lunes, 12 de octubre de 2020

La Clase Obrera en Pearl Harbour (I)

       

Ruinas en Pearl Harbour (N.Geographic)
Ruinas en Pearl Harbour (N.Geographic)


En el alto de aquella loma de las Hawaii, un soldado raso vio algo extraño. Toda una noche de sábado de guardia y justo al terminar su turno, esto. Desde el borde del círculo naranja de su pantalla de radar una nube de puntitos oscuros se acercaba hacia el centro. Golpeó el costado del aparato con la mano abierta, pero esas raras interferencias siguieron allí, con la misma ruta.

Muchas veces pienso que nosotros, los que deberíamos considerarnos “clase” trabajadora, hemos caído en la ilusión de creernos los dueños del Pacífico. O al menos los dueños del pequeño islote que a cada uno nos haya tocado disfrutar.  No discuto el derecho a ese disfrute:  mi isla es mi casa, mis libros, mi familia, mis días de vacaciones… igual que tú o tú tenéis las vuestras, bien merecidas.  El problema, sin embargo, es la gran capacidad embriagadora que tiene el bienestar.  Y su poder amnésico, hasta el punto de hacer que no nos reconozcamos en aquello que nosotros o nuestros mayores fuimos hace bien poco. Nos hace gracia haber tenido aquel coche destartalado que ahora vemos en esa foto. O haber ido a todas partes en bici, durante años. Haber vivido en aquella casita tan chica, en aquel barrio. Aquella tele, aquellas gafas torcidas… Qué bien estamos ahora. Y no: no queremos desandar el camino. Nos aterra que nuestra prosperidad disminuya, en lugar de aumentar. Pero… joder, ese puto radar.

No eran interferencias de radio ni fallos del display. Los puntos negros eran zeros y nakajimas que iban a toda leche, en vuelo casi rasante. Unas horas después, los imponentes cruceros amarrados arderían o se hundirían. Se perderían cientos de personas que esa mañana, un domingo, hacían su vida con normalidad. Dormir un poco más, desayunar con tiempo, dar un paseo. Da igual si quieres o no entrar en lucha, da igual si sientes o no que estás en ella: lo estás. Porque alguien, en alguna parte, en algún despacho, señaló en el mapa el punto exacto en el que tú te encuentras y dijo “—Aquí”.  Da igual también si aún no sabes en qué bando situarte:  ya tienes uno. Porque los de enfrente saben perfectamente  —y desde hace mucho— que tú no eres de los suyos. Es así.  Despierta y haz sonar las bocinas. Nos agreden. Y tenemos que defendernos.

Es a ti. No te llamo a tomar por asalto el Palacio de Invierno, ni a pasar por las armas a la familia del zar, ni a nadie. No es esa la Revolución.  Tan solo, quizá, que pienses en los que ahora ocupan en la galera el puesto de remero hambriento y encadenado que antes ocupabas tú, o tus padres, o tus abuelos…En lugar de ello, muestras tu peor cara y un engreimiento legendario. Irritado, culpas de tus males a los que están por debajo de tu posición, que tampoco es muy alta, precisamente.  Sabes que en la empresa o en el batallón sufrimos como novatos el precio de los abusos, pero estás encantado cuando llega alguien menor, más pobre o más nuevo y corres a cometer abusos aún peores, olvidando por completo el dolor o la humillación que sentíamos poco antes y que, sin duda, ahora estás infringiendo.  Desconoces la empatía, y por eso eres incapaz de ver que las injusticias que padecemos tienen un carácter social y estructural.  Adquirir la sensibilidad hacia el dolor o la marginación que padecen otros nos haría sentirlos también y por ello la urgencia de su erradicación sería auténticamente colectiva. La empatía, sí, o la piedad hacia el menor, el más pobre o el más débil, haría posible —por necesaria— la transformación de la sociedad. Esa transformación: la verdadera revolución.

 

Pero cómo vamos a detener esto. Son más de trescientos aviones y vienen en oleadas. Actúan de forma precisa en un baile dramático y sincronizado; unos vienen en filas y para ametrallar bajan aún más hasta casi poder ver sus caras; otros, los más poderosos, sueltan su munición pesada desde muy arriba, como si no quisieran ver el daño terrible que causan cada vez que aprietan un botón… Creer que la injusticia es algo que sucede a los demás es erróneo. Pensar en la privación, el desahucio o la exclusión como algo ajeno a nosotros, nos define inmaduros. Contemplar estas cosas pero aprobarlas siempre que sean otros quienes las sufran, nos muestra como insolidarios. Y también como necios porque –ya dije- la injusticia, como una epidemia que también es, no se detiene casi nunca y, de una u otra forma, nos llega a todos. No te puedes inmunizar tú sólo: hay que fumigar cada calle. Cada día se hace menos viable —y éticamente menos aceptable— seguir haciendo como si nada. No es posible comer donuts en una terraza al sol mientras los cazas están friendo a tiros a nuestros semejantes. Hay que reaccionar o palmamos también.

 

Debemos perder la falsa sensación de seguridad. Al final, la realidad nos alcanza a todos.  No podemos seguir creyendo que pertenecemos al grupo de los Elegidos, o que viajamos en el vagón que es seguro que no va a descarrilar. No lo sabemos.  Dejemos de tener la sensación de importar a alguien, porque no es así. Dejemos de creer en vendedores de humo divino y humano. Ni en partidos de aquí o allá, integrados por botarates y botaratas centrales y autonómicos, que votan lo que haga falta para no perder su puesto. Que no es que vendan a la clase obrera o a la región o provincia a quienes deberían representar: es que venderían a sus familiares más directos con tal de mantener su estatus de vividores profesionales. Sostendrán, una legislatura tras otra, monarquías indecentes, privilegios eclesiales, votantes clientelares o sistemas de justicia predemocráticos…  Y por supuesto huid de estos iluminados que ahora pregonan algo que no es sino fascismo. Falsos patriotas que ondean sin pudor y sin saber símbolos, ideas y gestos que son propios del nacionalismo, del socialismo y hasta del anarquismo, sin saber qué historia ni qué puñetas hay tras ellos. Ondean banderas y se dicen defensores del pueblo y la nación y no sé qué otras putas mentiras más. Es todo falso. Miran por lo suyo y por lo de los ricos —que es justo lo contrario que lo tuyo y lo público—   Son supremacistas, zafios, xenófobos y violentos.  Embelesados por los uniformes y las medallas, pero cuyas familias de bien pagaron con lomos y chacina del pueblo para que el nene no supiera nunca lo que es la tercera imaginaria, ni perder dos años de su vida vestido de uniforme. De ir a una guerra, ni hablamos.  Machistas y vividores, meapilas endomingados que salen de misa de doce, dan un duro al pobre de la puerta creyéndose San Vicente de Paúl y giran la bocacalle para un rapidito con la querida, en el pisito que le tiene en un entresuelo, mientras su santa esposa se adelanta a casa a calentar los garbanzos de vigilia. Defensores de monarcas corruptos y de obispos con la mente tan sucia como su bragueta. Haraganes con clase. Nunca sabrán lo que es trabajar duro, o pagar impuestos como tú haces, aunque no llegues a fin de mes. Juran bandera de salón, pero sin marchas a cuarenta grados.  Trincan pasta pública a manos llenas, pero no quieren que tú tengas ayudas si estás en paro, ni sanidad, ni pensiones. Nada que no puedas pagar. 

El reto de la Clase Trabajadora es defender el bienestar público y hacer valer su dignidad.  Otra oleada:  siguen llegando zeros y aún estamos en calzoncillos  ¿Qué hacer?

martes, 7 de abril de 2020

Los niños del hambre


Foto: Cristóbal Salazar. Churriana
Foto: Cristóbal Salazar, Churriana
Nació un niño. Uno más. Casi se perdía ya la cuenta. Una boca más. Niño o niña, una más.  Aunque quizá daba lo mismo: donde comen dos, comen tres. O nueve, o diez… Lo importante es que no venía al mundo con un pan bajo el brazo, ya lo hubiera querido. No eran buenos tiempos. Muy al contrario, seguía la guerra.  Sólo unos meses antes todavía humeaban las trincheras en el Albaicín, en Granada. Como los parapetos de Puerta Trinidad, en Badajoz. Quizá fue casualidad que, en aquellos mismos días de verano, se estuviera escribiendo la condena de las dos ciudades. Y después, qué desastre…  Los camiones repletos de detenidos iban y venían. Y los pelotones de fusileros les esperaban junto a las tapias del cementerio:  en el de Badajoz y en el de Granada.  Las mismas tapias blancas, los mismos días de agosto, las mismas pilas de muertos.

Nacieron en tiempos de muerte. Estos niños de la guerra crecieron aprendiendo que pertenecían al bando perdedor: el de los pobres.  Aunque no lo hubieran elegido, ni quizá supieran leer ni escribir, ni ellos ni sus padres. La revuelta de los campesinos –especialmente en Extremadura-  hartos de pasar calamidades, había encendido la mecha de la sublevación militar. Y los vencedores, además de haberlos despachado en camiones de la muerte, se iban a tomar su revancha durante largos años de opresión y de injusticia. Para estos niños, los que ahora nacían, serían años sobre todo de hambre. Los niños del hambre, el hambre de los niños. Los niños de una sola camisa y de un solo pantalón, mil veces remendados. Los niños que no amaban a su padre, sino que lo temían. Aquellas criaturas que ignoraban el frescor de las sábanas limpias, o el candor de la infancia tranquila y segura, esa a la que tienen derecho todos los niños.  Esos niños y esas niñas tuvieron que abrir enseguida sus ojos por la voracidad de la privación. Pero claro: eran chicos, eran pobres y eran ignorantes. Eran justo lo que querían quienes hicieron la guerra: mano de obra esclava. Miserables hambrientos, que por el pan llevaban o traían una piara de cerdos desde un cortijo a otro, de noche, llorando de miedo. Mano de obra cautiva que no sabía a qué tenía derecho, si es que alguno tenía. Niños que soñaban con pan y carne de membrillo.  

Aquellos niños y aquellas niñas construyeron una vida y un país.  Levantaron sus casas desde los cimientos.  Hicieron, sin patrias ni banderas, que parezca grande y limpio lo que antes era oscuro y ruin. Trabajaron -qué si no: no sabían ni saben hacer otra cosa- hasta que no pudieron más. El trabajo fue su escudo y estandarte, su modo de vida. El trabajo fue su licenciatura. Su visado hacia un cachito de bienestar. Hicieron posible una sociedad distinta, nueva.  Nos levantaron también a nosotros, sus hijos. Nos dieron lo que tenían. Todo aquello que ellos no habían tenido, porque se les había negado y se les había robado. 

Ahora me acuerdo del cuento del viejo que en pleno calor cavaba sudando para sembrar dátiles. Un joven se acercó y le invitó a parar y descansar, para que el sol no lo matara. Y le dijo que, de todos modos, no iba a poder comer los frutos de lo que sembraba, ya que tardarían más en crecer de lo que él tardaría en morir por su edad.  El viejo le contestó que era cierto, pero que él cada día comía de los frutos de los árboles sembrados por sus mayores.  

Los niños de la guerra, nuestros mayores, son ahora los viejos que miran la vida sin comprenderla, porque los tiempos les han sobrepasado. Ya no son suyos los paisajes, las costumbres, ni los nombres de las calles. No entienden las bromas de los jóvenes, ni la malicia de sus gobernantes. Todo es extraño. Al fin y al cabo, ellos sólo querían comer puchero o gazpacho al venir del campo. Una sombra fresca para dormir en verano, o un cobertor que les protegiera del frío de la sierra en invierno.  Un albérchigo, un pedazo de carne, o freír unos dulces en Navidad.  ¿Cómo van a entender ellos cuáles son ahora nuestras necesidades o nuestros caprichos?

Ahora el mundo nos explica que ellos ya vivieron bastante, o que ya no son productivos. Que nos encontramos en estado de necesidad y que hemos de entender que quizá deberían sacrificarse. Como si ellos hubieran hecho alguna cosa distinta en su vida que no fuera un sacrificio.  Y ahora algunos de sus hijos y nietos viven y piensan como si los temporeros que trabajan y viven bajo los plásticos fueran de otro planeta. Como si no fuera cierto que una sola generación nos separara de la miseria.  Sí. Una sola generación nos separa de andar descalzos. De ser emigrantes. De ser analfabetos. De salir del cortijo del señor, tras haber trabajado todo el día, y tener que esperar a que te registren las alforjas por si robaste tocino. De fregar suelos de rodillas. De cargar sacos de maíz, recoger algodón con dedos en llagas, revender café, fumigar dedeté sin protección o dormir junto a las acémilas.  

Dime cómo vives tú este momento, este ahora. Dime si has olvidado quiénes son tus mayores. Dime tú quién te crees que eres. De dónde crees que vienes.

viernes, 17 de enero de 2020

La mala educación

 Ella, con quince años nadas más, descubrió a fuerza de machismo y sinrazón que se encontraba sola. Todo aquello que hasta ese momento, el de la muerte de su madre, había constituido la sencilla y feliz existencia de la pobre niña, desapareció un día.


En su lugar, un aplastante nuevo orden de cosas llegó para instalarse sobre ella y sobre su hermano. Todos  -su padre, sus tíos- daban por descontado que era ella quien ocuparía el lugar de su madre desde el mismo instante en el que la pobre mujer falleció con poco más de cuarenta años. Desempeñando cada una de sus tareas de forma que, como tratándose de una pieza de sustitución, su padre pudiera mantener apenas sin cambios su cómoda rutina, a costa de una alteración tan traumática en la vida de su propia hija: abandonar la escuela, administrar la casa, cocinar, limpiar, atender a su hermano. Todo ello, además, con poca dotación económica, ni más ayudas ni recursos. Sin estar preparada para ello. Sin haberlo esperado, pues los dos niños desconocieron hasta el último momento la gravedad de lo que iba a suceder, aunque de todos modos hubiera sido difícil para ellos asumir o entender nada, caso de haber sido advertidos. No tenían posibilidad de encajar tanta mudanza, tanto desamparo. Era verdad: cuando moría un hombre, sus hijos perdían a su padre. Cuando moría una mujer, los hijos quedaban completamente huérfanos y solos. 

Casi ningún adulto entonces estaba comprendiendo nada de esto. Habían sido educados así. El papel de la mujer era ese.

Poco tiempo después el niño escapó de casa un par de veces, sin rumbo ni sentido. Corriendo a ninguna parte, llorando y tropezando por las calles. Supongo que en días en los que se le hizo insoportable el dolor, la falta de calor y la añoranza de su madre. No sólo no fue consolado de ningún modo, sino que se le buscó y persiguió como a un recluso. Y fue golpeado de forma impropia y brutal, hasta amoratar su cara de niño. Vi cómo lo trajeron la última vez de vuelta a casa. Pero no era él quien regresaba: ya no regresó nunca. Ya nunca reconocí en él al niño que se bañaba y jugaba conmigo en el Zapatón. Con quien luego sacaba agua de la acequia con una lata, para lavarnos con un pedazo de jabón, antes de cenar pan con tomate y queso a la luz del carburo.

Ella también escapó, tres años después. Pero ya nunca volvió. Una maleta con cuatro cosas, casi sin dinero, una carta de despedida en la mesilla. Fue un gran revuelo.

Qué sensación tan extraña. Qué inseguridad me producía entonces a mi, un crío, estar presenciando acontecimientos que me parecían claramente abusivos ya entonces. Y sus consecuencias: que yo entendía como el resultado lógico, más que esperable, de aquellos… ¡Mientras casi todos nuestros mayores estaban como en otro planeta, incapaces de ver la misma luz del día!

Y qué lejos parece quedar todo aquello. Como si lo que ahora escribo fuera ficción. Pero no lo es. No lo fue.

Cuando la injusticia es estructural nos envuelve a todos y nos engulle. O por falta de  arrestos para afrontarla, o porque de algún modo nos beneficia. El machismo, bien lo vi entonces, a mis doce años, estaba en todos nosotros. Y lo sigue estando.

Dije que ella nunca volvió, pero sí lo hizo. Un día, mucho tiempo después, acompañada de su nueva familia, su marido y sus hijos, que causaron en mi un gran impacto, cuando creía que esta historia no daba para más: ¡ellos también la trataban como a una sirvienta! ¡también le hablaban sin respeto y hasta recibía de ellos algún insulto y burlas!

Yo no sé qué siente o piensa quien ha sido educado en la Igualdad. Yo no lo fui. Pero hechos como estos, vividos o presenciados, me hicieron comprender algunas cosas. No podemos escapar del constructo social imperante en el periodo en el que nacemos y vivimos. Diría que tampoco somos responsables de las normas que lo rigen, en tanto que no fueron inventadas por nosotros e incluso es posible que las desaprobemos en todo o en parte, o que no las entendamos. De lo que somos responsables es de sacar tajada de un sistema estructuralmente injusto. Y también de no oponer la resistencia y la voz crítica esperables en la medida en que nos sea posible, en esos momentos en los que la vida te dice que es tu turno y que tienes que retratarte.

Cada uno es responsable del orden y el rumbo de su propia e individual existencia. De sus hechos. De articular su propio armazón de principios. Y de actuar en consecuencia. Elegir bando y trinchera, en esta guerra en la que la neutralidad no existe.


miércoles, 27 de marzo de 2019

A veces veo títeres



Cuando visité la ciudad de Lyon pude encontrar, en una plazuela pequeñita que flanqueaban dos puestos de flores y uno de hortalizas, el monumento a Laurent Mourguet. Es un obelisco modesto que soporta el busto verdoso de este caballero del siglo dieciocho. Mourguet fue el creador del teatro de títeres. Su primer personaje y el más famoso de todos fue Guignol. A Guignol también lo quise visitar, pero no pudo ser. Doblando dos callejuelas más del Vieux Lyon se halla el museo de títeres en donde descansa el viejo muñequito, pero por dos veces encontré la puerta cerrada y con un calor del copón bendito, por lo que me despedí desde fuera y pedí refugio a una tabernera que resultó irlandesa y versada en cervecitas. Olvidé pronto al pobre Guignol.

Ahora me han venido a recordarlo los cómicos encarcelados en Madrid, acusados de enaltecer al terrorismo, por boca de uno de sus personajillos. El mundo está fatal. Pero España está para que la derriben y la hagan de nuevo. Y la alicaten bien hasta el techo porque esto ya con pintura no se endereza.


Derecho Constitucional es como llamamos en España a las ingentes cantidades de cañas con bacalao rebozado que en Casa Labra consumieron los padres de nuestra carta magna para llevarse medio bien y hacer un apaño que durase unos añitos. Mis respetos y mi admiración hacia ellos: no comparto tanta crítica actual hacia la Transición, se hizo como se pudo y no fue tan mal. Y sobre todo, se hizo como a mi me gusta: hablando, comiendo y bebiendo. Ellos –como también muchos constitucionalistas alemanes- debatieron sobre las libertades de opinión y expresión y la cosa tenía tomate. -¿Respetamos esas libertades a quienes estén a favor de la violencia? -¿Y a los franquistas? -¿Y a los nazis? -¿Que lo piensen o también que lo manifiesten? -¿O no?….  y claro: era que sí. Para mantener mi opinión en absoluto silencio y no poder manifestarla no necesito ninguna constitución que me proteja. Y si sólo protege ciertas opiniones pero no otras ¿qué carajo de libertad de opinión es esa?… Pero los Roca, Peces Barba, Cisneros y etcétera sabían que esto, en España, necesitaría de una pedagogía de muchos cursos intensivos para ser digerido.  Ochenta o noventa años, o por ahí….   -Libertad para decir lo que quieras, hombre dónde se vio eso… A ver si se les ocurre a los hijos de la gran puta de ETA  insultar a nuestras víctimas. Que insultos aquí no se pasa ni uno, me cago en sus muertos-    Si manifestar una simple opinión sin violencia puede ser objeto de persecución, está claro que el resto del artículo 20 de nuestra constitución puede ser usado tranquilamente como papel higiénico. La creación artística, literaria o científica, como comprenderéis, importan una puta mierda a quienes gravan con IVA de lujo a cine, teatro o libros, persiguen a literatos jubilados que osen publicar un párrafo y cobrarlo, o contemplan sin rubor ni pesar cómo se nos marchan al extranjero los mejores  y más jóvenes cerebros.

Guignol y Gnafron, como Polichinella en Italia, o Punch, o Kasperle, o tantos otros muñecos de teatrillo, andaban siempre arreglando los problemas a base de hostias bien asentadas, o de golpes tremendos de cachiporra, su arma preferida. Pero nunca a ningún espectador se le ocurrió interponer demanda por ello. Hoy sí. Pero hoy hay razones. Razones naturalmente políticas. En España siempre estuvo penado no ser afecto al régimen y eso es así desde Isabel la Católica hasta nuestros días. Quien se mueve no sale en la foto y tal. Incluso así nos fueron educando nuestros mayores: no preocupados de que un hijo fuera como los demás, uno más entre miles, sino -¡horror!- que fuera distinto. Tú no destaques hijo: sé uno más. Pero la mera y lejana posibilidad de que “los distintos”, los no afectos, puedan empoderarse hace que tiemble el misterio.  Y los cimientos del  carcomido teatro. 
Lo que pasa es que Laurent Mourguet no era empresario teatral, ni cómico, sino sacamuelas. Inventó a Guignol para entretener a sus clientes y que no se dieran cuenta del mal trago que iban a pasar o que estaban pasando.  Y así andamos doscientos años después. Yo no veo más que títeres. Nos están sacando la pringue, amigos. Ya os lo he dicho más veces. Nuestro sueldo. La pensión de nuestros padres. La beca de nuestros hijos. El ahorro de nuestra cartilla. Se lo van a llevar absolutamente todo. Su voracidad y su ansia y su desvergüenza no tienen fin. Y ahí están: les meten la mano por el culo a unos cuantos muñecos (un juez, unos periodistas, policías, colectivos de afrentados, etc) y ya tenemos guiñoles para varios días. Mientras, que no se hable mucho de lo suyo.

-       ¡C'est guignolant!

lunes, 18 de febrero de 2019

Lo chiamavano cinema


Creo que la primera película que recuerdo haber visto en el cine fue "Yanco". Fue en un cine parroquial, en el patio de las viejas escuelas. Allí plantaban algunas sillas y un viejo proyector que hacía "TRRRRR" todo el rato, detrás mismo de nuestras cabezas. En la puerta se colocaba alguien, a veces yo mismo o uno de los de mi pandillina, con una hucha para hacer la recaudación. Los asistentes, en fila india, iban depositando una peseta antes de entrar. Confieso que, a falta de pesetas, alguna vez que otra lo que introduje en el bote fue un pedacito de vidrio recogido del suelo. Al caer dentro hacía el mismo ruido que una rubia. Mea culpa. Durante muchos años he tenido esa película así, en mi memoria, a cachitos, sin recordar detalles apenas, tanto tiempo hace ya de eso. Sí recuerdo que empezaba con un fúnebre toque de campana, sobre la imagen de un charco. Una película mexicana de los años cincuenta o sesenta, en blanco y negro, con un argumento triste hasta la aflicción. Una historia que, de pronto, hizo que me diera cuenta de que el cine podía remover cosas en el interior de las personas. En mi interior, al menos, sí.  O no fue la primera, y antes había visto versiones horrorosas de Los Tres Mosqueteros, o alguna serie Zeta para público infantil. Nada. Yanco fue mi primera película, eso es así. La primera en donde el dolor, la angustia, la vida y la muerte, la música, la imagen, la interpretación y tantas otras cosas se asomaron al menos a mi mundo de niño con pantalón corto.
Mucho tiempo después, en el 2007, pude ver otra película : "El Violín". Una obra también en blanco y negro, pero esta vez por motivos plásticos, no por pura vetustez. Premio Especial en Cannes de ese año. Curiosamente también mexicana. Y también con un viejo violín en el eje estético y narrativo de la historia. Sólo que ahora el protagonista no era un niño, sino un anciano. Algún lazo memorístico -y emocional- me hizo unir ambas películas. Pero no puedo explicar por qué. Sólo viéndolas se podría entender. O no. Las rememoro a ambas porque de algún modo iniciaron y cerraron un ciclo, vital o no sé de qué tipo, para mi. ¿Me gustaron? Desde luego, El Violín sí. La recomiendo sin dudarlo. En todo caso, es muy difícil hablar de películas. De cine. Porque, ya se sabe, es cuestión de gustos. Bien está que hay cine bueno y cine malo. Películas mejor y peor hechas. Como actores y actrices. Todo. Pero nunca se sabe: se trata de vivencias, a menudo. De sensaciones vividas, delante de una pantalla enorme. Sólo así me explico que me gustaran películas de serie B del Oeste, o de zombies -ahora otra vez de moda-, o policiacas.... Porque es así: no me avergüenza decir que disfruté como un enano viendo a Bud Spencer y a Terence Hill en "Le llamaban Trinidad" dando mamporros o zampándose una sartén de judías con tocino. Ya tendría tiempo de convertirme en un idiota y en rechazar según qué cosas, por "no tener calidad"... Ya tendría ocasión de echarme novia y fingir que me gustaba Truffaut -Truffaut: eres un capullo insoportable y un puto pedante-, como este mismo mes, que me he chupado la última de Almodóvar o la de Cumbres Borrascosas. Por amor, nada más. Porque a mi, lo que me hubiera gustado era haber vuelto a tener dieciséis años y largarme al Cine Goya o al Autopista. Y que me pusieran una de Hitchcock, o una de Sherlock Holmes. O que repitieran otra vez -o mil veces- La Diligencia, o Rio Bravo. Con una cerveza en una mano, un Ducados en la otra y sentados en el respaldo de la butaca de hierro, con los pies en el asiento. Y sí, una de Bud Spencer, o de Bruce Lee, que para eso practicábamos luego en la calle, lanzando hostias y patadas a todos los postes de la luz. Bien poco podíamos imaginar que esas pelis iban a ser semilla de culto, al menos para Tarantino. Ser un adolescente para ver de nuevo el estreno de Star Wars, y salir sabiendo que algo nuevo había pasado en el mundo del cine fantástico. Revivir la primera vez de El Padrino. Ir creciendo a base de buenos estrenos, pero también algún que otro ciclo de Kubrick, de Ford, o de Wilder.Ya vendría el amor, el drama, el existencialismo.... Todo se andaría. Pero eso creo: que en el fondo, en la base, está la sensación de gozo, la pura diversión. El Cine que muchos desprecian, pero que yo escribo con mayúsculas.
P.D. Qué razón nos asistía, qué ingenua alegría, cuando silbábamos aquellas bandas sonoras (como ésta que dejo aquí) , calle abajo, imitando las escenas que más nos habían gustado. Dando un puntapié a una lata. Felices, un puñado de amigos, una noche de verano


Viriato murió en Chamberí


Quería ver cierta exposición, pero no sabía dónde está la calle Viriato. No hay problema. En la Puerta del Sol hay una estación de metro. Y en ella, una oficina de atención al cliente. Bueno, la oficina no se llama así, sino Metro Shop, pero da igual: tampoco la estación se llama como dije, sino Vodafone Sol. En todo caso, con esa nomenclatura tan furiosamente europeizante, la cosa tendría que ir como la seda. Dos amables jóvenes me sacarían del aprieto.
-Señorita, quisiera saber la estación más próxima a la calle Viriato.
-No sé cuál es esa calle. ¿Cómo ha dicho que se llama?
-Viriato. Calle Viriato.
-Pues ni idea, pero se lo busco. ¿Es con B o con V?
-Con V... Viriato es con V...
En 1972, Doña Candi era siempre implacable y podía lanzar sus preguntas como dardos, de forma punzante e inesperada:  -Manolito, ¿quién fue Viriato?  (más me valía saberlo)  -Señorita, ¡Viriato fue un invicto caudillo lusitano!... 
-Pues con V  tampoco aparece...
- ¿Cómo puede ser? Esa calle existe, estoy seguro.
La compañera de la señorita a esas alturas también está tecleando en su ordenador. Los clientes a quienes atendía en ese momento no se molestaron por verse obligados a esperar:  a ellos también les intrigaba el tema.
-A mi tampoco me aparece ningún Viviato. Ni Bibiato, con B, tampoco. ¿No será una con B y otra con V?...
-A ver, entonces... ustedes... ¿no saben quién fue Viriato, verdad?
Las dos señoritas y la pareja de clientes que estaba siendo atendida arquearon hacia abajo sus labios y menearon a coro negativamente sus cabezas. Doña Candi nos había enseñado a leer y a escribir (con buena comprensión lectora y sin faltas de ortografía escrita, hasta la fecha), amén de historia general de España y buenas dosis de catecismo, en un colegio pendiente de homologar, cuyas instalaciones consistían en una puerta y dos cuartos, uno de ellos sin ventanas. No había pizarras, sino rectángulos pintados en la pared con esmalte gris.
- Pues Viriato... Viriato fue.... ¡nuestro invicto caudillo lusitano!
Ahora todos (las dos señoritas, los dos clientes y aun una pareja de turistas alemanes que acababa de entrar me miraron con pavor. No sé si por el tono de mi voz, o por haber sacado la palabra "caudillo" a paseo. Aunque a estas alturas y más en Madrid, no sé a qué tanto aspaviento. De todos modos, Doña Candi podría revolverse en su tumba. Bien: no tanto como eso. Aún no ha fallecido. Sólo que hace mucho que se retiró y se dedica a labores altruistas. Que dan ganas de enviarla a la capital al frente de unos pocos cascos azules y algunos drones, con el objeto de enderezar allí tanto desastre educativo. Quizá rompiendo algunas manos a palmetazos. Y no, Doña Candi. Viriato, simplemente no llegó hasta aquí. Lo más cerca que estuvo fue en la emisión de esa serie en donde lo interpretaba un galán bien majo. Pero el de verdad, no. El de verdad resistió a Roma hasta decir basta. Ni se conformó con proteger a su querida Lusitania, pues se dio buenos garbeos hasta el Mar Menor a tomar allí los barros. Y hasta se bajó al moro. Y consiguió de Serviliano Cepión la independencia lusitana, como territorio respetado y "amigo de Roma", a base de derrotarlo y amenazar con exterminar sus legiones. Sin referendum de autodeterminación ni mierdas.  Pero aquí no llegó. Y bien me habría gustado. Todo habría dado en el día de hoy, ¡oh glorioso caudillo! por verte a ti y a los tuyos entrar a uña de caballo en la calle Preciados. Haciendo huir en desbandada a esa gleba compacta que derrochaba sus sestercios a manos llenas.... Todo lo habría dado por ver caer en tus celadas -de esas con tiros de honda y terronazos en los cascos- a tanto municipal y nacional que rodeaban el Congreso, que más que sede parlamentaria parecía puticlub en plena redada.... O acaso rondó cerca. Quizá quiso venir desde Chamberí o desde Chueca. Y allí quedó enredado en las luces rojizas de un local de ambiente. O falleció indigesto en un kebab. O, como dicen las crónicas, fue vendido por sus lugartenientes Audax, Ditalco y Minuro, que habían sido sobornados y que como todos saben se dedicaban entre horas a la reventa en el Bernabéu. Mas de nada les sirvió, pues se quedaron sin su líder y sin su recompensa. Porque recibieron la célebre respuesta:  -Madrid no paga traidores: ese servicio también lo estamos privatizando-

Publicado en diciembre de 2013

El club de los poetas fusilados




Hoy todos se apenan por Robin Williams, muecas de sonrisa, ojos de sonrisa. Ha muerto y muchos se ablandan, notando que somos ya menos jóvenes y que caen, cambian o se marchan para siempre algunos de los lugares, cosas o personas que nos han influido, marcando de algún modo un hito, un punto reconocible en nuestra biografía. En la formación de eso que somos o que aún estamos construyendo. Yo también estoy apenado, sin duda. Pero la verdad es que yo no estudié en Eton o Welton o como se llamase aquel colegio, no sé si recordáis. No tuve un profesor Keating. Ni un amigo como el de Will Hunting. No. Yo había descubierto a Whitman por casualidad. Y aun así no lo he leído mucho. Bien: sólo sus Hojas de Hierba. Pero reconozco que fueron hojas frescas, rociadas muy fino, en las que daba gusto tumbarse. Yo había leído, muy joven y por pura curiosidad y placer, a Shakespeare en las largas siestas de verano, cuando el calor achantaba a mi pandilla de cofrades de gamberrías y a mi equipo de baloncesto, inutilizándolos durante horas y haciéndolos dormitar hasta bien caído el sol. Era imposible. La poesía nunca hubiera podido ser, para un niño de la España del último franquismo, un trampolín a la vida. Sólo era una máquina de fabricar epopeyas. Una furcia barata que hacía arrumacos a los jerifaltes. Porque los otros, los poetas de verdad, habían sido depurados, exiliados o fusilados. La lectura disidente, la casualidad a veces, nos hizo comprender que Lorca había escrito más cosas, distintas y distantes de la boda de la lagarta y el lagarto. Comprender y saber -algunos aún hoy quieren hacerlo pasar así-  que Machado no se fue a Francia para visitar a una tía segunda. O que Miguel Hernández no falleció por hacer dieta sin supervisión de una nutricionista competente. La Poesía comenzó a decir cosas que nos habían ocultado. Pero no hablaba solamente del amor o la iniciación a la vida. No me dieron ganas de vestirme de tules e interpretar a Hipólita en el teatro López de Ayala. La Poesía había sido la voz de la Libertad, como en la dichosa película en la que Williams nos espolea y nos quiere dar alas. Pero la Libertad, en España, no en Vermont, USA, era la que ansiaba Hernández (sangro, lucho y pervivo) con carne desgarrada, o Altolaguirre (ya que no puedo ser libre, agrandaré mis prisiones). La que Lorca necesitaba (en tu cuerpo guardabas las lavas de tu pasión) ¿Por qué son peligrosos los poetas? ¿Qué hubo de temible en la pluma de Miguel, la guitarra de Víctor, los teatrillos de Federico? ¿Por qué matarlos a todos? La Poesía (miel en el pecho dolorido de un hombre), como el Teatro, alzaba imponente una bandera, un grito, un argumento, que eran incompresibles para el orden brutal, infinitamente hipócrita, que se nos había fajado a todos. Había que leer. Hay que leer. La radical rebelión, de exigencia libertaria, se exhibe, quizá, en la calle. Pero se fragua en la mesa, sobre un libro o unos papeles. La rebelión, sí: la profunda disidencia que me hace pensar, sentir o vivir de forma inesperada, resistente a esquemas previsibles y controlables, es una consecuencia de una auténtica y más profunda revolución. El encuentro conmigo y con mi vida. Los sentimientos, las aspiraciones, la sensualidad, el deseo, la solidaridad, la duda. También el odio, o los celos. La muerte. Tantas cosas. Y todas y cada una. Son materia de reflexión. También materia de creación, de progreso, de autoconocimiento y aceptación. Y luego de reivindicación. Para ser uno mismo. Y serlo junto a los demás. O contra todos los demás. Materia para tener faena durante una o mil vidas. Recorrer ese laborioso trayecto, seleccionando ahora este camino, luego aquel otro. Irrenunciablemente libre. En pie sobre el pupitre. Incansablemente independiente. Hay tajo, amigos. No perdamos el tiempo. Carpe Diem.

Publicado en agosto de 2014

El galguero


Me tocó al lado. En un banquete de bodas, una de esas veces en las que vas a caer en una mesa en la que habrá otras ocho o diez personas a quienes conoces poco. O no conoces de nada. Y me tocó al lado. Un tipo enjunto, patilludo y con pelo ensortijado que dejaba caer, ya canoso, en una pequeña melena que bailaba como coleteando, a dos dedos de la nuca. Un hombre de campo, curtido y de mirada franca. Podría haber sido palmero, o conductor de calesa en el Parque de María Luisa. Pero no vino mal: al poco tiempo habíamos trenzado conversación sobre una afición que teníamos en común, y que por lo visto debe rezumarse por los poros o algo así, porque lo descubrimos el uno del otro en pocos minutos. Nos gustaba el Flamenco. Y nada: el convite fue largo y un pelín tedioso. Por eso, los demás nos miraban con cierta envidia, ya que para nosotros dos los minutos y las horas volaban: Toronjo, Porrina, Tena, Cintas, Calixto... Sevilla, La Unión, Jerez... soleá, fandango, toná... Hubiéramos podido seguir toda la noche. Al terminar una frase, mi colega suspiró: sí, el Flamenco, mi gran pasión. Y los galgos. Y seguimos dándole al palique sobre cadencias y sones. Pero el tema de los galgos me picó. Te la guardo, compadre. Para cuando pueda.Y pude. Sopesé si era o no oportuno sacar un tema espinoso, en un ambiente amable y correcto. Pero no podía irme sin preguntarlo. Puse el asunto sobre la mesa, un poco forzado, con una par de preguntas de fingido interés sobre los galgos. Un par de pases para poner al toro en suerte. Y entré a matar: ¿por qué los abandonáis? ¿cómo podéis? Pagamos justos por pecadores. Fue la respuesta. Y apuntillé un par de veces más. No somos todos iguales, me dijo. Pagamos justos por pecadores. Y en esa línea de respuestas cortas y que a mi me parecían propias de alguien culpable como Barrabás terció una parte del envite. ¿Qué harás -insistí- cuando alguno de esos cinco o seis que dices que tienes ahora ya no te valgan? Finalmente, mi compañero de mesa volvió a suspirar, ahora más hondo. Como dándose por vencido: este cabezón no se conforma con dos cosas, y seguirá preguntando y tocándome los huevos hasta que se haga de día. Y me contó algo más. Mira -me dijo- lo reconozco: tengo galgos desde que era muy joven. Y sí. Cuando alguno ya no valía, yo mismo y con estas manos, los ahorcaba. Esto lo decía mirando sus manos, pero como si esas manos no fueran suyas, sino las de un muerto. Las manos de otro. Con la boca torcida. Luego, ya no pude. Siempre trabajé en el campo. Y después de tantos años, siempre sin ir a la escuela, he aprendido muy pocas cosas. Una es, te lo puedo decir, que los animales son lo mejor que hay encima de la tierra. Y los galgos... no hay un perro más dulce que un galgo. Como creo que puse cara de no entender -o de no creer aún- él siguió. Tengo seis galgos, sí. Una, La Vieja, tiene dieciocho años. No ve ni oye nada. Apenas anda. Y cuando se acerca a la comida, casi siempre se cae de bruces al plato. Le doy de comer cada día a mano, despacito. De los otros, uno es su hijo, que ya tiene catorce. También va teniendo sus achaques, los cuartos traseros le flojean mucho. Y así. Pero estos galgos ¿sabes? irán muriendo conmigo. O yo con ellos.

Publicado en febrero de 2014