miércoles, 27 de marzo de 2019

A veces veo títeres



Cuando visité la ciudad de Lyon pude encontrar, en una plazuela pequeñita que flanqueaban dos puestos de flores y uno de hortalizas, el monumento a Laurent Mourguet. Es un obelisco modesto que soporta el busto verdoso de este caballero del siglo dieciocho. Mourguet fue el creador del teatro de títeres. Su primer personaje y el más famoso de todos fue Guignol. A Guignol también lo quise visitar, pero no pudo ser. Doblando dos callejuelas más del Vieux Lyon se halla el museo de títeres en donde descansa el viejo muñequito, pero por dos veces encontré la puerta cerrada y con un calor del copón bendito, por lo que me despedí desde fuera y pedí refugio a una tabernera que resultó irlandesa y versada en cervecitas. Olvidé pronto al pobre Guignol.

Ahora me han venido a recordarlo los cómicos encarcelados en Madrid, acusados de enaltecer al terrorismo, por boca de uno de sus personajillos. El mundo está fatal. Pero España está para que la derriben y la hagan de nuevo. Y la alicaten bien hasta el techo porque esto ya con pintura no se endereza.


Derecho Constitucional es como llamamos en España a las ingentes cantidades de cañas con bacalao rebozado que en Casa Labra consumieron los padres de nuestra carta magna para llevarse medio bien y hacer un apaño que durase unos añitos. Mis respetos y mi admiración hacia ellos: no comparto tanta crítica actual hacia la Transición, se hizo como se pudo y no fue tan mal. Y sobre todo, se hizo como a mi me gusta: hablando, comiendo y bebiendo. Ellos –como también muchos constitucionalistas alemanes- debatieron sobre las libertades de opinión y expresión y la cosa tenía tomate. -¿Respetamos esas libertades a quienes estén a favor de la violencia? -¿Y a los franquistas? -¿Y a los nazis? -¿Que lo piensen o también que lo manifiesten? -¿O no?….  y claro: era que sí. Para mantener mi opinión en absoluto silencio y no poder manifestarla no necesito ninguna constitución que me proteja. Y si sólo protege ciertas opiniones pero no otras ¿qué carajo de libertad de opinión es esa?… Pero los Roca, Peces Barba, Cisneros y etcétera sabían que esto, en España, necesitaría de una pedagogía de muchos cursos intensivos para ser digerido.  Ochenta o noventa años, o por ahí….   -Libertad para decir lo que quieras, hombre dónde se vio eso… A ver si se les ocurre a los hijos de la gran puta de ETA  insultar a nuestras víctimas. Que insultos aquí no se pasa ni uno, me cago en sus muertos-    Si manifestar una simple opinión sin violencia puede ser objeto de persecución, está claro que el resto del artículo 20 de nuestra constitución puede ser usado tranquilamente como papel higiénico. La creación artística, literaria o científica, como comprenderéis, importan una puta mierda a quienes gravan con IVA de lujo a cine, teatro o libros, persiguen a literatos jubilados que osen publicar un párrafo y cobrarlo, o contemplan sin rubor ni pesar cómo se nos marchan al extranjero los mejores  y más jóvenes cerebros.

Guignol y Gnafron, como Polichinella en Italia, o Punch, o Kasperle, o tantos otros muñecos de teatrillo, andaban siempre arreglando los problemas a base de hostias bien asentadas, o de golpes tremendos de cachiporra, su arma preferida. Pero nunca a ningún espectador se le ocurrió interponer demanda por ello. Hoy sí. Pero hoy hay razones. Razones naturalmente políticas. En España siempre estuvo penado no ser afecto al régimen y eso es así desde Isabel la Católica hasta nuestros días. Quien se mueve no sale en la foto y tal. Incluso así nos fueron educando nuestros mayores: no preocupados de que un hijo fuera como los demás, uno más entre miles, sino -¡horror!- que fuera distinto. Tú no destaques hijo: sé uno más. Pero la mera y lejana posibilidad de que “los distintos”, los no afectos, puedan empoderarse hace que tiemble el misterio.  Y los cimientos del  carcomido teatro. 
Lo que pasa es que Laurent Mourguet no era empresario teatral, ni cómico, sino sacamuelas. Inventó a Guignol para entretener a sus clientes y que no se dieran cuenta del mal trago que iban a pasar o que estaban pasando.  Y así andamos doscientos años después. Yo no veo más que títeres. Nos están sacando la pringue, amigos. Ya os lo he dicho más veces. Nuestro sueldo. La pensión de nuestros padres. La beca de nuestros hijos. El ahorro de nuestra cartilla. Se lo van a llevar absolutamente todo. Su voracidad y su ansia y su desvergüenza no tienen fin. Y ahí están: les meten la mano por el culo a unos cuantos muñecos (un juez, unos periodistas, policías, colectivos de afrentados, etc) y ya tenemos guiñoles para varios días. Mientras, que no se hable mucho de lo suyo.

-       ¡C'est guignolant!

lunes, 18 de febrero de 2019

Lo chiamavano cinema


Creo que la primera película que recuerdo haber visto en el cine fue "Yanco". Fue en un cine parroquial, en el patio de las viejas escuelas. Allí plantaban algunas sillas y un viejo proyector que hacía "TRRRRR" todo el rato, detrás mismo de nuestras cabezas. En la puerta se colocaba alguien, a veces yo mismo o uno de los de mi pandillina, con una hucha para hacer la recaudación. Los asistentes, en fila india, iban depositando una peseta antes de entrar. Confieso que, a falta de pesetas, alguna vez que otra lo que introduje en el bote fue un pedacito de vidrio recogido del suelo. Al caer dentro hacía el mismo ruido que una rubia. Mea culpa. Durante muchos años he tenido esa película así, en mi memoria, a cachitos, sin recordar detalles apenas, tanto tiempo hace ya de eso. Sí recuerdo que empezaba con un fúnebre toque de campana, sobre la imagen de un charco. Una película mexicana de los años cincuenta o sesenta, en blanco y negro, con un argumento triste hasta la aflicción. Una historia que, de pronto, hizo que me diera cuenta de que el cine podía remover cosas en el interior de las personas. En mi interior, al menos, sí.  O no fue la primera, y antes había visto versiones horrorosas de Los Tres Mosqueteros, o alguna serie Zeta para público infantil. Nada. Yanco fue mi primera película, eso es así. La primera en donde el dolor, la angustia, la vida y la muerte, la música, la imagen, la interpretación y tantas otras cosas se asomaron al menos a mi mundo de niño con pantalón corto.
Mucho tiempo después, en el 2007, pude ver otra película : "El Violín". Una obra también en blanco y negro, pero esta vez por motivos plásticos, no por pura vetustez. Premio Especial en Cannes de ese año. Curiosamente también mexicana. Y también con un viejo violín en el eje estético y narrativo de la historia. Sólo que ahora el protagonista no era un niño, sino un anciano. Algún lazo memorístico -y emocional- me hizo unir ambas películas. Pero no puedo explicar por qué. Sólo viéndolas se podría entender. O no. Las rememoro a ambas porque de algún modo iniciaron y cerraron un ciclo, vital o no sé de qué tipo, para mi. ¿Me gustaron? Desde luego, El Violín sí. La recomiendo sin dudarlo. En todo caso, es muy difícil hablar de películas. De cine. Porque, ya se sabe, es cuestión de gustos. Bien está que hay cine bueno y cine malo. Películas mejor y peor hechas. Como actores y actrices. Todo. Pero nunca se sabe: se trata de vivencias, a menudo. De sensaciones vividas, delante de una pantalla enorme. Sólo así me explico que me gustaran películas de serie B del Oeste, o de zombies -ahora otra vez de moda-, o policiacas.... Porque es así: no me avergüenza decir que disfruté como un enano viendo a Bud Spencer y a Terence Hill en "Le llamaban Trinidad" dando mamporros o zampándose una sartén de judías con tocino. Ya tendría tiempo de convertirme en un idiota y en rechazar según qué cosas, por "no tener calidad"... Ya tendría ocasión de echarme novia y fingir que me gustaba Truffaut -Truffaut: eres un capullo insoportable y un puto pedante-, como este mismo mes, que me he chupado la última de Almodóvar o la de Cumbres Borrascosas. Por amor, nada más. Porque a mi, lo que me hubiera gustado era haber vuelto a tener dieciséis años y largarme al Cine Goya o al Autopista. Y que me pusieran una de Hitchcock, o una de Sherlock Holmes. O que repitieran otra vez -o mil veces- La Diligencia, o Rio Bravo. Con una cerveza en una mano, un Ducados en la otra y sentados en el respaldo de la butaca de hierro, con los pies en el asiento. Y sí, una de Bud Spencer, o de Bruce Lee, que para eso practicábamos luego en la calle, lanzando hostias y patadas a todos los postes de la luz. Bien poco podíamos imaginar que esas pelis iban a ser semilla de culto, al menos para Tarantino. Ser un adolescente para ver de nuevo el estreno de Star Wars, y salir sabiendo que algo nuevo había pasado en el mundo del cine fantástico. Revivir la primera vez de El Padrino. Ir creciendo a base de buenos estrenos, pero también algún que otro ciclo de Kubrick, de Ford, o de Wilder.Ya vendría el amor, el drama, el existencialismo.... Todo se andaría. Pero eso creo: que en el fondo, en la base, está la sensación de gozo, la pura diversión. El Cine que muchos desprecian, pero que yo escribo con mayúsculas.
P.D. Qué razón nos asistía, qué ingenua alegría, cuando silbábamos aquellas bandas sonoras (como ésta que dejo aquí) , calle abajo, imitando las escenas que más nos habían gustado. Dando un puntapié a una lata. Felices, un puñado de amigos, una noche de verano


Viriato murió en Chamberí


Quería ver cierta exposición, pero no sabía dónde está la calle Viriato. No hay problema. En la Puerta del Sol hay una estación de metro. Y en ella, una oficina de atención al cliente. Bueno, la oficina no se llama así, sino Metro Shop, pero da igual: tampoco la estación se llama como dije, sino Vodafone Sol. En todo caso, con esa nomenclatura tan furiosamente europeizante, la cosa tendría que ir como la seda. Dos amables jóvenes me sacarían del aprieto.
-Señorita, quisiera saber la estación más próxima a la calle Viriato.
-No sé cuál es esa calle. ¿Cómo ha dicho que se llama?
-Viriato. Calle Viriato.
-Pues ni idea, pero se lo busco. ¿Es con B o con V?
-Con V... Viriato es con V...
En 1972, Doña Candi era siempre implacable y podía lanzar sus preguntas como dardos, de forma punzante e inesperada:  -Manolito, ¿quién fue Viriato?  (más me valía saberlo)  -Señorita, ¡Viriato fue un invicto caudillo lusitano!... 
-Pues con V  tampoco aparece...
- ¿Cómo puede ser? Esa calle existe, estoy seguro.
La compañera de la señorita a esas alturas también está tecleando en su ordenador. Los clientes a quienes atendía en ese momento no se molestaron por verse obligados a esperar:  a ellos también les intrigaba el tema.
-A mi tampoco me aparece ningún Viviato. Ni Bibiato, con B, tampoco. ¿No será una con B y otra con V?...
-A ver, entonces... ustedes... ¿no saben quién fue Viriato, verdad?
Las dos señoritas y la pareja de clientes que estaba siendo atendida arquearon hacia abajo sus labios y menearon a coro negativamente sus cabezas. Doña Candi nos había enseñado a leer y a escribir (con buena comprensión lectora y sin faltas de ortografía escrita, hasta la fecha), amén de historia general de España y buenas dosis de catecismo, en un colegio pendiente de homologar, cuyas instalaciones consistían en una puerta y dos cuartos, uno de ellos sin ventanas. No había pizarras, sino rectángulos pintados en la pared con esmalte gris.
- Pues Viriato... Viriato fue.... ¡nuestro invicto caudillo lusitano!
Ahora todos (las dos señoritas, los dos clientes y aun una pareja de turistas alemanes que acababa de entrar me miraron con pavor. No sé si por el tono de mi voz, o por haber sacado la palabra "caudillo" a paseo. Aunque a estas alturas y más en Madrid, no sé a qué tanto aspaviento. De todos modos, Doña Candi podría revolverse en su tumba. Bien: no tanto como eso. Aún no ha fallecido. Sólo que hace mucho que se retiró y se dedica a labores altruistas. Que dan ganas de enviarla a la capital al frente de unos pocos cascos azules y algunos drones, con el objeto de enderezar allí tanto desastre educativo. Quizá rompiendo algunas manos a palmetazos. Y no, Doña Candi. Viriato, simplemente no llegó hasta aquí. Lo más cerca que estuvo fue en la emisión de esa serie en donde lo interpretaba un galán bien majo. Pero el de verdad, no. El de verdad resistió a Roma hasta decir basta. Ni se conformó con proteger a su querida Lusitania, pues se dio buenos garbeos hasta el Mar Menor a tomar allí los barros. Y hasta se bajó al moro. Y consiguió de Serviliano Cepión la independencia lusitana, como territorio respetado y "amigo de Roma", a base de derrotarlo y amenazar con exterminar sus legiones. Sin referendum de autodeterminación ni mierdas.  Pero aquí no llegó. Y bien me habría gustado. Todo habría dado en el día de hoy, ¡oh glorioso caudillo! por verte a ti y a los tuyos entrar a uña de caballo en la calle Preciados. Haciendo huir en desbandada a esa gleba compacta que derrochaba sus sestercios a manos llenas.... Todo lo habría dado por ver caer en tus celadas -de esas con tiros de honda y terronazos en los cascos- a tanto municipal y nacional que rodeaban el Congreso, que más que sede parlamentaria parecía puticlub en plena redada.... O acaso rondó cerca. Quizá quiso venir desde Chamberí o desde Chueca. Y allí quedó enredado en las luces rojizas de un local de ambiente. O falleció indigesto en un kebab. O, como dicen las crónicas, fue vendido por sus lugartenientes Audax, Ditalco y Minuro, que habían sido sobornados y que como todos saben se dedicaban entre horas a la reventa en el Bernabéu. Mas de nada les sirvió, pues se quedaron sin su líder y sin su recompensa. Porque recibieron la célebre respuesta:  -Madrid no paga traidores: ese servicio también lo estamos privatizando-

Publicado en diciembre de 2013

El club de los poetas fusilados




Hoy todos se apenan por Robin Williams, muecas de sonrisa, ojos de sonrisa. Ha muerto y muchos se ablandan, notando que somos ya menos jóvenes y que caen, cambian o se marchan para siempre algunos de los lugares, cosas o personas que nos han influido, marcando de algún modo un hito, un punto reconocible en nuestra biografía. En la formación de eso que somos o que aún estamos construyendo. Yo también estoy apenado, sin duda. Pero la verdad es que yo no estudié en Eton o Welton o como se llamase aquel colegio, no sé si recordáis. No tuve un profesor Keating. Ni un amigo como el de Will Hunting. No. Yo había descubierto a Whitman por casualidad. Y aun así no lo he leído mucho. Bien: sólo sus Hojas de Hierba. Pero reconozco que fueron hojas frescas, rociadas muy fino, en las que daba gusto tumbarse. Yo había leído, muy joven y por pura curiosidad y placer, a Shakespeare en las largas siestas de verano, cuando el calor achantaba a mi pandilla de cofrades de gamberrías y a mi equipo de baloncesto, inutilizándolos durante horas y haciéndolos dormitar hasta bien caído el sol. Era imposible. La poesía nunca hubiera podido ser, para un niño de la España del último franquismo, un trampolín a la vida. Sólo era una máquina de fabricar epopeyas. Una furcia barata que hacía arrumacos a los jerifaltes. Porque los otros, los poetas de verdad, habían sido depurados, exiliados o fusilados. La lectura disidente, la casualidad a veces, nos hizo comprender que Lorca había escrito más cosas, distintas y distantes de la boda de la lagarta y el lagarto. Comprender y saber -algunos aún hoy quieren hacerlo pasar así-  que Machado no se fue a Francia para visitar a una tía segunda. O que Miguel Hernández no falleció por hacer dieta sin supervisión de una nutricionista competente. La Poesía comenzó a decir cosas que nos habían ocultado. Pero no hablaba solamente del amor o la iniciación a la vida. No me dieron ganas de vestirme de tules e interpretar a Hipólita en el teatro López de Ayala. La Poesía había sido la voz de la Libertad, como en la dichosa película en la que Williams nos espolea y nos quiere dar alas. Pero la Libertad, en España, no en Vermont, USA, era la que ansiaba Hernández (sangro, lucho y pervivo) con carne desgarrada, o Altolaguirre (ya que no puedo ser libre, agrandaré mis prisiones). La que Lorca necesitaba (en tu cuerpo guardabas las lavas de tu pasión) ¿Por qué son peligrosos los poetas? ¿Qué hubo de temible en la pluma de Miguel, la guitarra de Víctor, los teatrillos de Federico? ¿Por qué matarlos a todos? La Poesía (miel en el pecho dolorido de un hombre), como el Teatro, alzaba imponente una bandera, un grito, un argumento, que eran incompresibles para el orden brutal, infinitamente hipócrita, que se nos había fajado a todos. Había que leer. Hay que leer. La radical rebelión, de exigencia libertaria, se exhibe, quizá, en la calle. Pero se fragua en la mesa, sobre un libro o unos papeles. La rebelión, sí: la profunda disidencia que me hace pensar, sentir o vivir de forma inesperada, resistente a esquemas previsibles y controlables, es una consecuencia de una auténtica y más profunda revolución. El encuentro conmigo y con mi vida. Los sentimientos, las aspiraciones, la sensualidad, el deseo, la solidaridad, la duda. También el odio, o los celos. La muerte. Tantas cosas. Y todas y cada una. Son materia de reflexión. También materia de creación, de progreso, de autoconocimiento y aceptación. Y luego de reivindicación. Para ser uno mismo. Y serlo junto a los demás. O contra todos los demás. Materia para tener faena durante una o mil vidas. Recorrer ese laborioso trayecto, seleccionando ahora este camino, luego aquel otro. Irrenunciablemente libre. En pie sobre el pupitre. Incansablemente independiente. Hay tajo, amigos. No perdamos el tiempo. Carpe Diem.

Publicado en agosto de 2014

El galguero


Me tocó al lado. En un banquete de bodas, una de esas veces en las que vas a caer en una mesa en la que habrá otras ocho o diez personas a quienes conoces poco. O no conoces de nada. Y me tocó al lado. Un tipo enjunto, patilludo y con pelo ensortijado que dejaba caer, ya canoso, en una pequeña melena que bailaba como coleteando, a dos dedos de la nuca. Un hombre de campo, curtido y de mirada franca. Podría haber sido palmero, o conductor de calesa en el Parque de María Luisa. Pero no vino mal: al poco tiempo habíamos trenzado conversación sobre una afición que teníamos en común, y que por lo visto debe rezumarse por los poros o algo así, porque lo descubrimos el uno del otro en pocos minutos. Nos gustaba el Flamenco. Y nada: el convite fue largo y un pelín tedioso. Por eso, los demás nos miraban con cierta envidia, ya que para nosotros dos los minutos y las horas volaban: Toronjo, Porrina, Tena, Cintas, Calixto... Sevilla, La Unión, Jerez... soleá, fandango, toná... Hubiéramos podido seguir toda la noche. Al terminar una frase, mi colega suspiró: sí, el Flamenco, mi gran pasión. Y los galgos. Y seguimos dándole al palique sobre cadencias y sones. Pero el tema de los galgos me picó. Te la guardo, compadre. Para cuando pueda.Y pude. Sopesé si era o no oportuno sacar un tema espinoso, en un ambiente amable y correcto. Pero no podía irme sin preguntarlo. Puse el asunto sobre la mesa, un poco forzado, con una par de preguntas de fingido interés sobre los galgos. Un par de pases para poner al toro en suerte. Y entré a matar: ¿por qué los abandonáis? ¿cómo podéis? Pagamos justos por pecadores. Fue la respuesta. Y apuntillé un par de veces más. No somos todos iguales, me dijo. Pagamos justos por pecadores. Y en esa línea de respuestas cortas y que a mi me parecían propias de alguien culpable como Barrabás terció una parte del envite. ¿Qué harás -insistí- cuando alguno de esos cinco o seis que dices que tienes ahora ya no te valgan? Finalmente, mi compañero de mesa volvió a suspirar, ahora más hondo. Como dándose por vencido: este cabezón no se conforma con dos cosas, y seguirá preguntando y tocándome los huevos hasta que se haga de día. Y me contó algo más. Mira -me dijo- lo reconozco: tengo galgos desde que era muy joven. Y sí. Cuando alguno ya no valía, yo mismo y con estas manos, los ahorcaba. Esto lo decía mirando sus manos, pero como si esas manos no fueran suyas, sino las de un muerto. Las manos de otro. Con la boca torcida. Luego, ya no pude. Siempre trabajé en el campo. Y después de tantos años, siempre sin ir a la escuela, he aprendido muy pocas cosas. Una es, te lo puedo decir, que los animales son lo mejor que hay encima de la tierra. Y los galgos... no hay un perro más dulce que un galgo. Como creo que puse cara de no entender -o de no creer aún- él siguió. Tengo seis galgos, sí. Una, La Vieja, tiene dieciocho años. No ve ni oye nada. Apenas anda. Y cuando se acerca a la comida, casi siempre se cae de bruces al plato. Le doy de comer cada día a mano, despacito. De los otros, uno es su hijo, que ya tiene catorce. También va teniendo sus achaques, los cuartos traseros le flojean mucho. Y así. Pero estos galgos ¿sabes? irán muriendo conmigo. O yo con ellos.

Publicado en febrero de 2014

Membrillos


El membrillero nos regala otro año sus globos, que son de color amarillo refulgente cuando les retiras –acariciándolos- su pelusa parda. Hacía muchos años, desde la última vez que me subí a un árbol. Anoche insistí mucho con la acústica  y los dedos tienen las yemas encallecidas; siento un tacto metálico cuando alcanzo los membrillos que están en la copa, jugando a no ser alcanzados. Dentro de sus ramas, las frutas me rodean ocultas por las hojas grandes y me siento como en medio de una nebulosa de planetas, que pueden ser observados fácilmente desde abajo, pero que no es posible ahí en donde yo estoy. Soy el centro de un espacio verde oscuro, de arañas y mirlos. En la plazuela se oye ruido. Hay una concentración de motoristas. Están eufóricos y se disponen a una ruta por carretera. Irán a la Sierra de Montánchez o a la de La Parra. O quizá a Guadalupe. A los motoristas –moteros dicen ellos- nos gustan las carreteras con curvas. Con suaves peraltes, flanqueados por jaguarzos y brezos. Con fondos de retamas y jaras. Los moteros marchan contentos, dando rápidos retortijones a los puños para que los escapes jaleen con sus rugidos. Marchan con la promesa de un viaje alegre, la sensación de extrema libertad durante una mañana soleada de otoño. Hoy sé que uno de ellos no iba a regresar.

Desde la copa del membrillero, la estampida de máquinas plateadas y rojas se escucha cada vez menos, al alejarse. Ahora quedo más solo y de nuevo me envuelve el rumor de las hojas, la luz dorada que, dentro de la esfera de sombras, se filtra como un gas cálido. La planta de cáñamo –el pecado venial del jardín-  bajo su abrigo de plástico, eleva desde los arriates un perfume complejísimo, que no embriaga pero sí hace perder la concentración reclamándola toda para sí: tan oleoso, tan dulce y tan especiado es. Sujeto, casi perdiendo pie, uno de los membrillos más altos, pensando que el aire huele como la panza de un galeón cargado de barriles de jerez viejo. No me gustan las concentraciones de motos. No me gusta disfrazarme, un domingo por la mañana, con chaleco, insignias de solapa, pañuelos y botas de vaquero. Aparentar lo que no se es. Fingir una gran rebeldía que sólo dura un fin de semana. Viajar en grupo. No. Me gustan las motos. Pero voy en moto, desde los dieciséis años, cada día de la semana. Siempre. En verano o en invierno. Y voy solo. Siempre solo. Una moto no te hace más libre, o como decía Altolaguirre: en todo caso, ensancha bastante la jaula en la que estás. No voy en grupo, sino solo. No me gusta la ruta, sino la partida. No elegir un destino, sino una carretera. No una hora de salir, sino salir ya, de repente: ahora.

Un membrillo ha caído al suelo y rebotó contra el césped, emitiendo un sonido sordo. No pasa nada. No se va a estropear por el golpe, como dice mi padre. Además, seguro que ese lo partiré ahora con mi navaja y lo comeré así: crujiente y fresco. Mi padre, que me espera al pie del árbol, no puede ya treparlo. Algún día yo también esperaré ahí a que alguien quiera coger mis membrillos. Mi padre recoge cada uno de los que le entrego como si en misa recibiera una forma consagrada. Un frágil y valiosísimo tesoro. Siempre recordará –y siempre volverá a contarme, una vez más- cómo guardaba, de niño, el establo en donde las caballerías rumiaban y el ruido de sus molares triturando grano durante toda la noche. Siempre recordará la pobreza. Y la época del membrillo, cuando arrojaba unos cuantos adentro de la montaña de paja, en donde se perdían sin remedio. Y cómo, a lo largo del año, iban apareciendo a medida que la paja se gastaba. Cada membrillo encontrado de nuevo, aún más maduro y aromático, era un regalo: una fiesta de carne ácida y jugosa para un niño hambriento.


Noviembre de 2014

Zalaca


El señorito Jaime se ha comprado un caballo nuevo. El otro lo tiene atrás. El viejo caballo, que ya no monta nunca, se ha convertido en un huraño tragapanes que se pasa el día amorrado al pesebre, en donde no sabe si masca grano o resopla sobre él su sueño, levantando nubes de polvo gramíneo. El de ahora es un potro rojizo, con un pelo que brilla como bañado en aceite. Piafa y escarba nervioso, y de momento no consiente con gusto que nadie lo monte. Como mucho, el señorito Jaime acierta a subirse sobre la silla y darse un corto paseo, si antes dos gañanes le sujetan bien las bridas y las orejas al animal. José descansa un poco, ha estado todo el día despanochando maíz. José tiene veinte años. Piensa, tumbado bajo el fresno, que ese es el peor trabajo que puede tocarle, de entre todos los que hay en el campo en todo el año. Tanta calor hace. Tanta sed y tanta piquiña en la garganta y en la piel. Pero ahora ya hay que parar. A lo mejor hoy no tenemos la misma noche que ayer. A lo mejor se baja un poco la bolsa del siroco y nos entra aire más fresco desde Portugal. Aquí mismo, o más allá, estuvo el real de Al-Mutamid. Hasta aquí vino, hace nueve siglos, el rey sevillano con los suyos. -Toledo ha caído- dijeron. Y un hormigueo de emisarios recorrió los llanos y las lomas, bajaron y subieron Sierra Morena, porque los monarcas del sur sabían que el perro rey castellano-leonés también querría atacarlos a ellos. Pidieron ayuda a sus hermanos de Africa y una marea de guerreros erizados de jabalinas y venablos cruzaron a Gibraltar para subir el Camino de la Plata. El río Zapatón tiene eses de frescor y de juncos, y tiene carpas y jarabugos, en su verde camino hasta el Guadiana, con las aguas del Jola y de los cabezos de alcornoque y granito.  José está amodorrado, bajo la esfera de aire picante en el regazo del áspero fresno. Oye el rumorcillo del agua, pero se le enturbia y mezcla con la risa -esa risa irritante y asquerosa- de Visi. Visi es la hija del señorito Jaime. Cuando el señorito Jaime quiere burlarse de José, cosa que hace casi a diario, lo hace lanzándole su jornal en el comedero de los cerdos, o cogiéndole su talega -su dura talega de lona, con su trozo de pan negro y tocino- en la alberca del pozo, dentro del agua verde. Y también lo hace retándole con risa de media cara, a que suba a su caballo nuevo, para ver si lo saca por las orejas y puede divertirse a fondo si termina con algún hueso roto. Y Visi se ríe también. Visi, la hija del señorito Jaime, se ríe como desde arriba. Y cuando el señorito Jaime se marcha, ella se acerca a José, levanta sus sayas y le enseña al pobre muchacho la entrepierna, y se toca el sexo viciosamente.... -Mira: si no te caes del caballo, esto es pa tí...-  Pero sabiendo que no sería posible, y que ese gesto no era más que otra burla. Una más. El rey Alfonso se asienta con su caballería y su hueste de a pie en el norte. Al sur, a orillas del Guadiana, acampa Al Mutamid, agasajado por Muttawakil, el rey de Badajoz. Con los suyos y con huestes de Granada y Málaga, harán frente a los infieles. Irán a la guerra. Como antes lo hicieron entre ellos mismos. Y como después volverán a hacerlo. Y como lo hicieron contra el califato, porque no quieren rendir cuentas a una corona lejana y abusiva. Hace calor. Hace muchísimo calor. Nadie tiene eso en cuenta, creo. Pero hace un calor asfixiante. A primera hora de la tarde, tras la montería, José deberá tener lista la comida para los escopeteros -como hizo al alba, cuando les avió las migas con torreznos y el café-  Son muchos. Son ricos y se ríen mucho de todo. También querrán reírse de él. El señorito ya avisó de que mientras comieran mandaría a José para que intentara montar a su nuevo caballo. A orillas del Zapatón ahora no hay campamentos de moros ni cristianos. Sólo hay pescadores que asedian al barbo y al black-bass. El famoso Alvar Fáñez manda la caballería cristiana, que ataca frontalmente y sin piedad. Causa bajas y provoca pánico. Los caballos de Fáñez son como tanques, cargados de mallas y lorigas. Nadie puede detenerlos. Ni los ejércitos taifas, ni los almorávides. Todos ceden a su empuje. Y el rey cristiano penetra con osadía en los campamentos enemigos. José ha decidido no perder su tiempo. Ha cebado bien el comedero de los caballos. Y ha arrojado dentro un cubo de maíz triturado mezclado con unos puñados de sal gorda. Dos horas después, ha resuelto que el nuevo caballo, el caballito alazán capricho del señorito, hoy no pasará la mañana mascando paja fresca en la penumbra de las cuadras. Lo toma de la brida y lo lleva junto a la cancilla, en la entrada del cortijo. Y allí lo quedó durante toda la mañana y el bochornoso mediodía. La batalla está siendo larga de horas. Y los caballos de Alvar Fáñez están muy fatigados. Los caballitos árabes apenas vinieron desde Badajoz, en donde aguardaron su hora entre las verdes juncias, bebiendo agua del Guadiana. Los de Alvar recorrían mientras tanto más de cien leguas antes de guerrear. Y todo ello lo hicieron revestidos de chapas, cadenas y cotas. El agotamiento de los animales se unió a la desazón de los caballeros cuando, ya engolosinados de victoria, comprendieron que estaban rodeados. Por la Cañada Honda se adivina la nube de polvo que levantan los coches y las camionetas de rehala. Están llegando. José corre hacia el caballo y lo trae, con los ollares ávidos de aire, hasta la alberca. El animal bebió con ansiedad mientras José le limpiaba el sudor de la grupa y del pecho. Tras haber vencido y hecho huir a los infantes andaluces y magrebíes, nadie esperaba verse así: rodeados, heridos y atropellados por una avalancha incontenible de guerreros espantosos. Gigantes subidos en camellos. Negros sudaneses   mandados por Yusuf ben Tas´fin. Temibles mercenarios que dieron muerte o hirieron a muchos, incluido el propio rey leonés, que tuvo que regresar huyendo medio desangrado, muy lejos, hasta las murallas de Coria. Cuando todos esperaban su rato de diversión, con el vaso largo en la mano, entre risotadas que salían desde rojos mofletes, el humilde José obedeció. Tomó, como le pedían entre chascarrillos, los arreos del caballo, que -hinchado y prieto de tanta agua- parecía rezar para que su panza no estallase, luchando por respirar y seguir viviendo. Lo ensilló y lo montó. Y se paseó sobre él durante largo rato, arriba y abajo, por la plaza del cortijo, por el paseo de manzanos y por la orilla del regato. Y volvió hasta ellos, feliz por dentro, porque ahora nadie se reía de él. Nadie lo tiene en cuenta, pero él sí: hace calor. Muchísima calor, aquí.

sábado, 16 de febrero de 2019

Coplas, hachís y Neruda


La copla me ha perseguido estos días. No. Yo huía de los concursos de hip-hop playeros, del tecno que atronaba en el maletero de cada seat ibiza. Yo escapaba como de un monstruo de la tele del sur, que cree que cada niño andaluz tiene gracia y sabe cantar fandangos. La copla me abrigó como un cobertor, sin notarlo, en la megafonía del churrero, en el hilo musical del súper. Este puerto, pienso, está hecho con huesos de Hércules. Este espigón, con cuadernas de trirremes, jabeques y galeras. En esta bahía -no señor, no quiero papas fritas- se pone el sol a diario sobre el Santísima Trinidad. Sobre los fantasmas de Churruca, Alcalá Galeano y Lord Nelson.  Me da mucha pena la copla. La que cantaban grandes damas, imponentes. Nadie llenó el hueco de doña Concha. Ni nadie el de Rocío. Qué mujeraza, Dios. En uno solo de sus desplantes hubiera bastado un golpe de melena para alejar a la flota de Ulises, inflando sus velas y levantando olas de espuma. Entre sus pechos habría fenecido el ejército del faraón. La copla no la cantan grandes señoras, sino tonadilleras arribistas y más bien mediocres. La cantó Miguel de Molina, con cada triza de su trágica vida. Con lo que quieran llamarme, me tengo que conformar... Sobre una estacha, un chavea me ofrece chicharros y hachís. La copla me amarga. O quizá sea esta cola de pez volador en salazón, que tengo que bajar con más cerveza. El tensiómetro y la báscula me pasarán factura. Bajamos hasta la plazuela de Carlos Cano. En la plazuela de Carlos Cano, un hibisco llena el aire de verde y lo salpica de rojo. Comprendo, ya nítidamente, que la copla me sigue estos días. Carlos, que la cantó hasta que se le rompió el corazón, sabía que la copla es canción de pasión y ardores de sangre. Pero que también, a veces, es falsa y postiza... "llevo tu nombre tatuado..." Hemos llegado a la casa flamenca.  Una peña flamenca siempre es un bar lóbrego y bastante kirtch, en donde muchos visitantes no quieren entrar, por su anticuada decoración y sus paredes llenas de fotografías añejas. Todo lo más, se encuentra una guitarra vieja, apoyada sobre una silla de palo. La casa flamenca es sitio como de paletos, supongo que dirán. Algo cerrado. Pero ya ves: nunca vi ninguna y dejé de entrar. Y nunca encontré una que no tuviera su rinconcito dedicado a Federico Lorca. O un folio amarillento enmarcado con unos versos de Machado o de Alberti. La copla, canción del amor prohibido, de la sexualidad diversa, del emigrante que canta en el aeropuerto de Münich con un nudo en la garganta -y a pesar de todo- un amor por su tierra incomprensible para los acostumbrados patrioteros, fue tomada por el régimen. Y convertida goebbelianamente en el canto insulso, falsamente henchido, de no sé qué raza, no sé qué ínfula y no sé qué mierdas más. Cerca de los muelles hay tres contenedores repletos de detritos. Junto a ellos, medio centenar de libros se encuentran cubiertos de restos de paella y pizzas margaritas. Dos señoras me miran desde su velador, alzando medio labio superior para mostrarme su asco. Pero no puedo evitarlo: de rodillas tomo uno tras otro, quitándoles los pegotes de grasa. Sacudiéndolos, como queriendo reanimarlos. Me encuentro en un incendio del que sé que sólo podré salvar a un puñado. No quiero seleccionarlos. No puedo. Me limito a llenar mi cartera de cuero y marcho. Sé que vienen Neruda y Baudelaire, y tres o cuatro más. Y sé que se quedaron Foucault. Y Salinas. Y.... tengo ganas de llorar. Debe ser la copla. "Pena, penita, pena..." Todo el mundo los reconoce me dice el tabernero cuando señalo a Camarón -mitad Cristo, mitad Che- y a Paco. Pero cuando identifico de corrido a Toronjo, Agujetas, el Lebrijano, la Niña de los Peines, la Paquera o a un jovencísimo Chano Lobato, decide que merezco chiclana frío del de la frasca buena. Desde la reja, veo las letras cerámicas con el nombre de la plaza: Carlos Cano. Y vuelvo a mirar adentro. Y la Copla y el Flamenco, creo yo, me miran. El tabernero me mira. Y Camarón. Y Marifé. Y Rancapino. Y todos. Tengo la negrura de creer que este arte, esta música, están marginados... "Tengo pena de ser en esta orilla/ tronco sin ramas; y lo que más siento es no tener la flor, pulpa o arcilla para el gusano de mi sufrimiento..." Son incomprendidos. Y han sido manipulados, como casi todo en este triste país. No es obligatoro que a nadie le guste, claro. Pero creo que ello sólo no es lo que hace que mi boca sepa a hiel. Hay un maltrato más profundo. Un desdén superior al simple desinterés.Volvemos al paseo. Avioncitos de porespán vuelan pendientes de un hilo. Hay quien monta en moto de agua. Quien vende camuesas. Yo me siento en el estribo y descanso con Neruda. No soy nadie, ni puedo solucionarlo. Sólo escribir aquí. 
Si desaparezco aparezco con otra mirada: es lo mismo. 
Soy un héroe imperecedero: no tengo comienzo ni fin.
Y mi moraleja consiste en un plato de pescado frito.