. Respétate y date brillo. Explora tu propia riqueza, porque la tienes y es mucha.

He recibido, como todos recibimos a diario, miles de prédicas, religiosas, políticas o de cualquier otro tipo, todas ellas empeñadas en hacernos sentir culpables y deudores. Por pecar, por no pagar impuestos, por piratear música, por no ir a votar -o por votar a quien no convenía-, por desear a alguien, por comer, por beber.... Por vivir.

Frente a todo ello, hay una filosofía humana y vital, fulgurante y radical, que ha sido entendida por muchos sabios -cristianos, musulmanes o ateos, da igual- y que simplifican, a fuerza de no poder explicar mejor una cosa tan inmensa y tan elevada, con una sola frase:

-Tú. ¡Sí tú! Eres único... Eres el elegido.

domingo 11 de marzo de 2012

El puñetero paraíso

Hace tiempo, un predicador llamó a mi puerta:
-¿Adónde querría ir usted, al paraíso o al infierno?

((Yo quiero ir, pensé, a donde cante, noche tras noche, Howlin´ Wolf, con mesa preferente sobre la cual sólo haya una botella de bourbon.
A donde haya una venta en donde me pongan chiclana fresquito y gambas y cante Camarón con dieciocho años.
Al país de la Paz y la Justicia, en donde no haya señores ni siervos. Ni hambre, ni pena.
A donde haya un prado en donde, tumbado, vea en el cielo -en proyección continua- todo lo de Kubrick, Kurosawa, Berlanga o Coppola.
En donde el trigo haya sido pintado por Vang Gogh. Y la luz por Vermeer y la sombra por Caravaggio. Las montañas por De Haes y la arena por Sorolla.
En donde haya una carretera larga y curvada, pacífica y bella, y me adelante el Williams de Airton Senna o la moto del Che.
En donde pueda dormir junto a un lago salido de un sueño de Dalí, y sólo sea despertado por un beso de Marilyn.
En donde haya una biblioteca grande, enorme, regentada por Dante y Cervantes, y en cuyos pasillos me cruce con Lorca, Unamuno, Machado, Quevedo, Lope y Hernández. En donde tertulien animadamente De La Serna y Fernán Gómez.
Y un café cantante en donde actúen Fofó, y Tip, y Víctor Jara, y Lennon y Harrison.
En donde el vino no emborrache -o acaso un poco- ni se acabe nunca.
En donde viva el Jesús de los Pobres, dedicando las mañanas a jugar con los niños, las tardes a cuidar enfermos y las noches a beber y reír con sus amigos y amigas.
En donde haya una plaza donde debatan -amigablemente, como no podría ser menos- Juan de la Cruz con Ibn Arabí, Guillermo de Okham con Tomás de Aquino.
En donde las monedas sean de chocolate, los adoquines de pan y las fuentes de sidra.
En donde aprenda -de una vez- a hacer fotos con Capa, a escribir con Saramago, a pintar con Velázquez.))

-Sé dónde quiero ir, pero no compro revistas ni biblias. Me disculpe.

lunes 27 de febrero de 2012

Un príncipe de manual


La puntilla a la desazón y el coraje que enerva los ánimos de los contertulios, cuando ven en la televisión los noticiarios que narran desvergüenzas de príncipes y notables en sus declaraciones ante el juez, es la inefable frase que remata la indignación que sienten todos: "Y con la que está cayendo..."
Sí. Porque la corrupción de los próceres, además de mostrarse masiva y descarada, además de robar a capazos -para la perplejidad de los ciudadanos-, cae en una tierra ya de por si seca y castigada. El pueblo tiene hambre. El pueblo sufre y pena por las calamidades que otros han traído. No se está robando lo que sobra de un banquete opíparo: se están llevando lo que muchos necesitan para cubrir aunque sea sus necesidades más básicas.
Quedan pocos títeres por caer. Pocos son ya los ciudadanos que, cándidamente, crean en la bondad de ningún político, ni de ningún monarca o príncipe. O en todo caso, son cada vez menos.
Y hasta se preguntan -por fin- por qué, para empezar, unos son príncipes y otros, nada más nacer, saben que su destino es ser eso: plebe. Porque muchos de los que nos mandan y nos esquilman llegaron a su condición sin mérito propio. Esos príncipes (de la realeza o la política, léase), está escrito "no se sostienen sino por la voluntad y la fortuna --cosas ambas mudables e inseguras-de quienes los elevaron; y no saben ni pueden conservar aquella dignidad por si mismos..."
Aún habrá, y cada vez son menos, los que ansíen ver en sus príncipes esas virtudes que, como en las películas, parece que deberían serles innatas, por el mero hecho de ser aristócratas. Sería, creen, deseable que "todo príncipe poseyese las virtudes consideradas buenas; pero como no es posible poseerlas todas, ni observarlas siempre, porque la naturaleza humana no lo consiente, le es preciso ser tan cuerdo que sepa evitar la vergüenza de aquellas que le significarían la pérdida del Estado, y, si puede, aun de las que no se lo harían perder".
Así debería ser. El príncipe debería ser alguien "amante de la virtud y honrar a los que se distingan en las artes. Asimismo, dar seguridades a los ciudadanos para que puedan dedicarse tranquilamente a sus profesiones, al comercio, a la agricultura y a cualquier otra actividad; y que unos no se abstengan de embellecer sus posesiones por temor a que se las quiten, y otros de abrir una tienda por miedo a los impuestos".
No es así, sin embargo. Y los tiempos, a fuerza de ser malos, pésimos, auguran mayores descontentos y quizá, por ventura, cambios antes impensables. Porque contra el pueblo no se puede estar. Al pueblo no se le puede pisar eternamente. El pueblo tiene mucha paciencia, pero tarde o temprano termina por agotarla. "Un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman".
El problema, con todo, no es la corrupción. Este pueblo, creo yo, la tiene interiorizada: cualquiera respondería, si se le pregunta, que el robo, el amiguismo, la trampa, la comisión en negro, son parte inseparable de nuestra naturaleza y en consecuencia estamos -la mayoría- dispuestos a tolerar un cierto margen de latrocinio a quien nos gobierna.
El problema, como antes decía, es que se está robando mucho. Demasiado. Y se roba a quien tiene poco, muy poco. Los príncipes roban con exceso. Los príncipes se empeñan en administrarse un ritmo de vida no ya lujoso, sino hasta extravagante. Los príncipes creen, acaso, que nunca habrán de dar explicaciones a nadie. Piensan, a lo mejor, que unos guardias de seguridad y unos setos de coníferas de dos metros de altura, bastan para separar su mundo dorado y opulento de los desahucios, los subsidios que se agotan, las pensiones congeladas, la desesperación y la estrechez... Los príncipes se equivocan.
Nosotros no somos capaces. Pero nuestros hijos, sí, de preguntarse por qué alguien que trabajó cincuenta años, apenas tiene una jubilación mínima, mientras muchos de estos príncipes gozan de retiros millonarios. Los príncipes se equivocan y quizá, cuando quieran enderezar su rumbo, ya sea demasiado tarde. "Un príncipe, cuando es apreciado por el pueblo, debe cuidarse muy poco de las conspiraciones; pero que debe temer todo y a todos cuando lo tienen por enemigo y es aborrecido por él..."
Nada bastará, cuando sigan insistiendo en vivir en palacetes que compraron con dinero ajeno, mientras nuestros hijos no tengan donde vivir ni donde trabajar, para apaciguar los ánimos. Cuando manden a sus policías a pegar a los chicos, en lugar de a velar por la decencia y la honradez. Se quejarán luego de la violencia o de la insolencia. De que las manifestaciones populares carecían de papeles -como si la indignación y la santa cólera necesitaran permisos de la delegación del gobierno-. Protestarán y se preguntarán qué pasó, cuando por fin, un pueblo digno y harto se levante y los pise definitivamente.

Pues sólo tienen que pensar. Y leer un poco.
Los entrecomillados son de Maquiavelo. El resto, es mío.

sábado 18 de febrero de 2012

Carnaval

(foto: Iberiarural.es)

Estoy hasta los huevos del frío. Este invierno me ha resultado largo. Y lo ha sido, o lo está siendo: largo, frío y seco. Muchos me dicen que esa impresión se debe a mi terquedad, por usar la moto como medio de transporte durante todo el año. Pero la motocicleta es otra historia, de la que ya escribí algo y sobre la que volveré a escribir, seguro.
El invierno es una sensación. Más bien, es como un estado del ánima. Y no sólo nuestra, sino de la naturaleza. Y hasta de la economía, puestos a traer un tema actual y candente -aunque no se sabe cuándo volverá, en esta materia, la primavera-. El invierno es aquí la niebla, la noche, el relente, la helada. Y también ese ímpetu por llegar a casa y no salir. La prisa por entrar pronto en la cama. El invierno, por eso, nos recoge, como un perro pastor. Hace que nos portemos bien, que seamos adustos y timoratos, como ovejas lanudas, cargadas de barro y de miedo.
El carnaval mata al invierno. El carnaval viene otra vez, como cada año, y llena la calle de color -aquí, en donde somos de disfraces, murgas y cachivaches-. Viene, y la gente recupera el espacio. Se vigoriza y se preguntá quién los tuvo ateridos, sujetos con tenaza de hierro. Quién heló sus plantas y sus tejados. Quién agotó su granero, mató sus animales, hurtó sus ahorros.
El pueblo, o mejor: la gente del pueblo, o aún mejor: la gente de los pueblos se despierta. Y los mozos se levantan y se cubren de pieles. El rebaño se subleva. Los cencerros resuenan por las calles de piedra, en un desfile de trangas y zampanzares. Las ovejas se convierten en machos cabríos, que trotan osados por la plaza y otean la presencia de las mozas y las encuentran arrimadas a las jambas de cada puerta, fingiendo susto, pero que ríen y desean en el fondo ser solicitadas por los enmascarados y su virilidad.
La fiesta consiste en dejar de tener miedo. Y se consigue conjurándolo con la justicia: la de los hombres y las mujeres que identifican, persiguen y queman al dueño de su mal. La hogueras arden en cada plaza. Los monigotes pagan su culpa y todos ríen y bailan a su alrededor. El tiempo bueno debe volver. Ya nada nos va a tener atemorizados. Hemos quemado el hambre, el caciquismo, la servidumbre. A quien se quedaba con la comisión de nuestro sudor y a quien nos oprimía con impuestos y capataces.
La bacanal es perfecta: la vida vuelve y fluye. Se rompe con lo negro y regresa la luz. El hielo se funde y queda el agua limpia. El fuego sube alto y potente y luego cesa y queda la ceniza. Hay que volver a vivir. Ceniza, sol y agua hacen fértil a la tierra. De hacer fértiles a las mujeres ya nos encargamos nosotros.
Pero primero hay que meter lumbre. Buscad, amigos, a vuestros tiranos y a vuestros ogros. Los traeremos a la plaza. Hay leña de encina para todos.
Yo no soy amigo de disfraces. Pero a una buena hoguera me apunto.

domingo 12 de febrero de 2012

Derecho Natural

No lo sabemos, pero somos expertos en Derecho. En Derecho Natural. Seguramente no seamos -la mayoría- capaces de articular ni de explicar cuáles son, cómo se formulan o cómo se defienden nuestros derechos. Pero sabemos que los tenemos, que son nuestros. O mejor dicho, que somos, cada uno de nosotros, sujetos de esos derechos. Acreedores de ellos, que hemos nacido para disfrutarlos y que nadie debería ponerlos en duda, ni mucho menos conculcarlos.
El Derecho Natural así lo entiende. Y existe, desde hace muchos siglos, porque parte de una base que no hay que olvidar: todos los seres humanos tenemos derecho a vivir. Más que eso: tenemos derecho a vivir razonablemente bien.
Al margen de las muchas críticas que puedan esgrimirse contra ello y por mucho que se argumente que el derecho positivo -las leyes, los decretos, los resultados de las urnas, etc.- está por encima de todo, por "razones de orden y de respeto al sistema democrático", lo cierto es que es inmanente en cada uno de nosotros un sentido de la Justicia. Un concepto que es superior, porque se supone más perfecto que la "justicia" emanada de los tribunales, o que se pretende establecer mediante leyes redactadas por los poderes estatales.
Para todo, también para el iusnaturalismo, corren malos tiempos. Vemos procesos judiciales que condenan o absuelven de forma, para muchos, incomprensible. Padecemos decisiones tomadas por nuestros representantes políticos -y a veces, ni siquiera por ellos-, acerca de las que cabe la duda de que sean para nuestro bien. Y, en fin, hasta los delitos contra la humanidad pueden ser perseguidos o soslayados, condenados u olvidados, en función de quién los haya perpetrado.
Confrontar el Derecho Natural contra el Derecho Objetivo puede traer como consecuencia la ruptura de los individuos con el segundo, y colocarnos a un paso de la desobediencia civil. Que no es santo de mi devoción, pero que reconozco que suele ser una postura saludable, los más de los casos.
El problema es que no somos nosotros, los individuos, los que buscamos esa confrontación. Al contrario: son los agentes generadores de normas legales y resoluciones los que, aparentemente al menos, se van situando, cada vez más, lejos de los Derechos de la Persona. Y por lo tanto, lejos del interés y del respeto por la Persona.
Nuestro derecho a la vida, íntegra, libre, digna... Nuestro derecho a la promoción social, cultural, económica. Nuestro derecho a la vivienda, a la cultura, al trabajo. No son "lujos" extravagantes que haya que situar en estratos inferiores, en favor del sostenimiento del status de otros, aquellos que se niegan a descender ni un peldaño de su pedestal de privilegios. Ni la política, ni la industria, ni la banca, ni ninguna otra instancia debe sentir que nuestros derechos pueden estar postergados y a su servicio. Sería andar hacia atrás. Sería volver a la orilla opuesta, de donde veníamos. Y antes que eso, mejor quemar los barcos.

sábado 28 de enero de 2012

El ebook de mis pecados


Soy uno de vosotros. Un ciudadano acusado de venerar al dios Todogratix, cabeza de la mitología consumista-panteísta que hoy hace furor y acapara adeptos. Que como todos los dioses habidos y por haber engaña y carece de aquello de lo que suele presumir. Es así: sus creyentes, ingenuamente tendemos a acusarnos, sintiéndonos pecadores, de quererlo todo y de no pagar nada. Tantas homilías de sus sacerdotes comerciales causan su efecto. Sin embargo, la realidad campa por derroteros opuestos: pagamos cada vez más. Y cada vez más cosas están dejando de ser gratuitas.
Hemos sido educados en la culpa de nuestro pecado original. Y también en la de otros pecados sobrevenidos: la lujuria, la gula. Queremos todo. Queremos de todo.
Pero quien nos indica el camino pecaminoso y nos adentran en él son aquellos que nos condenan por seguirlo. Los mismos sacerdotes que, sin pecado ni pecadores, tendrían que cerrar su negocio. Los mismos que caen en las mismas faltas y que, a la vez, hacen de ella su fuente de ingresos y también su fuente de justificación moral y existencial. Están ahí para reñirnos y perseguirnos. Para hacer caja. Son algo así como el ayuntamiento que multa tus excesos de velocidad, pero que reza para que sigamos corriendo, porque sin multas no podría cuadrar sus cuentas.
Es necesario monetizarlo todo, se dicen en sus consejos de administración. Y todo tiene unos costes que, en justicia, hay que pagar. Porque si no, se envía a mucha gente al paro. Los creadores y los empleados de cada industria cultural. Y eso, claro, clama al cielo.
La industria, palabra bien aprendida por músicos, cineastas y escritores, representa precisamente lo contrario de aquello que yo entiendo por creación artística. La búsqueda de la belleza y la estética. El hallazgo de nuevas expresiones y ritmos. Ya sea con una melodía o con un libro. Con una película o con una fotografía. Y, hallado un nuevo camino, explorarlo y ponerlo al servicio de aquello que le dio origen. No estamos hablando de entretenimiento. Hablamos de arte y literatura. Hablamos de compromiso, trabajo, brillantez, hallazgo estético. También expresión de sentimientos e ideas, de dar origen y cauce a pensamientos, protestas, posicionamientos críticos. Todo ello no cabe en la palabra industria.
El creador tiene derecho a vivir de su obra. Pero el entramado industrial organizado en torno a esa obra, no. Son, como cualquier otra industria, un negocio, y como tal debe asumir riesgos, renovar sus sistemas y sus productos, sus formas de distribución, asumir pérdidas y, llegado el caso, cerrar y desaparecer. Como cualquier otra industria.
Ninguna curia, por mucho que predique la rectitud, se desprende de sus púrpuras. Basta ver la gala de los Goya, o la cena de entrega del premio Nadal o del Planeta. La vanagloria y la falsedad de premios prefabricados, de artistas de éxito paridos por listas que ellos mismos elaboran.
Toda religión es así. Unos visionarios redactan preceptos que ellos mismos incumplen. Establecen la frontera entre lo bueno y lo malo. Dicen quiénes son justos y quiénes pecadores. Y tarifican las bulas para ser perdonados en forma de óbolo, tasa o canon. Inoculan esos preceptos en la población que, a fuerza de ser más bondadosa que los propios padres fundadores, acaba creyendo que, en efecto, peca y debe pedir perdón. Que con nuestra negra alma estamos matando de hambre a los pobres cardenales de la alfombra roja.
Persiguen a quienes comparten archivos, pero no a quienes saquean sus propias instituciones, haciendo estragos en su caja y en su prestigio.
Acaso llegará algún día en que el león y la gacela lleguen de nuevo a pastar juntos. Y alcancemos la tierra de la leche y la miel gratuitas. Pero mientras tanto, desierto arriba y desierto abajo, los cabezas de la caravana no dejan de recordarnos, de cuando en cuando, que pasamos calor y sed por nuestra propia deslealtad. Y se lucran con los derechos de autor que perciben por haber escrito las tablas de la ley.
Tablas en las que grabaron un texto dictado por el dios supremo. Encima.

martes 10 de enero de 2012

Ya no existimos



Decía Mercedes, cuando me veía procesar -intentarlo- esta fotografía a partir de un viejo negativo escaneado: "-¿Para qué sacas eso? ¿Por qué quieres volver a ver esa foto? ¡Si todo eso ya no existe!..."
Cierto. La torre fue restaurada, como la cúpula de la Concepción y su rotonda, y muchas de las casas que dejan ver aquí sus cubiertas ya fueron demolidas.
"-Ni siquiera yo existo. Ya no soy esa..."
Es verdad. Pero yo estuve allí con mi cámara. Y os vi.

jueves 5 de enero de 2012

Los Santos Inocentes


El año viene con recortes a las prestaciones que el Estado ofrece a los ciudadanos. Y con subidas de impuestos. Es decir: tendremos que pagar más para tener menos. Y aún daremos gracias si estamos en el caso de poder seguir haciéndolo. Desdicha de pobres, tener que dar gracias por poder trabajar.
Yo ya sé que el caso a lo mejor no es comparable, o sí lo es. Pero a mi, toda esta trama -o debería decir "drama"- de golfos apandadores, señoritos caciques encorbatados, aristócratas, curas y políticos en connivencia, corruptos todos ellos, me recuerda inevitablemente a la película "Los Santos Inocentes". Y antes de que nadie deje de leer, advierto: no es tan lejano lo que cuenta esa peli, sino que hace bien poco. Y tampoco tenemos la garantía de que lo más o menos lejano en el tiempo no pueda volver. Ni tan siquiera la tenemos de que se haya ido del todo.
No, no es lejano ni es ajeno. Fue aqui mismo lo narrado. Y no hace tanto tiempo.
Hasta en primera persona he escuchado contar historias, verídicas éstas, de boca de mis mayores. De cómo estudiar no era posible para ningún niño o joven de familia trabajadora, por muchas cualidades que se le adivinaran. Los registros de alforjas y aguaderas, por si al salir del cortijo del señor, acabada la jornada, algún desdichado osara robar pan o queso. Las tinajas enterradas bajo suelo, llenas de embutidos bañados en aceite, cuyos despojos más rancios eran dados a los animales antes que a las personas hambrientas. Las caminatas de toda una noche llevando cerdos de una a otra finca por dos niños a los que no se les pagaba ni aun se les ofrecía agua ni comida, sino un ahora vas y te vuelves. La extrañeza o quizá la indignación de los terratenientes porque los pobres también podían, a pesar de todo, gozar del amor y del sexo: no deberían tener derecho, decían, creyéndolo verdaderamente. La bofetada con que un cura solía adoctrinar al pobre, que por pobre ni pecar sabía. O la inocencia, la de mi madre por ejemplo, que se podía perder en un confesionario: al acabar de confesarme por primera vez, me decía la pobre, aquel hombre me preguntó tales cosas impensables para mi, ignorante y niña, que bien puedo decir que dejé de ser inocente allí mismo. Las jornadas de sol a sol. El servicio a cambio de poco o de nada. Los largos años dedicados a sólo trabajar. El escrutinio del señor, que vigila que no haya nadie sin servirle, apenas dándole tiempo a dejar atrás la infancia. La tristeza, la impotencia de pedir la jubilación y descubrir que de todos aquellos años, tan sólo algunos habían sido cotizados. La negación del pan, del futuro, de la justicia. Y en fin, hasta cuando a pesar de todos los pesares, de los abusos y de la ausencia de derechos, uno lograba juntar monedas de dolor y sudor y plantarse en la almazara para comprar aceite, aún había alguien que abollaba a golpes la alcuza para que cupiese menos cantidad dentro. Historias de vidas duras, de personas insoportablemente maltratadas, que, ya viejos, pedían al niño que les leyera la carta que había venido de Bilbao, añorantes de su sangre emigrada y ansiosos por ver qué decían esas letras.
Mirad bien alrededor. Decidme si es cierto que las oportunidades son iguales para todos. Decidme que los medios productivos están bajo el control y al servicio de quienes los trabajan y necesitan de sus frutos. Que el Estado y las autoridades están del lado de la colectividad y no del de unos pocos privilegiados. Que cada uno obtiene recompensa de su trabajo y de su honradez. Que hay futuro para las nuevas generaciones.
Si es así, podréis reiros o compadeceros -como a tantos escuché- de los personajes que aparecen en Los Santos Inocentes. Porque no sóis ya como ellos. No habéis nacido donde ellos -yo sí, soy extremeño, como Paco el Bajo y su familia-. No servís reverencialmente a ningún señor. Podréis ver esa película como se ve un documental de antropología indígena. Y hasta podréis creer -también eso escuché- que los de aquí somos mansos y atrasados desde siempre y lo seguimos siendo.
Pero mirad bien y pensad, porque bajo la cortina de humo de televisión, elecciones y subsidios, quizá halléis, reptando por el suelo, un trozo de la cadena que llega hasta el grillete de vuestro tobillo. Y habrá que pensar en zafarse, como El Quirce, callados pero resueltos, para recuperar la altivez y la dignidad que todo pueblo conserva siempre.
O para, de una vez y que el demonio me lleve luego, pasar como Azarías de una puta vez la soga por la encina.