martes, 1 de noviembre de 2022

Ciegos como Ahab

     


        Crecí en un barrio en donde no había gays ni lesbianas. Tampoco había pobres, ni violencia doméstica. 

        Mi primer Moby Dick fue en formato de cómic, hace mucho tiempo, una edición que apenas puedo recordar. Después, el de Joyas Literarias Juveniles, con aquellas ilustraciones al gouache que ponían en la portada. Luego, de prestado, pude leer y descubrir de verdad aquella novela, tarde tras tarde un verano, en el trastero de la casa. Aquel libro con olor a tinta grasa de offset hacía que no sintiera el calor bajo la uralita. Que pudiera ver casi en vivo los colores de las casas de Nueva Inglaterra, o los témpanos de hielo flotando en las aguas de Islandia. En aquel cuchitril, mi refugio de tantas horas, saboreaba la sopa de quahogs y el bacalao con patatas. Podía oler, al caer el sol, el aceite de ballena ardiendo en los quinqués.

        Mi barrio dista doscientos kilómetros del mar. Yo no sabía apenas nada del mar, ni de la vida. Mi barrio, que ya no es. Mi calle, que ya no existe. Al fin y al cabo, como dijo Ismael "los lugares de verdad no están en los mapas..." 

        Yo no sabía. Nosotros no sabíamos. Pero, como escribió Saramago: las cosas existen y existieron siempre. Y añadía: "lo que queríamos era no tener que abrir los ojos".  El pobre, el borracho, la mujer maltratada, los diferentes. Siempre estuvieron allí. Pero ¿qué culpa íbamos a tener, yo o mi pandilla de amigos, de ser tan ignorantes?

        Volví a leer Moby Dick poco tiempo después, suelo releer libros que una vez me engancharon. Sólo había pasado un par de años, quizá, desde la vez anterior. Pero aquel libro, increíblemente, parecía otro. Tan distintos me parecieron sus personajes y su comportamiento. Con tanta nitidez y naturalidad el autor contaba (¡en el siglo diecinueve!) cómo un arponero salvaje y su joven amigo disfrutaban en la cama el uno del otro. Tanto, que me hizo sentir estúpido por no haberlo visto antes. Se me había colado un morlaco grande como el Pequod.

        "Decidme dónde están los pobres, que yo no los veo" decía un gobernante no hace mucho en plena rueda de prensa, mientras miraba hacia abajo y a su alrededor. La ceguera es la cualidad de los ignorantes y de los locos. Y la de los obcecados, como Ahab. Pero la ceguera moral, autoimpuesta o fingida, es el flaco recurso en el que escondemos nuestra mezquindad. Es la ceguera egoísta, irritante, de quien no ve más que su interés y provecho y olvida a quienes padecen necesidades. La que nos hace relativizar el frío cuando estamos bajo abrigo, o la guerra, siempre que nos pille lejos.

        Pero los diferentes estaban aquí. Los que pasaban hambre y vergüenza por tener hambre. Y los violentados. Estaban aquí, en el mismo barco. No los veíamos porque estábamos a la caza de nuestro leviatán de cada día. Ciegos.  No "eran" otros, sino nosotros mismos. No entendimos a los chavales menos aguerridos en los juegos de peleas, ni sus risas nerviosas en ciertas situaciones. No entendí por qué mi maestro siempre tomaba unos vinos con el mismo amigo y nunca lo vi con su mujer, pues no supe que no la tenía. No sabía por qué algunos niños nunca habían probado el chocolate. Ni por qué había que callarse y cerrar las puertas cuando en algunas casas se escuchaban gritos y golpes.  Pero sin ser sabidas o vistas, o siendo negadas por incómodas, estas realidades eran y estaban. 

        Ahora me parece que negar tantas cosas ya no es admisible, salvo que uno sea portavoz de un gobierno regional fascista y corrupto. La negación de la violencia, la marginalidad, la opresión o la pobreza sólo puede venir de alguien que, inconfesablemente, es beneficiado cuando otros padecen estas lacras. De quien ve peligrar su estatus, material o moral, en el que ha ido montando su nido de cigüeña, hecho de retazos y de basura. Pienso, como Michel Foucault, que los manicomios necesitaban crear locos para mantener su negocio. Que los ricos necesitan que siga habiendo pobres, precisamente para poder seguir siendo ricos. Y que los jerarcas necesitan que tengamos miedo, para que aceptemos con agrado la reducción de derechos y compremos alarmas para la casa. Y que muchos hombres necesitan mujeres sometidas, para seguir copando el cotarro y seguir viviendo como dios. Y que, por eso, se pretende seguir hiriendo, ridiculizando o negando derechos a amplios colectivos de personas: porque el negocio se puede caer. El de los hombres privilegiados. El de los opulentos. El de los clérigos de cada religión. El tinglado de los arriba, edificado sobre los huesos de los de abajo.

        Si no eres uno de ellos, perfecto.  Ahora —y esto es lo bueno— puedo leer Moby Dick sin más sobresaltos: tenía un día libre y no me apetece pintar. Me he puesto a leer Moby Dick y he vuelto a Nantucket, al Atlántico y al Indico, sin salir de casa. La buena noticia es que no hay que hacer nada: sólo seguir viviendo y leyendo. Y dejando en paz a Ismael y a Queequeg. Que sigan revolcándose en la cama. Al menos, hasta que se lo permita la ballena.

viernes, 11 de febrero de 2022

Últimas noches con papá (II)

 —No sé si mi hermano se acordaría de aquello, de lo que lloraba el pobre, qué chico era.  En la casa fuimos diez, pero Gonzalo iba siempre conmigo, hasta la mili la hicimos juntos.  Y siempre andando a todas partes, como aquí, cuando volvíamos a la casa. Había dos mastines que nos querían morder cada noche, en mitad del camino. Hasta una vez en que se escondió en la oscuridad. Me dijo que yo siguiera andando solo y hablando en voz alta, como si él me acompañara.  Los perros volvieron a salir para atacarme. Pero en ésta les cayó una lluvia de piedras que ni ellos ni yo veíamos de dónde venía. Los animales se espantaron y se fueron aullando. Desde entonces huían con sólo escuchar mi voz en el camino.


    Eran chicos y pasaban hambre y frío. Eran chicos, no tenían una gorra, ni un saquito, ni calcetines. Cerca del Arroyo Salado, los cerdos arrancaban las cañotas de hojas afiladas. Las mascaban a conciencia, licuando el jugo acre de sus espigas, la savia áspera de sus rizomas. Desarraigadas de cuajo, las cepas dejaban hoyos de arcilla y sal en donde los niños se cobijaban acurrucados, respirando aún el vaho cálido que dejó la planta y el aliento del animal que hozaba a pocos palmos de sus cabezas. Allí se abrazaban a sus rodillas, queriendo quebrar los cristales de frío que el terral traía bajando por las laderas del Veleta.

                     
—José, te acuerdas de lo que te decíamos… 
—Sí señor, pero yo ya dije que a mi no me estorba nadie del pueblo.
—No te enteras. Anda, avisa a tus hermanos, al Manuel y al Miguel el Arrallao. Y también a la Dolores. Y diles que esta noche no estén en casa.
—Pero ¿cómo es eso?
—Eso es lo que es. Diles que no duerman en su casa esta noche, porque hoy es a ellos a quienes van a buscar los civiles para sacarlos de ella. Corre, si quieres correr.

     —Yo no sé si esa noche el papa también bebió. Seguro que sí.  Al papa  —a tu abuelo— le temíamos como a una vara verde.  Creo que él no nos quería.  Igual que su madre, mi abuela,  la vieja Antonia la Cafetera.  Tampoco nos quería… Qué sueño tengo, hijo y qué frío…  No quería a sus nietos, hijo…No nos quería a nosotros… ¡No nos querían!

    Supongo que el frío está hecho del mismo acero que el hambre. Así de duros son sus filos. La desazón de no tener con qué aplacarlos. Y saberse, por ese motivo, miserable, desdichado. Pobre.  El frío y el hambre, cuando se han pasado así, dejan una huella en la memoria que ya nunca se borra, por muy saciado y muy abrigado que ahora estés. Es verdad si digo que somos pobres hartos de pan. Porque venimos de la Pobreza y, nos guste o no, estamos emparentados con ella. Nadie me engañará haciéndome pensar de otra manera. Haciéndome creer que soy lo que no soy, O que pertenezco a un mundo y a una clase que no solamente me son ajenos del todo, sino que además fueron y son los culpables de vuestro frío y de vuestra hambre, papá. Yo no lo voy a olvidar.

    Sí. Quizá el hambre ya no te abandone nunca, marcada a fuego en el alma, ni aunque estés harto. Y siempre veas su fantasma, cada vez que en la mesa quede un pedazo de pan, o un puñado de patatas guisadas o de arroz en el fondo del cacharro. Quizá el frío ya se haya adentrado en tus huesos y en ellos te siga mordiendo aunque te abriguemos con mantas o te arrimemos más palos a la lumbre. Quizá ya no pueda darte nada, padre, para que dejes de sentirlo. Como cuando eras niño en el Arroyo Salado. 



(Imagen: Hispanic Society of América. Anon. Años 20) 


    



lunes, 17 de enero de 2022

Últimas noches con papá (I)

 

Fotografía: Lavando en el Sacromonte
https://web.ua.es/es/giecryal/documentos/daniel-quesada.pdf

—Si hubiera tenido dinero, hijo, habría ido a la taberna de Enrique el Chaqueta y le habría pagado el precio de todas sus botellas. Y eso para qué, papá. Pues para liarme a pedradas hasta no quedar ninguna en las estanterías. La bebida es mala, es malo el vicio en un hombre. El papa no tenía ambición en la vida, ni orgullo. Sólo quería traer hijos a este mundo. Y así nos fue. 
 
 Hay dos leguas desde Fuente Vaqueros hasta Atarfe. Dos horas caminando si eres un hombre. Pero es una noche de miedo y de llanto, andando solo y con los pies hinchados, si eres sólo un niño.  Yo ya me vuelvo de Granada en coche. No quiero mirar a esos caminos. A los secaderos de  tabaco.  
 
—Al papa lo buscaban para trabajar y para hacer mandados. Y le pudo ir bien. Hasta tuvo dos casas en el pueblo, pero las dos tuvo que malvender por su mala cabeza. No tenía luces, ni siquiera una poca; menos que sus hermanos Manuel y Miguel el Arrallao.  Hasta desde el mismo ayuntamiento lo buscaban: José para esto, José para aquello. Ya sabes cómo eran las cosas entonces. Tenías que ser trabajador y que nadie te mirara mal. Pero claro, es que era muy difícil en esa época y en aquellos pueblos de Granada. Si eras pobre y vestías mal, alguien te señalaba con el dedo, venían a por ti una noche y ya desaparecías para siempre. Pero si con tu trabajo ganabas para comprarte ropa y comida... cualquiera te podía tener envidia, señalarte igual con el dedo y lo mismo. Era normal y nadie chistaba. Desaparecías  y nadie preguntaba.  
 
José era bien mandado. José, esto. José, aquello... José: a ti también te digo, que si alguien te estorba en el pueblo nos lo dices. Mire usted: a mi no me estorba nadie, me libre Dios. A José no le faltaba un duro. Pero José era así. Rumboso para él y para cualquier extraño. Convidaba a cualquiera y a cualquiera daba de balde las cosas que en su casa buena falta hacían.  En la calle se gastaba el dinero y el buen humor.  Pero cuando llegaba a su casa, ya iba bebido y sin perras en el bolsillo.   
 
—¿Cómo habéis venido aquí, vosotros tres?  —Pues andando...    
Y así había sido. Desde Fuente Vaqueros, guiando una piarica de cerdos. A quién se le ocurre. Al amo. Pues ahí lo tienes, que os dé lo que sea. No. Mañana habrá otra cosa para vosotros dos. Pero Gonzalo que se vuelva a casa. Mire usted, que es chico y tiene miedo, cómo va a volverse. Dele usted un duro para el tranvía, que algo lo acercará. No, que no tengo dinero. Me costáis mucho. 
 
El papa bebía y llegaba a casa. Bebía y gastaba lo que ganó. Bebía y le pegaba a la mama. La buena Chacha Eduvigis, que no hacía más que criar y lavar trapos entre las manos.  A la pobre mama le daba mala vida y encima, después mismo, le hacía otro hijo más.  La mama tenía tres hermanas: la Chacha Angelilla, la Chacha Cristina y la Chacha Emilia.  Las mujeres de anchas caderas y manos  hinchadas de tanto lavar trapos. Con agua fría. Con agua fría y jabón crudo, restregando las tablas del lavadero. —¡Qué pena, hijo!
 
Cuando José bebía, derrochaba y daba mala vida a su familia.  Pero cuando bebían Manuel y Miguel el Arrallao, no pegaban a nadie ni malgastaban.  Ellos lo que hacían era dar voces  en mitad de las plazas, dando vivas a la República. Era muy raro que siguieran vivos. Manuel acabó yéndose a Martorell, donde trabajó fabricando coches. Allí se fueron, a tener hijos que malhablaban de la tierra de sus mayores. El Arrallao no tuvo hijos.  El también se marchó allí, pero antes lo rechazaron dos  veces de extravagante que era y al final, después de muchos años emigrado, quiso venirse a Extremadura para no morir solo. Se me arrebujan fantasmas en la cabeza.  Mientras escribo todo esto, ya es madrugada.  El Agujetas va afillao por tonás y pienso, aquí solo, que quizá estoy también bebiendo demasiado, como el abuelo José.
 



                                                                *****


martes, 4 de enero de 2022

Recordando a Humberto


    Después de tantos años, volvía a encontrarme ante un mostrador, en el servicio de empleo. Estaba en la cola del paro. 
    No. No había perdido mi puesto de trabajo. Al menos todavía no. 
    Estaba allí intentando dar trabajo a otra persona. A un inmigrante ecuatoriano. 
    El era un hombre trabajador y experto. Parecía buena persona. Tenía mujer y un puñado de hijos. Vivía de alquiler y no tenían ningún ingreso. 
    Habíamos decidido darle trabajo. Nos hacía falta alguien como él, aunque sabíamos que elegir a un inmigrante sin papeles en lugar de un "nacional" iba a complicar la cosa. Pero se quiso hacer así. Era una oportunidad para él y se iba a convertir en un quebradero de cabeza para mi. Darle trabajo era fácil. Arreglar sus papeles, no tanto. 
    La consejería competente me informó de los trámites necesarios y me puse a ello. Fueron dos meses de gestiones, entre las cuales cuento la de hacer una oferta abierta de empleo y entrevistar a quince candidatos compatriotas que no eran aptos o no estaban nada interesados en trabajar. Lo juro: no es demagogia. Qué vueltas da la vida. En todo el fregado conté con la colaboración de Paco, un generoso funcionario del servicio de empleo, que se empeñó desde el principio en hacer bien su trabajo, nada más y nada menos. Y ambos contamos con la inestimable ineptitud, insensibilidad y falta de ganas de su jefe de oficina, curiosamente mucho más joven que nosotros. No sólo no colaboró en absoluto, sino que se revolvía de molestia por vernos bregar a nosotros y hasta un día me llegó a echar de su despacho. No recuerdo tu nombre, pero desde aquí te repito lo que ya te aclaré un día en tu cara, bonito, por si lees esto: que eres un cabrón. Y que ojalá pases hambre de la de verdad, tú y los tuyos. 
 
    La vida no es un cuento de hadas, eso ya lo sé. Los pobres no siempre son los buenos, ni los acomodados son siempre los malos. La vida es compleja. (...)


    Sin embargo, os diré: todo hombre y toda mujer tiene derecho a vivir y a trabajar. Todo niño tiene derecho a creer que su padre es un héroe, hasta que la edad lo haga convencerse, nunca de forma traumática sino serena y lógica, de lo contrario. Todos deberíamos tener pan en la mesa. Y azúcar y arroz y garbanzos en la despensa. Nadie debería tener frío, ni miedo. Ni morir ahogado en el intento.
Y mientras eso siga ocurriendo, a la vez que a muchos nos preocupa más la velocidad de nuestro internet, poder beber en las terrazas o la retención del ierrepeefe, es que aquí algo no marcha. Y cuando una cosa no funciona, hay que arreglarla. O eso, o echar el tinglado abajo y empezar de nuevo.


    Y si no, nos lo derribarán los hambrientos. Ese gigante que, cuando se levanta, camina con unos pasos que nadie, absolutamente nadie, puede detener. Ni las alambradas, ni las bolas de goma, ni los políticos cerriles, ni sus vomitivos votantes . 


Manuel,  10 de febrero de 2019 

martes, 8 de diciembre de 2020

Cuando llega el invierno

 




De niño, jugaba en la playa o en el río. No me cansaba de querer atrapar el agua, de querer guardarla en un modesto hoyo, cavado en el suelo. No comprendía el pesar angustioso de ese afán. El de la vida. El del tiempo, que pasa y se escapa. También el de la inutilidad de ciertos esfuerzos. Cuando ponemos, quizá, el empeño en evitar lo inevitable. 

Ante el espejo, el pelo está cada día más blanco. La piel se va moteando de manchas que antes no estaban... Y ¿me lo parece, o será verdad que hasta la forma de mirar de ese hombre es también cada día más melancólica? Aún peor: ¿cuándo notaré que mis manos no sirven para pintar? ¿que ya no pueden guiar la navaja sobre la espuma? ¿Cuándo abriré un libro sin poder leerlo? ¿cuándo soltaré esta pluma que ahora uso, sin haber conseguido escribir con ella?  ¿Miraré algún día a mis hijos sin reconocerlos?

Con todo, creo que esa tristeza no será mayor que la de ahora: la de ver ese desgaste y ese adiós lento en mis mayores. Ver que dejan de ser lo que fueron. Irme despidiendo de ellos tan poco a poco, que indigna de dolor. Y no poder hacer nada. Ni buscar nada ni a nadie. Ni encontrar ni comprar nada, porque nada hay. Sólo estar. Y hasta que se nos permita, vivir. Y aprender. Y no olvidar.

lunes, 12 de octubre de 2020

La Clase Obrera en Pearl Harbour (I)

       

Ruinas en Pearl Harbour (N.Geographic)
Ruinas en Pearl Harbour (N.Geographic)


En el alto de aquella loma de las Hawaii, un soldado raso vio algo extraño. Toda una noche de sábado de guardia y justo al terminar su turno, esto. Desde el borde del círculo naranja de su pantalla de radar una nube de puntitos oscuros se acercaba hacia el centro. Golpeó el costado del aparato con la mano abierta, pero esas raras interferencias siguieron allí, con la misma ruta.

Muchas veces pienso que nosotros, los que deberíamos considerarnos “clase” trabajadora, hemos caído en la ilusión de creernos los dueños del Pacífico. O al menos los dueños del pequeño islote que a cada uno nos haya tocado disfrutar.  No discuto el derecho a ese disfrute:  mi isla es mi casa, mis libros, mi familia, mis días de vacaciones… igual que tú o tú tenéis las vuestras, bien merecidas.  El problema, sin embargo, es la gran capacidad embriagadora que tiene el bienestar.  Y su poder amnésico, hasta el punto de hacer que no nos reconozcamos en aquello que nosotros o nuestros mayores fuimos hace bien poco. Nos hace gracia haber tenido aquel coche destartalado que ahora vemos en esa foto. O haber ido a todas partes en bici, durante años. Haber vivido en aquella casita tan chica, en aquel barrio. Aquella tele, aquellas gafas torcidas… Qué bien estamos ahora. Y no: no queremos desandar el camino. Nos aterra que nuestra prosperidad disminuya, en lugar de aumentar. Pero… joder, ese puto radar.

No eran interferencias de radio ni fallos del display. Los puntos negros eran zeros y nakajimas que iban a toda leche, en vuelo casi rasante. Unas horas después, los imponentes cruceros amarrados arderían o se hundirían. Se perderían cientos de personas que esa mañana, un domingo, hacían su vida con normalidad. Dormir un poco más, desayunar con tiempo, dar un paseo. Da igual si quieres o no entrar en lucha, da igual si sientes o no que estás en ella: lo estás. Porque alguien, en alguna parte, en algún despacho, señaló en el mapa el punto exacto en el que tú te encuentras y dijo “—Aquí”.  Da igual también si aún no sabes en qué bando situarte:  ya tienes uno. Porque los de enfrente saben perfectamente  —y desde hace mucho— que tú no eres de los suyos. Es así.  Despierta y haz sonar las bocinas. Nos agreden. Y tenemos que defendernos.

Es a ti. No te llamo a tomar por asalto el Palacio de Invierno, ni a pasar por las armas a la familia del zar, ni a nadie. No es esa la Revolución.  Tan solo, quizá, que pienses en los que ahora ocupan en la galera el puesto de remero hambriento y encadenado que antes ocupabas tú, o tus padres, o tus abuelos…En lugar de ello, muestras tu peor cara y un engreimiento legendario. Irritado, culpas de tus males a los que están por debajo de tu posición, que tampoco es muy alta, precisamente.  Sabes que en la empresa o en el batallón sufrimos como novatos el precio de los abusos, pero estás encantado cuando llega alguien menor, más pobre o más nuevo y corres a cometer abusos aún peores, olvidando por completo el dolor o la humillación que sentíamos poco antes y que, sin duda, ahora estás infringiendo.  Desconoces la empatía, y por eso eres incapaz de ver que las injusticias que padecemos tienen un carácter social y estructural.  Adquirir la sensibilidad hacia el dolor o la marginación que padecen otros nos haría sentirlos también y por ello la urgencia de su erradicación sería auténticamente colectiva. La empatía, sí, o la piedad hacia el menor, el más pobre o el más débil, haría posible —por necesaria— la transformación de la sociedad. Esa transformación: la verdadera revolución.

 

Pero cómo vamos a detener esto. Son más de trescientos aviones y vienen en oleadas. Actúan de forma precisa en un baile dramático y sincronizado; unos vienen en filas y para ametrallar bajan aún más hasta casi poder ver sus caras; otros, los más poderosos, sueltan su munición pesada desde muy arriba, como si no quisieran ver el daño terrible que causan cada vez que aprietan un botón… Creer que la injusticia es algo que sucede a los demás es erróneo. Pensar en la privación, el desahucio o la exclusión como algo ajeno a nosotros, nos define inmaduros. Contemplar estas cosas pero aprobarlas siempre que sean otros quienes las sufran, nos muestra como insolidarios. Y también como necios porque –ya dije- la injusticia, como una epidemia que también es, no se detiene casi nunca y, de una u otra forma, nos llega a todos. No te puedes inmunizar tú sólo: hay que fumigar cada calle. Cada día se hace menos viable —y éticamente menos aceptable— seguir haciendo como si nada. No es posible comer donuts en una terraza al sol mientras los cazas están friendo a tiros a nuestros semejantes. Hay que reaccionar o palmamos también.

 

Debemos perder la falsa sensación de seguridad. Al final, la realidad nos alcanza a todos.  No podemos seguir creyendo que pertenecemos al grupo de los Elegidos, o que viajamos en el vagón que es seguro que no va a descarrilar. No lo sabemos.  Dejemos de tener la sensación de importar a alguien, porque no es así. Dejemos de creer en vendedores de humo divino y humano. Ni en partidos de aquí o allá, integrados por botarates y botaratas centrales y autonómicos, que votan lo que haga falta para no perder su puesto. Que no es que vendan a la clase obrera o a la región o provincia a quienes deberían representar: es que venderían a sus familiares más directos con tal de mantener su estatus de vividores profesionales. Sostendrán, una legislatura tras otra, monarquías indecentes, privilegios eclesiales, votantes clientelares o sistemas de justicia predemocráticos…  Y por supuesto huid de estos iluminados que ahora pregonan algo que no es sino fascismo. Falsos patriotas que ondean sin pudor y sin saber símbolos, ideas y gestos que son propios del nacionalismo, del socialismo y hasta del anarquismo, sin saber qué historia ni qué puñetas hay tras ellos. Ondean banderas y se dicen defensores del pueblo y la nación y no sé qué otras putas mentiras más. Es todo falso. Miran por lo suyo y por lo de los ricos —que es justo lo contrario que lo tuyo y lo público—   Son supremacistas, zafios, xenófobos y violentos.  Embelesados por los uniformes y las medallas, pero cuyas familias de bien pagaron con lomos y chacina del pueblo para que el nene no supiera nunca lo que es la tercera imaginaria, ni perder dos años de su vida vestido de uniforme. De ir a una guerra, ni hablamos.  Machistas y vividores, meapilas endomingados que salen de misa de doce, dan un duro al pobre de la puerta creyéndose San Vicente de Paúl y giran la bocacalle para un rapidito con la querida, en el pisito que le tiene en un entresuelo, mientras su santa esposa se adelanta a casa a calentar los garbanzos de vigilia. Defensores de monarcas corruptos y de obispos con la mente tan sucia como su bragueta. Haraganes con clase. Nunca sabrán lo que es trabajar duro, o pagar impuestos como tú haces, aunque no llegues a fin de mes. Juran bandera de salón, pero sin marchas a cuarenta grados.  Trincan pasta pública a manos llenas, pero no quieren que tú tengas ayudas si estás en paro, ni sanidad, ni pensiones. Nada que no puedas pagar. 

El reto de la Clase Trabajadora es defender el bienestar público y hacer valer su dignidad.  Otra oleada:  siguen llegando zeros y aún estamos en calzoncillos  ¿Qué hacer?

martes, 7 de abril de 2020

Los niños del hambre


Foto: Cristóbal Salazar. Churriana
Foto: Cristóbal Salazar, Churriana
Nació un niño. Uno más. Casi se perdía ya la cuenta. Una boca más. Niño o niña, una más.  Aunque quizá daba lo mismo: donde comen dos, comen tres. O nueve, o diez… Lo importante es que no venía al mundo con un pan bajo el brazo, ya lo hubiera querido. No eran buenos tiempos. Muy al contrario, seguía la guerra.  Sólo unos meses antes todavía humeaban las trincheras en el Albaicín, en Granada. Como los parapetos de Puerta Trinidad, en Badajoz. Quizá fue casualidad que, en aquellos mismos días de verano, se estuviera escribiendo la condena de las dos ciudades. Y después, qué desastre…  Los camiones repletos de detenidos iban y venían. Y los pelotones de fusileros les esperaban junto a las tapias del cementerio:  en el de Badajoz y en el de Granada.  Las mismas tapias blancas, los mismos días de agosto, las mismas pilas de muertos.

Nacieron en tiempos de muerte. Estos niños de la guerra crecieron aprendiendo que pertenecían al bando perdedor: el de los pobres.  Aunque no lo hubieran elegido, ni quizá supieran leer ni escribir, ni ellos ni sus padres. La revuelta de los campesinos –especialmente en Extremadura-  hartos de pasar calamidades, había encendido la mecha de la sublevación militar. Y los vencedores, además de haberlos despachado en camiones de la muerte, se iban a tomar su revancha durante largos años de opresión y de injusticia. Para estos niños, los que ahora nacían, serían años sobre todo de hambre. Los niños del hambre, el hambre de los niños. Los niños de una sola camisa y de un solo pantalón, mil veces remendados. Los niños que no amaban a su padre, sino que lo temían. Aquellas criaturas que ignoraban el frescor de las sábanas limpias, o el candor de la infancia tranquila y segura, esa a la que tienen derecho todos los niños.  Esos niños y esas niñas tuvieron que abrir enseguida sus ojos por la voracidad de la privación. Pero claro: eran chicos, eran pobres y eran ignorantes. Eran justo lo que querían quienes hicieron la guerra: mano de obra esclava. Miserables hambrientos, que por el pan llevaban o traían una piara de cerdos desde un cortijo a otro, de noche, llorando de miedo. Mano de obra cautiva que no sabía a qué tenía derecho, si es que alguno tenía. Niños que soñaban con pan y carne de membrillo.  

Aquellos niños y aquellas niñas construyeron una vida y un país.  Levantaron sus casas desde los cimientos.  Hicieron, sin patrias ni banderas, que parezca grande y limpio lo que antes era oscuro y ruin. Trabajaron -qué si no: no sabían ni saben hacer otra cosa- hasta que no pudieron más. El trabajo fue su escudo y estandarte, su modo de vida. El trabajo fue su licenciatura. Su visado hacia un cachito de bienestar. Hicieron posible una sociedad distinta, nueva.  Nos levantaron también a nosotros, sus hijos. Nos dieron lo que tenían. Todo aquello que ellos no habían tenido, porque se les había negado y se les había robado. 

Ahora me acuerdo del cuento del viejo que en pleno calor cavaba sudando para sembrar dátiles. Un joven se acercó y le invitó a parar y descansar, para que el sol no lo matara. Y le dijo que, de todos modos, no iba a poder comer los frutos de lo que sembraba, ya que tardarían más en crecer de lo que él tardaría en morir por su edad.  El viejo le contestó que era cierto, pero que él cada día comía de los frutos de los árboles sembrados por sus mayores.  

Los niños de la guerra, nuestros mayores, son ahora los viejos que miran la vida sin comprenderla, porque los tiempos les han sobrepasado. Ya no son suyos los paisajes, las costumbres, ni los nombres de las calles. No entienden las bromas de los jóvenes, ni la malicia de sus gobernantes. Todo es extraño. Al fin y al cabo, ellos sólo querían comer puchero o gazpacho al venir del campo. Una sombra fresca para dormir en verano, o un cobertor que les protegiera del frío de la sierra en invierno.  Un albérchigo, un pedazo de carne, o freír unos dulces en Navidad.  ¿Cómo van a entender ellos cuáles son ahora nuestras necesidades o nuestros caprichos?

Ahora el mundo nos explica que ellos ya vivieron bastante, o que ya no son productivos. Que nos encontramos en estado de necesidad y que hemos de entender que quizá deberían sacrificarse. Como si ellos hubieran hecho alguna cosa distinta en su vida que no fuera un sacrificio.  Y ahora algunos de sus hijos y nietos viven y piensan como si los temporeros que trabajan y viven bajo los plásticos fueran de otro planeta. Como si no fuera cierto que una sola generación nos separara de la miseria.  Sí. Una sola generación nos separa de andar descalzos. De ser emigrantes. De ser analfabetos. De salir del cortijo del señor, tras haber trabajado todo el día, y tener que esperar a que te registren las alforjas por si robaste tocino. De fregar suelos de rodillas. De cargar sacos de maíz, recoger algodón con dedos en llagas, revender café, fumigar dedeté sin protección o dormir junto a las acémilas.  

Dime cómo vives tú este momento, este ahora. Dime si has olvidado quiénes son tus mayores. Dime tú quién te crees que eres. De dónde crees que vienes.

viernes, 17 de enero de 2020

La mala educación

 Ella, con quince años nadas más, descubrió a fuerza de machismo y sinrazón que se encontraba sola. Todo aquello que hasta ese momento, el de la muerte de su madre, había constituido la sencilla y feliz existencia de la pobre niña, desapareció un día.


En su lugar, un aplastante nuevo orden de cosas llegó para instalarse sobre ella y sobre su hermano. Todos  -su padre, sus tíos- daban por descontado que era ella quien ocuparía el lugar de su madre desde el mismo instante en el que la pobre mujer falleció con poco más de cuarenta años. Desempeñando cada una de sus tareas de forma que, como tratándose de una pieza de sustitución, su padre pudiera mantener apenas sin cambios su cómoda rutina, a costa de una alteración tan traumática en la vida de su propia hija: abandonar la escuela, administrar la casa, cocinar, limpiar, atender a su hermano. Todo ello, además, con poca dotación económica, ni más ayudas ni recursos. Sin estar preparada para ello. Sin haberlo esperado, pues los dos niños desconocieron hasta el último momento la gravedad de lo que iba a suceder, aunque de todos modos hubiera sido difícil para ellos asumir o entender nada, caso de haber sido advertidos. No tenían posibilidad de encajar tanta mudanza, tanto desamparo. Era verdad: cuando moría un hombre, sus hijos perdían a su padre. Cuando moría una mujer, los hijos quedaban completamente huérfanos y solos. 

Casi ningún adulto entonces estaba comprendiendo nada de esto. Habían sido educados así. El papel de la mujer era ese.

Poco tiempo después el niño escapó de casa un par de veces, sin rumbo ni sentido. Corriendo a ninguna parte, llorando y tropezando por las calles. Supongo que en días en los que se le hizo insoportable el dolor, la falta de calor y la añoranza de su madre. No sólo no fue consolado de ningún modo, sino que se le buscó y persiguió como a un recluso. Y fue golpeado de forma impropia y brutal, hasta amoratar su cara de niño. Vi cómo lo trajeron la última vez de vuelta a casa. Pero no era él quien regresaba: ya no regresó nunca. Ya nunca reconocí en él al niño que se bañaba y jugaba conmigo en el Zapatón. Con quien luego sacaba agua de la acequia con una lata, para lavarnos con un pedazo de jabón, antes de cenar pan con tomate y queso a la luz del carburo.

Ella también escapó, tres años después. Pero ya nunca volvió. Una maleta con cuatro cosas, casi sin dinero, una carta de despedida en la mesilla. Fue un gran revuelo.

Qué sensación tan extraña. Qué inseguridad me producía entonces a mi, un crío, estar presenciando acontecimientos que me parecían claramente abusivos ya entonces. Y sus consecuencias: que yo entendía como el resultado lógico, más que esperable, de aquellos… ¡Mientras casi todos nuestros mayores estaban como en otro planeta, incapaces de ver la misma luz del día!

Y qué lejos parece quedar todo aquello. Como si lo que ahora escribo fuera ficción. Pero no lo es. No lo fue.

Cuando la injusticia es estructural nos envuelve a todos y nos engulle. O por falta de  arrestos para afrontarla, o porque de algún modo nos beneficia. El machismo, bien lo vi entonces, a mis doce años, estaba en todos nosotros. Y lo sigue estando.

Dije que ella nunca volvió, pero sí lo hizo. Un día, mucho tiempo después, acompañada de su nueva familia, su marido y sus hijos, que causaron en mi un gran impacto, cuando creía que esta historia no daba para más: ¡ellos también la trataban como a una sirvienta! ¡también le hablaban sin respeto y hasta recibía de ellos algún insulto y burlas!

Yo no sé qué siente o piensa quien ha sido educado en la Igualdad. Yo no lo fui. Pero hechos como estos, vividos o presenciados, me hicieron comprender algunas cosas. No podemos escapar del constructo social imperante en el periodo en el que nacemos y vivimos. Diría que tampoco somos responsables de las normas que lo rigen, en tanto que no fueron inventadas por nosotros e incluso es posible que las desaprobemos en todo o en parte, o que no las entendamos. De lo que somos responsables es de sacar tajada de un sistema estructuralmente injusto. Y también de no oponer la resistencia y la voz crítica esperables en la medida en que nos sea posible, en esos momentos en los que la vida te dice que es tu turno y que tienes que retratarte.

Cada uno es responsable del orden y el rumbo de su propia e individual existencia. De sus hechos. De articular su propio armazón de principios. Y de actuar en consecuencia. Elegir bando y trinchera, en esta guerra en la que la neutralidad no existe.