sábado, 16 de febrero de 2019

Tiempo de setas


Macrolepiota procera  (Maza de Tambor)  Foto: Sociedad Micológica Extremeña

Las primeras lluvias del otoño han venido en cuerdas jugosas y rizadas. Hemos olido ya los primeros vapores de la tierra humedecida. Espero que llueva más.
Cuando viajamos a Monpazier, eso fue este verano, la noche nos llegó en carretera. El Perigord es más verde que Extremadura, y sus prados se siegan continuamente. No da tiempo a recoger las alpacas enrolladas: bajo ellas vuelve a crecer la hierba. La tierra es blanda como una moqueta. La noche, sí, bajó como un telón hasta las tablas. Y las candilejas del cielo quedaron brillando.
Interrumpí a Mercedes -siempre la interrumpo por cualquier cosa- para que sacásemos la cabeza por las ventanillas. Al caer el sol se había apropiado del campo un frescor inaudito. Como el aliento de un océano. Como el alma de un pozo. Había que respirar aquel aire. Daban ganas de parar.
Pero el campo, el aire, estaba tomado además por una presencia nueva y a la vez conocida. Algo que recordaba aún más a la propia tierra, como si el suelo se hubiera abierto como una granada, y hubieran quedado al descubierto sus entrañas: las raíces, el agua, cada filón de piedra, cada estrato de creta y de arcilla. Enseguida identificamos ese perfume. El aire, el campo, olía a trufa. Olía intensamente, frescamente, embriagadoramente a trufa negra.
Nos quedó bien claro que así era cuando la vieja bodeguera nos ofreció una cata de sus vinos. Estaban ricos, pero no eran únicos. Salvo uno: de una pequeña nevera sacó una botella y bebimos. Era un vino clarete, quizá no muy importante. Pero había sido afortunado. La mujer lo seleccionó para macerar en él durante unos meses unas láminas de trufa que luego había retirado. El efecto era increíble. Queríamos más, pero no quiso venderlo, la puñetera. C´est un cadeau. Juste pour prouver.
Ahora vendrán de nuevo, aquí también. En nuestro campo. Y el perfume de la noche, sólo hay que abandonar un rato las duras alfombras de asfalto, volverá a ser distinto. Hay que tener paciencia y dejar que la oscuridad te pille en el campo, o en el monte.
El corral de brujas volverá a bailar en torno a una encina. Las mazas de tambor surgirán como de la nada. Y las amenazantes lepiotas, blancas entre la hierba. Un boleto levantará la capa de agujas de pino. Mil caballeros templarios cabalgarán juntos, al borde de una vereda. Las trompetas de los muertos se alzarán como en Jericó. Del suelo brotará, envuelto en arena y desperezándose, el terroso gurumelo. Y de un tronco la oreja de Judas, que en verdad hace parecer que el árbol quiera escucharte.
El perfume de los hongos hace que el campo huela como el especiero de un chef. Pisar el suelo tierno y húmedo, apartar las hojas descompuestas ya de un alcornoque, encontrar el regio, el edulis o el fragans que son como panecillos bien horneados. El aromático cantharellus. Admirar a la bellísima cesárea. Y a la verna, su hermana albina. Igual de elegantes, igual de fatales. Disfrutar un poco de la dehesa, cuando ya el calor no nos lo hace imposible.
Un placer. Que se puede rematar poniendo la recolecta sobre las brasas, o en láminas marinadas con aceite de oliva. Pero con cuidado. Al fin y al cabo, como dicen los expertos, todas las setas se comen. Pero algunas, sólo una vez.

Publicado en octubre de 2011

Ehtremeñoh

A orillas del Mar Menor, una señora malagueña cargada de oro como un galeón se me quejaba de su veraneo. Ni su habitación, ni la comida del hotel la satisfacía, sobre todo teniendo en cuenta "el perral" que le estaban costando sus vacaciones. En esos momentos todo lo murciano le parecía engañoso e irritante. Habíamos intercambiado los datos básicos previos en cualquier conversación con un desconocido: de dónde somos, cómo llegamos hasta aquí... -Ah, bueno, pero tú eres extremeño. Eres medio andaluz...-, eso lo escuché  aliviado. Y casi agradecido también: aquella señora acababa de perdonarme la vida.
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Pues no somos medio andaluces, mire usted. Aunque a mi no me puede ofender la confusión, porque tengo sangre andaluza, seguro que nazarí. Y aunque no la tuviera. Al fin y al cabo, querámoslo o no, tenemos muchas cosas en común. Hemos sido cocidos en la marmita de Al-Andalus, en donde el siroco africano nos ha dado color. Crecimos como el flamenco: desde un barrio de gitanos de Jerez hasta el confín del mundo, pasando por las minas de La Unión o  las ferias de Zafra o Fregenal.
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Extremadura no es, como muchos dicen, producto del "café con leche para todos". Nosotros hemos labrado, más bien, la tierra del "ni pan ni aceite para nadie".... Levantando la vista del surco sólo para ver acercarse una horda de soldados o de esbirros comandados por un jeque, un capitán leonés o un cacique terrateniente.  O un coche oficial, que es lo mismo para el caso. Jeque, alférez o cacique: todos venían a lo mismo. Todos querían lo mismo. Y lo siguen queriendo. Y lo siguen expoliando, aún hoy. A nosotros, que en gran parte no hemos conocido otra patria que nuehtro cacho e tierrina, o nuehtra majá. Ni más frontera que la inmensa besana. Ni queríamos otras armas que la segureja, la llegaera, el jocino y la cavaera.
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Nuestra vida, nuestra historia, ha estado y sigue estando obligada por la necesidad. La falta de horizonte alguno. La que empujó a muchos a marchar a América para buscar ventura. No todos fueron iguales, no todos fueron asesinos. No todos volvieron cargados de oro -a costa de exterminar a otros más inocentes aún-,  muchos sólo encontraron, simplemente, una tierra en donde podían vivir y comer. Y allí se quedaron, fundando sus familias mestizas. Los más, sólo sirvieron de mano de obra, trabajadora o guerrera, para que otros, de verdad, se enriquecieran sin tener que cruzar el Atlántico a costa de su sangre. La misma falta de futuro que nos empujó a ser marinos, trabajadores en una fábrica de Sabadell o de Münich, o soldados en mil guerras que nos importaban un pimiento.
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No somos crueles, ni toscos. Ni somos zafios, como muchos creen. Somos el resultado de la injusticia. Porque, por ejemplo, la Universidad nos llegó con cuatro siglos de retraso. Igual que las autovías, e igual que lo hará cualquier otra cosa que signifique promoción y desarrollo.  Pero no es culpa nuestra.
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Somos lo que somos. Y aunque apenas servimos -para muchos- más que como paradigma de lo atrasado y lo prescindible, sé que llegará otra era para Extremadura. No sé cómo diablos vamos a afrontar el reto, ni de dónde sacaremos luces para quitarnos la modorra que nos alimentan ellos, las garrapatas de siempre. Seguro estoy de que no nos dejarán, si pueden, levantar cabeza: está pasando ahora. Nuestros próceres son los primeros culpables. Pero de alguna manera esto cambiará. Sólo lamento que, por lo que me parece, no será tampoco mi generación quien lo haga. Pero lo harán nuestros hijos, estoy seguro. O nuestros nietos. Eso va a pasar.
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Pienso que es una deuda que tenemos pendiente.  Con Francisco de Zurbarán, Luis de Morales, Porrina de Badajoz, Ruy López, Muñoz Torrero, Eduardo Naranjo, Vasco Núñez de Balboa, Espronceda, Rosso de Luna, Luis Landero o Manuel Pecellín. Con Moreno Nieto, Meléndez Valdés, Manuel Pacheco...  También con Ibn Marwan y con los reyes Sapur y Abdalah Al-Aftas.

....Hay tajo, amigos.

Sobrevivir


Estoy escuchando un vinilo de los Travelling Wilburys , que anteayer quedó puesto en el plato. Y pensando arrobado en lo buenos que eran. Claro, que para eso eran quienes eran y podían ser tan buenos como les diera la gana. Juntos o por separado. Y viendo una vieja foto (la de arriba) de un no menos viejo equipo de baloncesto. Y al lado de los resultados de mi última toma de tensión arterial. Y notando aún los vestigios de mi pinzamiento lumbar. No, no estoy viejo. Pero el tiempo pasa. Lo suficiente como para haber notado, a estas horas ya, que no voy a ser Nobel de Literatura, ni premio nacional de Pintura ni de Fotografía. Ni jugaré en la NBA, creo. Pero inevitablemente pienso en la gente que sí lo ha conseguido. Triunfar. Ser grandes. Ser buenos.
La vida, me dicen y me digo, ajusta nuestros objetivos. Acaso nos pone por delante otros, no los soñados. Más terrenales. ¿Más fáciles? No, tampoco. Pero son otros, eso sí. Sobrevivir. Ser padre. Ser hijo. Ser esposo. Ser amigo. Ser cuerdo -a ratos-, ser honesto. Y repasar fotos viejas y sueños viejos. Soñar, otra vez, para que otros, a lo mejor mis hijos, sí hagan cumbre. O no. O acaso  los sueños tengan que sufrir también su reajuste. Y tengan que ser también aterrizados.
Pero la vida, claro que sí, bien cierto es que pasa. Y a pesar de los desengaños, a pesar de las sucesivas y obligadas tomas de conciencia -no logré ni lograré terminar mi carrera de Derecho, ninguno de mis cuadros se colgará en ningún lugar importante, ninguna de mis fotografías será recordada y celebrada, ninguno de mis escritos será tenido por bello ni apenas por bien redactado-  a pesar de todo eso, digo, me queda, nos debe quedar a todos, el goce de haber vivido y de seguir viviendo.
No seré letrado, pero disfrutaré de un ápice de cultura jurídica y filosófica que se me pegó un tanto a la piel, como la tizne junto a una chimenea. No me verán en el Prado ni en el Bellas Artes, pero gozaré -sin prisa y sin meta, por puro placer y cuando me apetezca- remojando otra vez en trementina mis endurecidos pinceles. No tendré un Pulitzer, pero me daré el gusto -también cuando quiera- de colgarme de nuevo mi cámara y mirar a través de ella. Por pura diversión. Mi nombre no estará nunca junto al de ningún literato, pero sé que aquí mismo, junto a mi teclado, están mis queridas y fieles estilográficas, dispuestas a tejer sobre el papel todo aquello que se les ocurra. Por la pura dicha de ver correr la tinta.
Por el placer de vivir. De seguir viviendo.


Publicado en mayo de 2013

Tarde en Higuera


A Higuera de Vargas nadie le compuso poemas, ni Chamizo ni Gabriel y Galán. Pero en su calle se dice la jacha y el jigo y la jiguera. -No, hombre, tan pronunciao no: se dice hacha y higo y higuera, pero no se dice como sehcribe. La hache no eh muda: eh ahpirá...- En la plaza del Toledillo dos abuelas echan la tarde mirando con ojos entornados, con complacencia un poco somnolienta, lo bien que se les están criando los nietos. Del llano, cuando viene el ábrego, llega el olor a agua. Si no lo hace, el secano es pobre como las ratas. El ábrego huele a Portugal, a América. Y cuando viene el aire del norte, el humo se agacha y baja las cuestas enredándose en las ramas de los alcornoques. Entonces huele a picón, que es un aroma picante y dulce, como un incienso que ha nacido de las encinas y de las manos negras de los piconeros.
Los toros de la dehesa dejan que el rocío perle su piel con gotas diminutas. Su aliento sale de los ollares blanco y espeso. Y la luna, que no quiere irse, es dorada como el pellejo de un atabal. Es la madrugada (Ki-kirikíiii...¡el gallo de Mampolín!)....
-Eso eh en invierno. En verano, se caen loh páharo de la caló. -Es que aquí no hay quien viva. -Y uhté qué, que eh un Jordi tamién... -¿Y qué es un Jordi? -Poh velahí, loh que se habían ío emigraoh y aluego güerven de vacacioneh.  Con suh muhere forahtera y suh hijoh criaoh fuera. Y yahtá, venga a decí jangás. Que si hace caló, que si aquí no hay de ná. Y mirando ar pueblo como con ahco, y con melindreh. Y que no se pué hacer ná... ¡Poh claro! mía que ponelse a hacel afoto a lah cuatrolatarde, con la que cae...  Que digo yo, que caló hará en suh piso, tan chiqueninoh, en lo arto una buitrera... Aquí, ya ve uhté, te poneh en er saguán, ahcuritah, al lao lah pilistrah, con er piche y yahtá. Bien frehquito que sehtá.-    Es verdad. En el Casino, el guardia retirado, el maestro y el ganadero se echan un chamelo. Las fichas se machacan contra la mesa, como si cada una llevara un triunfo final e inapelable. Antes, en el Casino, se despachaban los temas de la fábrica, de la Benéfica y del campo. Y los que podían llevaban una cadena con reloj prendida en el chaleco. O una cadena sin reloj, que las puntas no se ven si lo tienen o no.
El Coso mira con orgullo la ladera. Pero el Coso ya no debería ser tan orgulloso. Antes sí: cuando vivían en él los caballeros del Temple. Ahora sólo está para que a su lado se corran las vacas o se haga la feria. -Don Arcadio, sabeuhté, anteh daba una vaquilla pa loh mozoh, casi tó loh añoh... A loh mozoh ya no leh gusta hudiqueá con lah vacah, ni con ná...-  No. Ni se pinta en las paredes Vivan los quintos... -El cura de anteh era un sopenco. -Se dice zopenco. -Será sopenco, porque ar que parece un penco se le dice penco, que ereh un penco... -Ah, bueno, sí...¿y por qué era un penco?  -Ná! poh no se locurrió na máh que alicatá la torre con azulehoh blancoh! amo a vé, ¿ánde sa vihto eso?-
La iglesia sigue teniendo la torre alicatada de blanco y queda horroroso. Pero no hay que pintar, con lo alto que está, en eso tenía razón el hombre. Entré un poco y había otro cura. Pero el de ahora estaba echando un sermón contra los matrimonios gays que temblaba el misterio. Yo creo que el Señor de los Afligidos ese día estuvo más afligido todavía.
En Higuera, que era un lugar de sueño, en donde un caballero pensó que no había otro mejor para ser poblado, ahora el río Alcarrache pasa casi seco. Los hombres son sanos y saben de campo. Del descorche, de los cochinos y de la chacina. Hablan alto y ríen fuerte. La casa de la abuela se vende, nadie sabe de quién es ahora, pero han pintado en las jambas un número de teléfono que es de Madrid. A la Virgen de Loreto le han cantado misa los de aviación. Pero no han pasado los aviones a reacción, porque gastan mucho. Sólo unos soldados con fusiles (¡presenten armas!), que por lo visto son de fuera también, porque sudan la gota gorda y a lo mejor se desmaya alguno. -Eh que ahora ya naide aguanta ná. Al agüelo de uhté, de jovencino, una feria no loncontraban. -¿Y eso? -Endihpué de toa la noche no gorvía... -¿Y dónde estaba? -Pueh lo salieron a buhcá y sabeuhté andihtaba? -¿Dónde? -Pueh de güerta, sabía caío en una gabia der camino y ahí sabía queao. ¡A dormí de la mojca que traía! ¡Y tan contento quehtaba!
Me marcho. Como de costumbre, me pongo a enalbardar la moto. Y ahora miro al cementerio y al molino viejo.  A la cuesta de Táliga. Y a los niños que juegan a la picota. Ya no van a venir los portugueses a arrasar el pueblo. Ni los franceses. A lo mejor el trabajo ya está hecho y no hace falta más. O quizá es que no: quizá es así como hay que vivir. Apaciblemente. En invierno, con lumbre y vino recio. Y en verano, en el zaguán. Con el botijo o con una cerveza, al frescor de anchas paredes centenarias y bien enjalbegadas.

Ha muerto Landa. Clamo venganza



Falleció Landa, Alfredo Landa. Supongo que mañana mismo veremos lo que corresponde en estos tristes lances: caras tristes de sus familiares y de sus amigos y compañeros. Y escucharemos palabras de admiración y de recuerdo. Lo mereció así.
Pero temo que también escucharemos y leeremos reflexiones sobre su época y sobre su figura. O más bien, sobre su cine. Ya se sabe: ese prototipo de películas y de personajes que muchos afirmaron que les producía vergüenza ajena. Especialmente a partir de la segunda mitad de los años ochenta, un periodo convulso y afanado -en donde se sitúa la llamada Movida- que expresó su ansia de renovación y de libertad, dando lugar a una especie de explosión de creatividad, ganas de juerga y desinhibición. Cosa que me gusta y que aprecio. Pero es una época en la que muchos confundieron culo y témporas. Por ser rompedores, se decidió que había que romper con todo lo anterior. Incluso con lo que era verdaderamente bueno. Como el rock, que pasó de inmediato a ser oscuro, carca y antiguo. Y muchas bandas lo sintieron y aún hoy les duele, a pesar de que sigan dando buenos conciertos con la sesentena cumplida, mientras que aquellos grupitos musicales movidistas (salvemos a Radio Futura, antes de que alguien me lo casque) hoy son recordados como monos de feria, revestidos de hombreras y de plásticos, pero rabiosamente malos cuando cantaban o actuaban. Y por supuesto, desaparecidos en las primeras escaramuzas del combate.
Recuerdo bien cómo se vapuleó a Alfredo Landa y a todo lo que representaba. Aunque hay que reconocer que luego don Alfredo supo poner las cosas en su sitio y ganar los dos lados de la cancha con interpretaciones magistrales, como su Paco el Bajo en Los Santos Inocentes. Pero sí, se le atizó bien.
Yo, quiero que se me entienda, no voy a escribir aquí que todas aquellas películas, las del landismo, fueran de óscar, porque no. Pero uno tiene la sensación de que Landa nos puso en pantalla un par de cosas que, a lo mejor, es que simplemente no nos apetecía ver.
Una fue aquel español cazurro y orgulloso. El emigrante de boina calada y maleta de cartón. Machista. Terco. Un tipo bajito y salido, que soñaba con ser perseguido por suecas en bikini. Una versión. Cómica, pero una versión. O una visión.
La otra, la de Paco el Bajo, es más clara aún. Más desgarrada. Es el español -el extremeño, afinando más-  víctima del caciquismo feudal. De la injusticia más cruel e inhumana que se pueda concebir: la de las personas esclavizadas hasta ser tenidas por meras cosas. Tenidas en valor en función de su utilidad para el bien del amo.
Pero hoy, el día en que ha muerto Alfredo Landa, pues... aquí estoy. Leyendo la prensa. Viendo cómo nuestros gobernantes alaban el arrojo de los españoles que tienen que coger las maletas de su abuelo y marcharse también a Alemania. Y hasta los animan a hacerlo. Movilidad exterior la llaman, esos hijos de puta. Hoy, el día en que ha muerto Alfredo Landa, los diarios recogen el estado de cosas y de recomendaciones de las autoridades y expertos en economía. Eliminar el estatus de funcionario a todos, menos a los policías. Bajar aún más los sueldos de los trabajadores. Bajar las pensionesPlantar cara a las protestas contra los recortes en sanidad o educación. Y un largo etcétera.
La cuestión salta a la cara. ¿Somos tan distintos de esos personajes retratados por Landa, o seguimos creyendo que somos europeos con smarthphone, iPad y futuro....?
¿Tenemos que seguir siendo mansos y obtusamente abnegados como ese emigrante que, sin pan ni vida en su propio pueblo, tiene que marchar a la quinta puñeta para poder comer, pero que encima saca pecho y tira de orgullo cuando de España se habla...?
¿Tenemos que seguir esclavizados y dejar que tamb
ién esclavicen a nuestros hijos, a fuerza de negarles hasta su educación y su promoción...? ¿Tenemos?



Gorta Mór, el mildíu y los habanos de Rajoy


Pues aquí estoy. Esta vez, escribiendo para matar el hambre. Literalmente. Es que tengo que bajar peso. Sí: para controlar la tensión debo bajar peso. Para aliviar mis problemas de espalda debo bajar peso. Para estar más guapo (aún, ¿es posible?) debo bajar peso. Hasta fantaseé con los ojos cerrados, ajeno al rollo que me estaba contando mi asesor fiscal (-Si ahora me dice que la declaración de impuestos también saldrá mejor si bajo peso, me levanto y le arreo dos hostias...-).
Y resulta que los hidratos de carbono engordan una barbaridad. La pasta, el pan, el arroz... Las patatas.
Las patatas... Las blancas e inocentes patatas....
Hay que evitarlas. Pero no por hartura: lo que suele suceder cuando estamos ahítos de chuletón y dejamos las patatitas al lado, como si las hubieran puesto allí sólo de adorno. No. Evitarlas aunque las quieras. Aunque las necesites. Y es duro.
Como mi mente es caótica dentro de su orden, cada vez que veo patatas pienso en Macroeconomía. En los mercados.
Todo el mundo sabe que en Irlanda se produjo una gran hambruna (Gorta Mór, en irlandés) en el siglo XIX, a causa de la pérdida de la cosecha de patatas por culpa del tizón o mildiu, una enfermedad de la planta. La respuesta del gobierno fue... ninguna. ¿Os suena? Los pobres proletarios, para los cuales la patata no era el adorno del chuletón, sino un alimento básico que de repente cotizó a precio de joya, estaban expuestos al hambre. Resistieron meses gracias a la ayuda y a las reservas de sus propias familias. ¿Os va sonando esto?
Hay que decir que en las islas británicas se tenía una visión muy peyorativa de los irlandeses: eran sucios, vagos y corruptos, querían vivir del cuento. ¿Os sigue sonando? No solo eso. Además estaban obligados a pagar aranceles sobre alimentos que se podían producir dentro de sus fronteras. La razón no era otra que el beneficio de los propietarios de tierras, explotaciones o negocios de correduría o comercio, a menudo parlamentarios u otros gobernantes. ¿Suena todo, verdad?
Las reservas se terminaron. Pero los líderes preclaros de la nación, como John Russell, secretario del tesoro -algo así como el presidente del banco central de nuestros días-  eran ciegos seguidores de un tal Adam Smith y creían con ceguera en la sabiduría de los mercados. Esto, o lo arregla el mercado o no lo arregla ni Dios. Los gobiernos no estamos para dar de comer a nadie, ni para generar empleo, ni para bajar los precios... (¿para qué cojones están los políticos entonces?)...  Lo que tienen que hacer estos pobretos es levantarse, ponerse a trabajar y así se soluciona todo. Pero claro: no había cosecha que sembrar ni que recoger. Ni aunque la hubiera: para trabajar hay que estar sano y alimentado. Todo esto, supongo, os seguirá sonando.
No hay problema. Los lumbreras del mercadismo tienen respuesta para todo. La escasez de recursos, la crisis, la hambruna y hasta la propia muerte, son también mecanismos del mercado para su regulación. Hasta la propia población, que diría Malthus. Si son pobres, dos familias no vivirán en dos casas, sino en una. Y si aun así no les cuadran sus cuentas, incluso follarán menos y tendrán menos hijos, porque no podrán alimentarlos. El mercado es sabio. El mercado es dios. Si nada de esto os suena, es que no sóis dignos lectores de Pincel&Pixel.
Mientras en Francia refinaban la crema inventada unos años antes por Parmentier, en Irlanda no había patatas ni para una tortilla y moría medio millón de personas y otros dos millones tenían que emigrar para buscarse la vida (a partir de ahora, ya no diré más si os suena o no. Está tan claro que lo dejo ahí...)
Mientras la clase política británica seguía en sus trece (¿convicción política o mero interés egoísta y criminal?), en las calles ya iban pasando cosas. Altercados, descontento, desconfianza. De esto salimos, si no este año, el que viene, les vendrían a decir sus próceres, mientras esperaban mejores datos macroeconómicos sentados sobre una pila de sobres con dinero negro y fumando habanos. E irritados, porque a la gente, inexplicablemente, le estaba entrando ganas de ir, precisamente a Francia, y hacer un pedido de guillotinas. Y además, el colmo: ganas de hacerse aún más nacionalistas y mandar a tomar por culo a Su Graciosa Majestad.
Pero no. Es que no saben. El mercado funciona cuando las cosas van bien. Cuando no van bien, se limita a explicar que esto es un ciclo en su fase negativa. Y claro, hombre, en fase negativa no vayáis a querer que todo sea de color rosa. Ahora eso sí: esperad un lustro o dos y ya veréis. Ya veréis cómo todo vuelve a funcionar y el mercado otra vez tendrá razón.
¿Lo de los muertos de hambre, suicidados, desplazados o presos por altercados?.... Mecanismos del mercado. Mecanismos. Porque es sabio y se sabe autorregular.
Mis patatas. Mis queridas patatas. Riojanas, con su chorizo, su cebolleta, su chorrito de aceite y su golpe de pimentón de la Vera. Con bacalao. Fritas con huevos rotos . Con vinagreta,  huevo duro y judías verdes....
O más acorde con nuestro tiempo: con ellas mismas. Patatas a lo pobre.

Publicado en mayo de 2013

Casa Benito, mi Gimson y yo

Fui muy precoz:  aprendí a montar en bici con tres años y medio. A mi me pareció, recuerdo, de lo más normal. Pero a todos los vecinos de mi calle les sorprendía ver a un chiquinino corriendo, "rápido como Ocaña", habiéndo ya quitado los ruedines de la bicicleta, esos que otros niños llevaban durante mucho tiempo hasta que se atrevían a quitar primero uno, luego otro.
La bicicleta. El sueño dorado. Comprar una bicicleta era un acontecimiento. Una bicicleta se podía comprar a plazos, como hoy un coche. Porque la bicicleta era el medio normal de transporte de muchos de los hombres que en mi barrio tenían que salir, bien temprano, camino de su trabajo. Las bicicletas "de hombre" eran grandes cabalgaduras "de barra", fabricadas con tubo de acero bien lacado en colores gris o verde o rojo. Con su faro delantero de visera cromada, alimentado por dinamo. Con su asiento de cuero y hasta su cartera -de cuero también-  que colgaba tras aquel, para transportar alguna herramienta de mano. Cada bicicleta solía ir equipada con dos grandes aguaderas de caucho que nos decían sin dudar el oficio de su propietario. Así el albañil llevaba en ellas un badil, una llana, una plomada... El fontanero, una llave de grifa, una madeja de estopa, una lamparilla... Y todos volvían tras la jornada en una procesión de vehículos orgullosos, elegantes, que se desplazaban con pedaladas muy lentas que, sin embargo, rendían al máximo ganando metros a cada impulso.
La bici también era el mejor regalo de Reyes. Y cuando un niño era llevado a Casa Benito, en la calle Zurbarán, era como si lo transportaran a la antesala del cielo. El olor a neumático era embriagador. Y un sueño ver tantas bicicletas colgando del techo, relucientes. Abajo, bajo el mostrador de madera y vidrio, latas de parches y disolución, sillines, manetas.  En las paredes, más llantas plateadas y cubiertas nuevas.
Casa Benito era un lugar único. De hecho era único literalmente: no había nadie más que vendiera bicicletas. Orbea, BH, Gimson, Derbi, Torrot.  Algo extraordinario. Tanto como que llegaran a tener más de sesenta bicicletas en alquiler (¿creíais que era un invento de ahora?), como luego tuvieron ciclomotores Guzzi y finalmente Vespinos, tambien a renta.
Yo tuve la suerte de poseer una bellísima Gimson de bastidor rojo rubí, con frenos de varilla, dinamo, pilotos y un timbre reluciente y grande como el de la recepción de un hotel. No levantaba medio metro del suelo, pero me parecía una máquina maravillosa. Y lo era.
Ahora, cuando para lamentar la crisis y augurar que irá a peor decimos que "pronto nos veremos otra vez en bici",  uno piensa que eso que ahora se dice como una maldición, antes, no hace tanto, era un sueño y un lujo.
Una bicicleta. Para desplazarse. Para divertirnos. Para vivir aventuras con una pandilla de amigos.  Mi Gimson, una bolsa de nueces y castañas. Y buscar el camino a Fuente Caballeros. La dicha total.

(foto Cienmotos.com)

Telena


Vengo de Telena. Me costó encontrarla, pero la vi. O más bien, paseé por encima de su solar. No queda nada de Telena. Telena es el fantasma de un pueblo. Es un pueblo que ya no existe, porque fue destruído en 1640. Otros pueblos fueron también destruídos, o a lo largo de su historia fueron renovados, o crecieron, o vieron cómo a su alrededor brotaban murallas nuevas para luego ser otra vez derribadas, o quién sabe qué...  Pero subsistieron y siguen ahí para contarlo.  Y sus muros y sus tejados, y cada una de sus fuentes y sus torres persisten frente al tiempo, mientras a sus pies continúan sucediéndose generaciones de hombres y de mujeres.
Cuando Telena cayó, fue para no levantarse más. Su historia tuvo un punto final y a mi me seducía saber dónde estaba. Acaso imaginar cómo se vivía allí, a orillas del Guadiana. No me interesaban sus anales militares -tuvo un hornabeque que la rodeaba y muchas escaramuzas haciendo frente a los portugueses-, sino que me atraía la posibilidad de encontrar algún rastro, siempre los busco en lugares abandonados, de quienes allí estuvieron.  Cada pueblo tiene un alma, creo yo, y quizá la de Telena pudiera estar allí todavía.
El camino hacia el Guadiana ya no era recto, como antaño, cuando me bañé en Benavides con Portugal en la otra orilla. Ahora enormes tablas de secano se alternaban con maizales y nogaleras, que me cegaban cada vuelta del sendero. Una instalación fotovoltáica se ha adueñado del solar que se le ha antojado, obligando a un enorme rodeo, pero quería seguir porque el río respiraba tras la alameda, como llamándome. Telena ya no está. Sólo queda una meseta alta, testigo de su perfil, formada por el polvo de sus casas y murallas, como la tumba de un gigante que sepulta todo resto suyo, sea cual sea. Y sobre ella, pedazos de algún viejo torreón, unas pitas ya espigadas, una palmera, la boca cuadrada y negra de un aljibe cuyo fondo no se ve.  Y me pareció que tantas cavilaciones y esa poquita de melancolía le tendrían que parecer ridículas a los capataces de finca que vigilan la presión de los motores del agua, y a los ciclistas con sus bicis de monte y sus ropas fluorescentes, que pasan mirando desde lejos a un tipo que allí, sobre aquel cerrillo tan raro, coge ladrillos del suelo y hace fotografías a las piedras.