sábado, 16 de febrero de 2019

Sin título

Son las cuatro de la madrugada y padre aún no ha vuelto. No es que me preocupe, no es la primera vez que falta de la casa durante la noche entera. Ni siquiera madre lo echa de menos, ni se encuentra en ella una pizca de preocupación, ahí dormida, en su jergón de madera con colchón de paja. No es extraño que padre no esté. Si ha cobrado cinco pesetas en el casino, en donde el señor despacha como si fuera su oficina, o si ha vendido leña, o unas docenas de huevos, o algunos peces cogidos en la charca, entonces no es raro que no acuda pronto. Al contrario, nos tiene acostumbrados a verlo regresar al despuntar el día, o quizá dos días después, cayéndose por el flanco de la mula de borracho que viene, y sin una moneda en los bolsillos.
Hace pocos años nos avisaron para que nos encargásemos, mi hermano y yo, de recogerlo. Lo habían visto en el camino de la noria. Bueno, habían visto a la mula en el camino de la noria. El animal estaba parado, cortando tallos de avena brava con los dientes, muy mansamente y con gran paciencia. Como sabiendo que iban a estar allí mucho tiempo, hasta que alguien llegase buscándolos. Padre no se veía al principio, desde la loma polvorienta del camino. Pero sabíamos que estaba allí, y allí lo encontramos: caído y como muerto en la cuneta. Cubierto de espinos y con la cara cuarteada por el sol y la tierra pegada en hilillos cerca de su boca, por donde había chorreado el vino.
Padre no está, pero bien que me recordó que hay que acudir hoy sin falta a los maizales. Iré yo solo. No he dormido apenas nada, la noche no ha traído hoy ningún soplo de aire fresco por entre los chaparrales y por eso he tenido tanto calor como durante el día. La ropa se pega al cuerpo y el sudor no se respira, sino que se queda como una segunda piel, engorrosa y asfixiante. Las ventanas no alivian la sensación de ahogo, porque al abrirlas sólo entra por ellas un vaho caliente como el aliento de un horno, acompañado de un olor picajoso a agua de riego y a polen de maíz.
He salido al campo tras tomar un poco de café. Ahora el olor a polen es más intenso. Las cañas son mucho más altas que yo. Tiemblo un poco al recordar que pronto habrá que despanojarlas. Entonces, cuando la cuadrilla de hombres entremos en los surcos, el calor será ya insoportable. Los penachos irán cayendo a cada cuchillada, pero antes de caer al suelo formarán, entre todos, una nube de polvo picante que entrará en cada poro de nuestro pellejo. No se encuentra una gota de aire limpio que respirar, encajonados como vamos entre hiladas, pisando surcos encharcados en donde se hunden nuestros pies hasta el tobillo. A veces cuesta tanto sacarlos como si nos hubiera pillado un cepo lobero. Y a veces se sacan sin la alpargata, que quedó sepultada en el fango, de donde hay que exhumarla cavando en él con las manos, muy penosamente.
Hoy, además, esas panojas me parecen mucho más inquietantes. Se ven negras, recortadas contra la luz blanca del amanecer. De este amanecer de hoy, neblinoso de calima que anuncia más bochorno y más sudor. Esas panojas así negras, son como los penachos de pluma que ponen en el pueblo a los caballos del enterrador. Y tan fúnebres. No sé dónde estará padre. Seguro que está borracho en alguna de las cantinas entre casa y el pueblo de abajo, el de la vega. O entre casa y el otro pueblo, el de la sierra. Otro año, bien recuerdo, padre vendió la carne de un venado que pudo cazar, porque quedó atrapado en una regadera. También al pobre animal se le quedaron sus pezuñas hincadas en el barro. El hombre nos anunció triunfal que volvería con ropa nueva y con bacalao seco. Pasó un día y hermano fue a buscarlo. Tampoco volvió. Pasaron dos días más y me mandaron a mi. Y los encontré a los dos terminando de gastar los cuartos, apurando una frasca de vino blanco en el porche de la casa de la madama. Al verme llegar, dos mujerucas se rieron desde el antepecho de la planta de arriba. Y una de ellas se levantó la falda y me enseñó su coño, en donde metía un dedo y lo chupaba luego, llamándome con mucho descaro, que terminó de acogotarme.
Con la azada grande voy abriendo las regaderas. El agua limosa de las acequias corre a borbotones, terminando de destruir y arrastrar la presilla de barro que la retenía. La presa de barro que con la misma azada había taponado yo antes. El agua fluye y va llenando con orden cada uno de los surcos, primero uno, luego el siguiente. Siempre que abro las regaderas pienso que el agua... bueno, no. Más bien siento que soy alguien superior, porque puedo llevarla a donde quiero. Al agua, que es imposible retenerla entre las manos. Llevarla de un lado a otro. Detenerla, hasta verla morir engullida por la insaciable tierra. El agua sube hasta el mismo pie del maíz. Y al tocar su caña, noto que la cal disuelta cuece en contacto con la piel verde. No sé qué tienen las cañas de maíz, pero sé que la cal cuece al rozarlas el agua. Y desde ahí abajo sube un vapor ardiente que pugna con el calor del sol para torturarme aún más. No creo que haya en el mundo un lugar más caluroso, más irrespirable, que un maizal. No creo que sea peor ni siquiera un desierto.
He trabajado durante todo el día. El calor y el polen me han irritado, nunca nadie se acostumbra a eso. La noche antes, siempre juro para mis adentros que no me limpiaré el sudor de la frente. Que lo dejaré correr hasta que gotee desde mi nariz. Pero no puedo. Me lo quito de encima con el dorso de la mano. O con la manga de la camisa. Pero la mano y la camisa también se saturan de polvo y de polen. Y se convierten en una infección como de cierta química, que no me alivia en el rostro, sino que lo hacen picar más, hasta ponerlo rojo, ardiendo. Y hasta la frente me encuentro, al volver a casa, como en carne viva. Las panojas dejaron de ser negras, cuando el sol las hizo brillar. Cuando empezaron a parecer como de oro viejo, hecho en ramilletes para una diadema. Pero seguían pareciéndome de mal agüero.
Tras cerrar la última acequia, al final de los caballones, estaba en el límite de la plantación. Sumergí la azada en la arqueta, la limpié de barro y la dejé dentro del agua, apoyando el machón en el fondo. Cuando la madera del cabo se terminara de hidratar, se hincharía y la zacha de hierro dejaría de moverse. Me lavé los brazos y metí la cabeza hasta el cuello de la camisa. No sabría explicar por qué, aunque me sentí refrescado, no notaba el alivio de otras jornadas al terminar el día. Quizá, pensaba mientras iba volviendo hasta el cruce de caminos, es por saber que no tendré otro futuro que el que ahora veo. Sembrando y regando maíz. Padeciendo este calor, que no deja vivir a nadie. O porque nunca podré sentarme, tan tranquilo como el señor o su hijo, en las mesas del casino, hablando de las ganancias o de la tierra que van a comprar. Con chaleco y zapatos, con camisas blancas y reloj de bolsillo, mientras beben vino del bueno y piden al mozo un plato de lomo partido bien finito. O de la angustia de ver a madre así, cada vez más vieja y desengañada, viviendo en un chozo con cubierta de ramas, cocinando en un fogón negro, con cuatro cacharros que padre compró a un buhonero nada más casarse ellos. Pensando que sólo un revés, me daba igual que fuera bueno o malo, un revés gordo de los que da la vida de vez en cuando, podría torcer el rumbo de mis días. Y cambiar mi destino, para llevarlo hasta no se sabe dónde.
A treinta pasos del cruce, con la azada al hombro, ya había perdido el hilo de esos negros pensamientos. Pero la nube cargada de mal fario que salió conmigo de madrugada me seguía acompañando, hasta hacer que me doliera la cabeza. Ya mirara al suelo o ya al cielo. Ya a las cañas de maíz, que eran como un batallón de soldados en formación, testigos de mi triste caminar hacia el pabellón en donde mi futuro se iba a decidir. Batallón en ristre que no se dignaba mirarme, yendo cabizbajo hasta el patíbulo, por si la negrura de mi sino pudiera ser contagiosa. Ya hacía rato que volvía a estar acalorado. El frescor de la poza quedó atrás. Y hasta el mango de la azada, que había estado notando frío y chorreando agua sobre mi espalda, volvía a ser una astilla seca y áspera, que arañaba mi hombro al ritmo del caminar. A treinta pasos del cruce, no sé qué cosa me hizo mirar justo en la hilera precisa. Justo en ese surco, que era igual a los cientos de otros surcos recién regados. Y no sé cómo, ni qué extraño imán o rara intuición me hicieron asomarme justo allí. En donde casi era imposible distinguir nada, menos aún con la luz ya menguante del atardecer, pues el barro en las acequias es por igual negro y limoso. Y así cubre piedras, raíces y cualquier cosa que en ellos se encuentre. Formando un suelo blando y ondulado, virgen de huella alguna cuando el agua baja, como hecho por el panadero cuando baña un bizcocho en chocolate.  Y así cubría también todo el cuerpo y las ropas de padre. Padre, que se encontraba en aquel surco como depositado a propósito en su fosa. Todo a lo largo, encajado como un guante en aquel hondón.  Padre, convertido en una estatua de barro, por igual el color de su rostro y de su camisa, y por igual su brillo. A quien yo mismo, así lo comprendí enseguida, había dado muerte abriendo y cerrando regaderas, al cubrirlo de aquella agua dura y legamosa. Templada y negra.


Las putas de Toulouse-Lautrec


Tienes razón, Henri Marie. Los que pintamos paisajes somos unos empanaos a los que no nos corre la sangre por los pinceles. O unos señoritingos de caballete en fin de semana, que babeamos para que nos salga bien bonito y bien colgable un jardincito japonés, como a Monet. Que nos hacemos pipí en los pantalones cuando vemos un jarro con flores, o un mantel blanquito y una hogaza. Así, tan rebien puestos, que se caigan de pura artificialidad. Y también tienes razón en que no te hemos respetado. Qué quieres, te dirán. Haber crecido, hombre de dios... En qué inauguración ibas a quedar bien, si no llegabas ni a la mesita de los canapés.
Las putas, Henri Marie, son el termómetro de la Humanidad. Ellas, que no tienen culpa de nada y que son víctimas de todo, pero especialmente de los hombres. Sí: de la naturaleza intrínsecamente material, hedonista y cosificadora de los hombres. De nuestro puñetero egoísmo. Aunque de eso no hablaré, porque no es hora, y porque ya tú sabes de eso más que yo. Las putas, señor de Toulouse-Lautrec son, quizá, los seres más piadosos de la tierra. Y los más dignos.
Nadie va a entender, tú sí, claro, que te refugiaras en los garitos. Pero en los garitos está la verdad. En la calle está la verdad. En las tabernas y en las tablas de un teatrillo. Sí: en un teatrillo, en donde se escenifica la mentira haciéndola graciosa: allí está también la verdad. Porque ellos -los actores, los bailarines, las putas- nos ponen delante de nosotros mismos. Delante de nuestra verdad. A menudo, de nuestra triste verdad. Y bien merece la pena pintarlos.
Fuiste alimentado por las putas. Y perfumado, como por la Magdalena. A lo mejor sólo ellas te lloraron. Bueno: también tus galeristas. Eras, estimado bribón, como de la casa. Medio hombre, habitabas los camerinos y las alcobas. Acaso tenido por inofensivo. Pero reclamando, una vez que otra, algún servicio. Sin pagar, claro.
Me habría gustado verte pintar, Henri Marie. Quizá tanto como a Velázquez. Porque lo hacías, estoy seguro, a pie de cama, acaso en paños menores. Y las más de las veces, hasta arriba de absenta. Como Dios manda. Me gustaría aprender a pintar carteles como tú. Sin fotografías retocadas, letras sobreimpresas con ordenador, ni programa informático alguno para editar tus imágenes. A pelo. Y a paleta. A mano. Extendiendo manchas planas y coloristas que son puñetazos en los ojos. Con luces de cabaret y con enaguas al viento. Con tobillos seductores y con posturas danzantes. Anunciando a la Avril, a la Goulue, o a Chocolat.

Tiempo de setas


Macrolepiota procera  (Maza de Tambor)  Foto: Sociedad Micológica Extremeña

Las primeras lluvias del otoño han venido en cuerdas jugosas y rizadas. Hemos olido ya los primeros vapores de la tierra humedecida. Espero que llueva más.
Cuando viajamos a Monpazier, eso fue este verano, la noche nos llegó en carretera. El Perigord es más verde que Extremadura, y sus prados se siegan continuamente. No da tiempo a recoger las alpacas enrolladas: bajo ellas vuelve a crecer la hierba. La tierra es blanda como una moqueta. La noche, sí, bajó como un telón hasta las tablas. Y las candilejas del cielo quedaron brillando.
Interrumpí a Mercedes -siempre la interrumpo por cualquier cosa- para que sacásemos la cabeza por las ventanillas. Al caer el sol se había apropiado del campo un frescor inaudito. Como el aliento de un océano. Como el alma de un pozo. Había que respirar aquel aire. Daban ganas de parar.
Pero el campo, el aire, estaba tomado además por una presencia nueva y a la vez conocida. Algo que recordaba aún más a la propia tierra, como si el suelo se hubiera abierto como una granada, y hubieran quedado al descubierto sus entrañas: las raíces, el agua, cada filón de piedra, cada estrato de creta y de arcilla. Enseguida identificamos ese perfume. El aire, el campo, olía a trufa. Olía intensamente, frescamente, embriagadoramente a trufa negra.
Nos quedó bien claro que así era cuando la vieja bodeguera nos ofreció una cata de sus vinos. Estaban ricos, pero no eran únicos. Salvo uno: de una pequeña nevera sacó una botella y bebimos. Era un vino clarete, quizá no muy importante. Pero había sido afortunado. La mujer lo seleccionó para macerar en él durante unos meses unas láminas de trufa que luego había retirado. El efecto era increíble. Queríamos más, pero no quiso venderlo, la puñetera. C´est un cadeau. Juste pour prouver.
Ahora vendrán de nuevo, aquí también. En nuestro campo. Y el perfume de la noche, sólo hay que abandonar un rato las duras alfombras de asfalto, volverá a ser distinto. Hay que tener paciencia y dejar que la oscuridad te pille en el campo, o en el monte.
El corral de brujas volverá a bailar en torno a una encina. Las mazas de tambor surgirán como de la nada. Y las amenazantes lepiotas, blancas entre la hierba. Un boleto levantará la capa de agujas de pino. Mil caballeros templarios cabalgarán juntos, al borde de una vereda. Las trompetas de los muertos se alzarán como en Jericó. Del suelo brotará, envuelto en arena y desperezándose, el terroso gurumelo. Y de un tronco la oreja de Judas, que en verdad hace parecer que el árbol quiera escucharte.
El perfume de los hongos hace que el campo huela como el especiero de un chef. Pisar el suelo tierno y húmedo, apartar las hojas descompuestas ya de un alcornoque, encontrar el regio, el edulis o el fragans que son como panecillos bien horneados. El aromático cantharellus. Admirar a la bellísima cesárea. Y a la verna, su hermana albina. Igual de elegantes, igual de fatales. Disfrutar un poco de la dehesa, cuando ya el calor no nos lo hace imposible.
Un placer. Que se puede rematar poniendo la recolecta sobre las brasas, o en láminas marinadas con aceite de oliva. Pero con cuidado. Al fin y al cabo, como dicen los expertos, todas las setas se comen. Pero algunas, sólo una vez.

Publicado en octubre de 2011

Ehtremeñoh

A orillas del Mar Menor, una señora malagueña cargada de oro como un galeón se me quejaba de su veraneo. Ni su habitación, ni la comida del hotel la satisfacía, sobre todo teniendo en cuenta "el perral" que le estaban costando sus vacaciones. En esos momentos todo lo murciano le parecía engañoso e irritante. Habíamos intercambiado los datos básicos previos en cualquier conversación con un desconocido: de dónde somos, cómo llegamos hasta aquí... -Ah, bueno, pero tú eres extremeño. Eres medio andaluz...-, eso lo escuché  aliviado. Y casi agradecido también: aquella señora acababa de perdonarme la vida.
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Pues no somos medio andaluces, mire usted. Aunque a mi no me puede ofender la confusión, porque tengo sangre andaluza, seguro que nazarí. Y aunque no la tuviera. Al fin y al cabo, querámoslo o no, tenemos muchas cosas en común. Hemos sido cocidos en la marmita de Al-Andalus, en donde el siroco africano nos ha dado color. Crecimos como el flamenco: desde un barrio de gitanos de Jerez hasta el confín del mundo, pasando por las minas de La Unión o  las ferias de Zafra o Fregenal.
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Extremadura no es, como muchos dicen, producto del "café con leche para todos". Nosotros hemos labrado, más bien, la tierra del "ni pan ni aceite para nadie".... Levantando la vista del surco sólo para ver acercarse una horda de soldados o de esbirros comandados por un jeque, un capitán leonés o un cacique terrateniente.  O un coche oficial, que es lo mismo para el caso. Jeque, alférez o cacique: todos venían a lo mismo. Todos querían lo mismo. Y lo siguen queriendo. Y lo siguen expoliando, aún hoy. A nosotros, que en gran parte no hemos conocido otra patria que nuehtro cacho e tierrina, o nuehtra majá. Ni más frontera que la inmensa besana. Ni queríamos otras armas que la segureja, la llegaera, el jocino y la cavaera.
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Nuestra vida, nuestra historia, ha estado y sigue estando obligada por la necesidad. La falta de horizonte alguno. La que empujó a muchos a marchar a América para buscar ventura. No todos fueron iguales, no todos fueron asesinos. No todos volvieron cargados de oro -a costa de exterminar a otros más inocentes aún-,  muchos sólo encontraron, simplemente, una tierra en donde podían vivir y comer. Y allí se quedaron, fundando sus familias mestizas. Los más, sólo sirvieron de mano de obra, trabajadora o guerrera, para que otros, de verdad, se enriquecieran sin tener que cruzar el Atlántico a costa de su sangre. La misma falta de futuro que nos empujó a ser marinos, trabajadores en una fábrica de Sabadell o de Münich, o soldados en mil guerras que nos importaban un pimiento.
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No somos crueles, ni toscos. Ni somos zafios, como muchos creen. Somos el resultado de la injusticia. Porque, por ejemplo, la Universidad nos llegó con cuatro siglos de retraso. Igual que las autovías, e igual que lo hará cualquier otra cosa que signifique promoción y desarrollo.  Pero no es culpa nuestra.
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Somos lo que somos. Y aunque apenas servimos -para muchos- más que como paradigma de lo atrasado y lo prescindible, sé que llegará otra era para Extremadura. No sé cómo diablos vamos a afrontar el reto, ni de dónde sacaremos luces para quitarnos la modorra que nos alimentan ellos, las garrapatas de siempre. Seguro estoy de que no nos dejarán, si pueden, levantar cabeza: está pasando ahora. Nuestros próceres son los primeros culpables. Pero de alguna manera esto cambiará. Sólo lamento que, por lo que me parece, no será tampoco mi generación quien lo haga. Pero lo harán nuestros hijos, estoy seguro. O nuestros nietos. Eso va a pasar.
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Pienso que es una deuda que tenemos pendiente.  Con Francisco de Zurbarán, Luis de Morales, Porrina de Badajoz, Ruy López, Muñoz Torrero, Eduardo Naranjo, Vasco Núñez de Balboa, Espronceda, Rosso de Luna, Luis Landero o Manuel Pecellín. Con Moreno Nieto, Meléndez Valdés, Manuel Pacheco...  También con Ibn Marwan y con los reyes Sapur y Abdalah Al-Aftas.

....Hay tajo, amigos.

Sobrevivir


Estoy escuchando un vinilo de los Travelling Wilburys , que anteayer quedó puesto en el plato. Y pensando arrobado en lo buenos que eran. Claro, que para eso eran quienes eran y podían ser tan buenos como les diera la gana. Juntos o por separado. Y viendo una vieja foto (la de arriba) de un no menos viejo equipo de baloncesto. Y al lado de los resultados de mi última toma de tensión arterial. Y notando aún los vestigios de mi pinzamiento lumbar. No, no estoy viejo. Pero el tiempo pasa. Lo suficiente como para haber notado, a estas horas ya, que no voy a ser Nobel de Literatura, ni premio nacional de Pintura ni de Fotografía. Ni jugaré en la NBA, creo. Pero inevitablemente pienso en la gente que sí lo ha conseguido. Triunfar. Ser grandes. Ser buenos.
La vida, me dicen y me digo, ajusta nuestros objetivos. Acaso nos pone por delante otros, no los soñados. Más terrenales. ¿Más fáciles? No, tampoco. Pero son otros, eso sí. Sobrevivir. Ser padre. Ser hijo. Ser esposo. Ser amigo. Ser cuerdo -a ratos-, ser honesto. Y repasar fotos viejas y sueños viejos. Soñar, otra vez, para que otros, a lo mejor mis hijos, sí hagan cumbre. O no. O acaso  los sueños tengan que sufrir también su reajuste. Y tengan que ser también aterrizados.
Pero la vida, claro que sí, bien cierto es que pasa. Y a pesar de los desengaños, a pesar de las sucesivas y obligadas tomas de conciencia -no logré ni lograré terminar mi carrera de Derecho, ninguno de mis cuadros se colgará en ningún lugar importante, ninguna de mis fotografías será recordada y celebrada, ninguno de mis escritos será tenido por bello ni apenas por bien redactado-  a pesar de todo eso, digo, me queda, nos debe quedar a todos, el goce de haber vivido y de seguir viviendo.
No seré letrado, pero disfrutaré de un ápice de cultura jurídica y filosófica que se me pegó un tanto a la piel, como la tizne junto a una chimenea. No me verán en el Prado ni en el Bellas Artes, pero gozaré -sin prisa y sin meta, por puro placer y cuando me apetezca- remojando otra vez en trementina mis endurecidos pinceles. No tendré un Pulitzer, pero me daré el gusto -también cuando quiera- de colgarme de nuevo mi cámara y mirar a través de ella. Por pura diversión. Mi nombre no estará nunca junto al de ningún literato, pero sé que aquí mismo, junto a mi teclado, están mis queridas y fieles estilográficas, dispuestas a tejer sobre el papel todo aquello que se les ocurra. Por la pura dicha de ver correr la tinta.
Por el placer de vivir. De seguir viviendo.


Publicado en mayo de 2013

Tarde en Higuera


A Higuera de Vargas nadie le compuso poemas, ni Chamizo ni Gabriel y Galán. Pero en su calle se dice la jacha y el jigo y la jiguera. -No, hombre, tan pronunciao no: se dice hacha y higo y higuera, pero no se dice como sehcribe. La hache no eh muda: eh ahpirá...- En la plaza del Toledillo dos abuelas echan la tarde mirando con ojos entornados, con complacencia un poco somnolienta, lo bien que se les están criando los nietos. Del llano, cuando viene el ábrego, llega el olor a agua. Si no lo hace, el secano es pobre como las ratas. El ábrego huele a Portugal, a América. Y cuando viene el aire del norte, el humo se agacha y baja las cuestas enredándose en las ramas de los alcornoques. Entonces huele a picón, que es un aroma picante y dulce, como un incienso que ha nacido de las encinas y de las manos negras de los piconeros.
Los toros de la dehesa dejan que el rocío perle su piel con gotas diminutas. Su aliento sale de los ollares blanco y espeso. Y la luna, que no quiere irse, es dorada como el pellejo de un atabal. Es la madrugada (Ki-kirikíiii...¡el gallo de Mampolín!)....
-Eso eh en invierno. En verano, se caen loh páharo de la caló. -Es que aquí no hay quien viva. -Y uhté qué, que eh un Jordi tamién... -¿Y qué es un Jordi? -Poh velahí, loh que se habían ío emigraoh y aluego güerven de vacacioneh.  Con suh muhere forahtera y suh hijoh criaoh fuera. Y yahtá, venga a decí jangás. Que si hace caló, que si aquí no hay de ná. Y mirando ar pueblo como con ahco, y con melindreh. Y que no se pué hacer ná... ¡Poh claro! mía que ponelse a hacel afoto a lah cuatrolatarde, con la que cae...  Que digo yo, que caló hará en suh piso, tan chiqueninoh, en lo arto una buitrera... Aquí, ya ve uhté, te poneh en er saguán, ahcuritah, al lao lah pilistrah, con er piche y yahtá. Bien frehquito que sehtá.-    Es verdad. En el Casino, el guardia retirado, el maestro y el ganadero se echan un chamelo. Las fichas se machacan contra la mesa, como si cada una llevara un triunfo final e inapelable. Antes, en el Casino, se despachaban los temas de la fábrica, de la Benéfica y del campo. Y los que podían llevaban una cadena con reloj prendida en el chaleco. O una cadena sin reloj, que las puntas no se ven si lo tienen o no.
El Coso mira con orgullo la ladera. Pero el Coso ya no debería ser tan orgulloso. Antes sí: cuando vivían en él los caballeros del Temple. Ahora sólo está para que a su lado se corran las vacas o se haga la feria. -Don Arcadio, sabeuhté, anteh daba una vaquilla pa loh mozoh, casi tó loh añoh... A loh mozoh ya no leh gusta hudiqueá con lah vacah, ni con ná...-  No. Ni se pinta en las paredes Vivan los quintos... -El cura de anteh era un sopenco. -Se dice zopenco. -Será sopenco, porque ar que parece un penco se le dice penco, que ereh un penco... -Ah, bueno, sí...¿y por qué era un penco?  -Ná! poh no se locurrió na máh que alicatá la torre con azulehoh blancoh! amo a vé, ¿ánde sa vihto eso?-
La iglesia sigue teniendo la torre alicatada de blanco y queda horroroso. Pero no hay que pintar, con lo alto que está, en eso tenía razón el hombre. Entré un poco y había otro cura. Pero el de ahora estaba echando un sermón contra los matrimonios gays que temblaba el misterio. Yo creo que el Señor de los Afligidos ese día estuvo más afligido todavía.
En Higuera, que era un lugar de sueño, en donde un caballero pensó que no había otro mejor para ser poblado, ahora el río Alcarrache pasa casi seco. Los hombres son sanos y saben de campo. Del descorche, de los cochinos y de la chacina. Hablan alto y ríen fuerte. La casa de la abuela se vende, nadie sabe de quién es ahora, pero han pintado en las jambas un número de teléfono que es de Madrid. A la Virgen de Loreto le han cantado misa los de aviación. Pero no han pasado los aviones a reacción, porque gastan mucho. Sólo unos soldados con fusiles (¡presenten armas!), que por lo visto son de fuera también, porque sudan la gota gorda y a lo mejor se desmaya alguno. -Eh que ahora ya naide aguanta ná. Al agüelo de uhté, de jovencino, una feria no loncontraban. -¿Y eso? -Endihpué de toa la noche no gorvía... -¿Y dónde estaba? -Pueh lo salieron a buhcá y sabeuhté andihtaba? -¿Dónde? -Pueh de güerta, sabía caío en una gabia der camino y ahí sabía queao. ¡A dormí de la mojca que traía! ¡Y tan contento quehtaba!
Me marcho. Como de costumbre, me pongo a enalbardar la moto. Y ahora miro al cementerio y al molino viejo.  A la cuesta de Táliga. Y a los niños que juegan a la picota. Ya no van a venir los portugueses a arrasar el pueblo. Ni los franceses. A lo mejor el trabajo ya está hecho y no hace falta más. O quizá es que no: quizá es así como hay que vivir. Apaciblemente. En invierno, con lumbre y vino recio. Y en verano, en el zaguán. Con el botijo o con una cerveza, al frescor de anchas paredes centenarias y bien enjalbegadas.

Ha muerto Landa. Clamo venganza



Falleció Landa, Alfredo Landa. Supongo que mañana mismo veremos lo que corresponde en estos tristes lances: caras tristes de sus familiares y de sus amigos y compañeros. Y escucharemos palabras de admiración y de recuerdo. Lo mereció así.
Pero temo que también escucharemos y leeremos reflexiones sobre su época y sobre su figura. O más bien, sobre su cine. Ya se sabe: ese prototipo de películas y de personajes que muchos afirmaron que les producía vergüenza ajena. Especialmente a partir de la segunda mitad de los años ochenta, un periodo convulso y afanado -en donde se sitúa la llamada Movida- que expresó su ansia de renovación y de libertad, dando lugar a una especie de explosión de creatividad, ganas de juerga y desinhibición. Cosa que me gusta y que aprecio. Pero es una época en la que muchos confundieron culo y témporas. Por ser rompedores, se decidió que había que romper con todo lo anterior. Incluso con lo que era verdaderamente bueno. Como el rock, que pasó de inmediato a ser oscuro, carca y antiguo. Y muchas bandas lo sintieron y aún hoy les duele, a pesar de que sigan dando buenos conciertos con la sesentena cumplida, mientras que aquellos grupitos musicales movidistas (salvemos a Radio Futura, antes de que alguien me lo casque) hoy son recordados como monos de feria, revestidos de hombreras y de plásticos, pero rabiosamente malos cuando cantaban o actuaban. Y por supuesto, desaparecidos en las primeras escaramuzas del combate.
Recuerdo bien cómo se vapuleó a Alfredo Landa y a todo lo que representaba. Aunque hay que reconocer que luego don Alfredo supo poner las cosas en su sitio y ganar los dos lados de la cancha con interpretaciones magistrales, como su Paco el Bajo en Los Santos Inocentes. Pero sí, se le atizó bien.
Yo, quiero que se me entienda, no voy a escribir aquí que todas aquellas películas, las del landismo, fueran de óscar, porque no. Pero uno tiene la sensación de que Landa nos puso en pantalla un par de cosas que, a lo mejor, es que simplemente no nos apetecía ver.
Una fue aquel español cazurro y orgulloso. El emigrante de boina calada y maleta de cartón. Machista. Terco. Un tipo bajito y salido, que soñaba con ser perseguido por suecas en bikini. Una versión. Cómica, pero una versión. O una visión.
La otra, la de Paco el Bajo, es más clara aún. Más desgarrada. Es el español -el extremeño, afinando más-  víctima del caciquismo feudal. De la injusticia más cruel e inhumana que se pueda concebir: la de las personas esclavizadas hasta ser tenidas por meras cosas. Tenidas en valor en función de su utilidad para el bien del amo.
Pero hoy, el día en que ha muerto Alfredo Landa, pues... aquí estoy. Leyendo la prensa. Viendo cómo nuestros gobernantes alaban el arrojo de los españoles que tienen que coger las maletas de su abuelo y marcharse también a Alemania. Y hasta los animan a hacerlo. Movilidad exterior la llaman, esos hijos de puta. Hoy, el día en que ha muerto Alfredo Landa, los diarios recogen el estado de cosas y de recomendaciones de las autoridades y expertos en economía. Eliminar el estatus de funcionario a todos, menos a los policías. Bajar aún más los sueldos de los trabajadores. Bajar las pensionesPlantar cara a las protestas contra los recortes en sanidad o educación. Y un largo etcétera.
La cuestión salta a la cara. ¿Somos tan distintos de esos personajes retratados por Landa, o seguimos creyendo que somos europeos con smarthphone, iPad y futuro....?
¿Tenemos que seguir siendo mansos y obtusamente abnegados como ese emigrante que, sin pan ni vida en su propio pueblo, tiene que marchar a la quinta puñeta para poder comer, pero que encima saca pecho y tira de orgullo cuando de España se habla...?
¿Tenemos que seguir esclavizados y dejar que tamb
ién esclavicen a nuestros hijos, a fuerza de negarles hasta su educación y su promoción...? ¿Tenemos?



Gorta Mór, el mildíu y los habanos de Rajoy


Pues aquí estoy. Esta vez, escribiendo para matar el hambre. Literalmente. Es que tengo que bajar peso. Sí: para controlar la tensión debo bajar peso. Para aliviar mis problemas de espalda debo bajar peso. Para estar más guapo (aún, ¿es posible?) debo bajar peso. Hasta fantaseé con los ojos cerrados, ajeno al rollo que me estaba contando mi asesor fiscal (-Si ahora me dice que la declaración de impuestos también saldrá mejor si bajo peso, me levanto y le arreo dos hostias...-).
Y resulta que los hidratos de carbono engordan una barbaridad. La pasta, el pan, el arroz... Las patatas.
Las patatas... Las blancas e inocentes patatas....
Hay que evitarlas. Pero no por hartura: lo que suele suceder cuando estamos ahítos de chuletón y dejamos las patatitas al lado, como si las hubieran puesto allí sólo de adorno. No. Evitarlas aunque las quieras. Aunque las necesites. Y es duro.
Como mi mente es caótica dentro de su orden, cada vez que veo patatas pienso en Macroeconomía. En los mercados.
Todo el mundo sabe que en Irlanda se produjo una gran hambruna (Gorta Mór, en irlandés) en el siglo XIX, a causa de la pérdida de la cosecha de patatas por culpa del tizón o mildiu, una enfermedad de la planta. La respuesta del gobierno fue... ninguna. ¿Os suena? Los pobres proletarios, para los cuales la patata no era el adorno del chuletón, sino un alimento básico que de repente cotizó a precio de joya, estaban expuestos al hambre. Resistieron meses gracias a la ayuda y a las reservas de sus propias familias. ¿Os va sonando esto?
Hay que decir que en las islas británicas se tenía una visión muy peyorativa de los irlandeses: eran sucios, vagos y corruptos, querían vivir del cuento. ¿Os sigue sonando? No solo eso. Además estaban obligados a pagar aranceles sobre alimentos que se podían producir dentro de sus fronteras. La razón no era otra que el beneficio de los propietarios de tierras, explotaciones o negocios de correduría o comercio, a menudo parlamentarios u otros gobernantes. ¿Suena todo, verdad?
Las reservas se terminaron. Pero los líderes preclaros de la nación, como John Russell, secretario del tesoro -algo así como el presidente del banco central de nuestros días-  eran ciegos seguidores de un tal Adam Smith y creían con ceguera en la sabiduría de los mercados. Esto, o lo arregla el mercado o no lo arregla ni Dios. Los gobiernos no estamos para dar de comer a nadie, ni para generar empleo, ni para bajar los precios... (¿para qué cojones están los políticos entonces?)...  Lo que tienen que hacer estos pobretos es levantarse, ponerse a trabajar y así se soluciona todo. Pero claro: no había cosecha que sembrar ni que recoger. Ni aunque la hubiera: para trabajar hay que estar sano y alimentado. Todo esto, supongo, os seguirá sonando.
No hay problema. Los lumbreras del mercadismo tienen respuesta para todo. La escasez de recursos, la crisis, la hambruna y hasta la propia muerte, son también mecanismos del mercado para su regulación. Hasta la propia población, que diría Malthus. Si son pobres, dos familias no vivirán en dos casas, sino en una. Y si aun así no les cuadran sus cuentas, incluso follarán menos y tendrán menos hijos, porque no podrán alimentarlos. El mercado es sabio. El mercado es dios. Si nada de esto os suena, es que no sóis dignos lectores de Pincel&Pixel.
Mientras en Francia refinaban la crema inventada unos años antes por Parmentier, en Irlanda no había patatas ni para una tortilla y moría medio millón de personas y otros dos millones tenían que emigrar para buscarse la vida (a partir de ahora, ya no diré más si os suena o no. Está tan claro que lo dejo ahí...)
Mientras la clase política británica seguía en sus trece (¿convicción política o mero interés egoísta y criminal?), en las calles ya iban pasando cosas. Altercados, descontento, desconfianza. De esto salimos, si no este año, el que viene, les vendrían a decir sus próceres, mientras esperaban mejores datos macroeconómicos sentados sobre una pila de sobres con dinero negro y fumando habanos. E irritados, porque a la gente, inexplicablemente, le estaba entrando ganas de ir, precisamente a Francia, y hacer un pedido de guillotinas. Y además, el colmo: ganas de hacerse aún más nacionalistas y mandar a tomar por culo a Su Graciosa Majestad.
Pero no. Es que no saben. El mercado funciona cuando las cosas van bien. Cuando no van bien, se limita a explicar que esto es un ciclo en su fase negativa. Y claro, hombre, en fase negativa no vayáis a querer que todo sea de color rosa. Ahora eso sí: esperad un lustro o dos y ya veréis. Ya veréis cómo todo vuelve a funcionar y el mercado otra vez tendrá razón.
¿Lo de los muertos de hambre, suicidados, desplazados o presos por altercados?.... Mecanismos del mercado. Mecanismos. Porque es sabio y se sabe autorregular.
Mis patatas. Mis queridas patatas. Riojanas, con su chorizo, su cebolleta, su chorrito de aceite y su golpe de pimentón de la Vera. Con bacalao. Fritas con huevos rotos . Con vinagreta,  huevo duro y judías verdes....
O más acorde con nuestro tiempo: con ellas mismas. Patatas a lo pobre.

Publicado en mayo de 2013