sábado, 16 de febrero de 2019

El Greco


Sesenta mil personas marchan a Madrid para pedir pan, techo y trabajo. No estoy orgulloso: en lugar de ir también, me fui a Toledo para ver la del Greco y comer carcamusa.
-Hizo usted muy bien. Ahora mismo hablan de carreras y cargas entre antidisturbios y manifestantes.
-Ya, pero creo que debería haber estado allí. Corriendo también.
-¿Es que es usted un radical violento?
-No. ¿Por? ¿tengo cara de policía de permiso?....

El cristo sufriente del Expolio sufre con paciencia el mal trago. Los guardias romanos lo maniatan y se quedan con sus ropas. Pero no se sabe para qué: para un oficial romano, una túnica color geranio brillante es muy poco ponible.
-El cuadrito es una verdadera maravilla.
-Sí que lo es.
Lo creo, pero sospecho que el modelo de expoliado que no protesta ni dice ni pío aunque lo maten es recurrente y deseado para según qué ralea en este país.

El señor del tiempo dijo que llovería, pero hace un sol imponente y en la cola, una hora a lo largo de un muro de granito reverberante, nos tapamos de él con gorros de agua impermeables que nos cuecen los sesos. Una hora de cola da para muchas conversaciones.

-Dicen que se muere Suárez.
-Sí, lástima. Era un buen hombre, creo. Y un estadista.
-Un trepa, es lo que era. Un franquista reconvertido en demócrata.
-Hombre, pero gracias a él...
-Nada de nada. ¡Un chaquetero! Y un oportunista.
-Pero es mejor ser falangista y convertirse en demócrata que nacer de izquierdas y convertirse en consejero de una petrolera.
-Eso no viene a cuento.
-No señor....

La Adoración de los Magos es un cuadro inmenso y deslumbrante. Una verdadera joya. Como muchos otros, un prodigio de color. El Greco nos da una lección impresionante de Pintura, de la de verdad. Una vida pintando. Color, luz, detalles. Y retratos: maravillosos retratos.

-La Pintura, ya lo dijo Michelangelo, es triste y desgraciada, igual que las demás Artes. Inferiores por naturaleza a la Escultura. Michelangelo amaba al mármol. Es muy difícil pintar ¿sabe usted? un culo, una teta o una polla y sus huevos, en toda su tersura y su volumen. Esculpir, en cambio, es otra cosa. Se puede tocar. Pero pintar un culo o unas tetas, amigo.... es cosa complicada.
-Ya, pero pruebe usted a esculpir una puesta de sol.
-Oiga, cuando yo hable en plan magistral, usted mejor se calla...
-Sí señor.

El Caballero con la mano en el pecho, o como se llame, es un retrato mágico y casi perfecto. Pero multitud de guías y visitantes coincidían a coro en que, tras su limpieza y aclarado de colores y fondo, había perdido parte de su misterio. No gusta igual, decían, proclamando así a los cuatro vientos su idiotez. El Caballero es un retrato bueno de verdad. No por la negrura que tuviera, ni por su misterio, si lo hubo. Es bueno por lo bueno que es.

Sobre nosotros, el Alcázar guarda al nuevo Museo del Ejército, que tiene salas interesantes, pero que en otras es necesario retirar la caspa con pala quitanieves. En todo caso, nada que ver con el rico Museo Naval de Madrid. El Alcázar, ya lo sabemos, fue bombardeado. Los bombardeos son como los alumnos de secundaria: unos son más populares que otros. Y algunos, sencillamente son olvidados y sólo sirven de burla y desprecio para esa chica deseada que se llama Historia. Esa que, aunque se hace la estrecha, en realidad es una putilla que siempre termina, con la almeja humedecida, junto al vencedor: el más salvaje y despiadado de la clase. Que se joda.

-Pues no hubieran ustedes perdido la guerra....
-Tiene usted mucha razón. Y que no tengamos partido de vuelta.

Todo el Greco está hasta junio en Toledo. Paquete Básico Greco. Paquete Greco Exclusive.  Paquete Greco-Toledo. Sólo falta el Greco con elevalunas, llantas de aleación y climatizador. Merece la pena, aunque parece que hayan contratado para su venta al director de marketing de SEAT.

Toledo, como la casa de Norman Bates, no da miedo sin nubarrones negros. De hecho, son como otra cosa con el cielo azul límpido. Pero la pintura de el Greco, sí. No son sólo nubes negras. Es un color vertiginoso. Una luz incisiva y a la vez envolvente. Gasas, rasos, metales, broches y maderas. Y retratos. Una colección abrumadora de retratos. Una lección de Pintura maravillosa e impagable.

-Hoy se decide la liga. Madrid o Barça...
-Cuidadín con el Atleti del Cholo...
-¿Le dije antes que me cae usted fatal?
-No señor.

La Pintura, la triste Pintura... La que enloqueció a unos y mató de hambre a tantos. La obsesión. Lo inabarcable. La Pintura, oficio. La Pintura, pasión. Ambición, frustración, ansiedad. La inmensa luz. Y la oscuridad, sí. Porque para la Pintura "nunca faltará qué ver, pues hasta en la mediocre oscuridad ve y goza. Y en ella encuentra motivos para imitar...."


Un lector


Maldito sea el puñetro libro ese: La Celestina. Y El Quijote. Y todos los de este curso... Peñazo auténtico.
Sí. La obligatorierad predispone al incumplimiento. La ley, a la rebeldía. Casi podría ser una traición a uno mismo que la lectura de alguno de los libros evaluables te gustase. Esto es así. Cierta profesora de inglés procuraba enriquecer el vocabulario de sus alumnos pinchando discos de Lennon o The Who.
-Son un puto coñazo...  -¡Pero si son la hostia de buenos!    -Ya, pero....
Mucho tiempo antes, algún maestro de básica, bueno y competente, nos invitaba a mejorar la letra y la ortografía copiando al dictado fragmentos del Viaje a la Alcarria, o estrofas del Romancero Gitano, o de El Jardinero...
-Veo que a ti te ha gustado. Llévate el libro...  -Sí.
El libro. Aquellas viejas ediciones de Austral, que se veían gastadas sólo por las páginas usadas en clase.
-El coronel no tiene quien le escriba, a ver qué tal....
...
-¿Cómo ha ido?
-Sentí calor y dolor de cabeza. Pero luego empecé Cien años de Soledad.
....
-El viaje a la Alcarria, toma.
...
-¿Y?
-Dan ganas de viajar solo, andando por los caminos. Comprando miel y buscando albercas.
 También lo acabé. Estoy con La Colmena.
...
-¿Quieres leer entero el de Tagore?
-Pues sí.
...
-¿Qué te ha parecido este?
-Dan ganas de vivir en el campo. Y de escribir con frases cortas y muchos puntos y seguidos.
....

-El Quijote. Creo que tú vas a ser alguien que lo lea entero.
...
-¿Ya lo leíste?
-Aun no.
-¿Ya lo acabaste?
-Ahora sí. Pero creo que no lo devolveré al colegio....
....
-No importa. Creo que estás perdido: tú vas a ser lector. Eres ya un lector.

Suspiros de España (y Portugal) o La Jornada de Reflexión


Recuerdo de nuevo aquella conversación con el gran Juan Luis Galiardo. Eran los años noventa, y  estaba presentando su nueva película, Suspiros de España y Portugal. Hablamos de Extremadura, de España, de Portugal, de Europa. También un poco acerca de las mujeres y de la vida.
-Manolo, estoy contento con la película. Porque es que es eso. Somos eso.
-¿Qué es lo que somos?
-Bueno, lo que no somos. Nos venden Europa. Y nosotros no somos eso. Nosotros somos otra cosa.

No. Nosotros no somos eso. Y reconozco que durante un tiempo yo quise creer que sí lo éramos. O lo podíamos llegar a ser. Mozancones que sacan su traje del baúl y se lo ponen alisándolo con las manos. Albergando la esperanza de no llamar la atención cuando se sienten entre el resto de invitados. Pero viniendo a asumir su verdadera condición al comprobar que lo hacen, pero en los últimos asientos, apartados, lejanos. Cuando no de pie, o acaso sirviendo y recogiendo la mesa en donde comen otros.
No somos funcionarios de una cancillería alemana. Ni brokers de Societé Generale, ni traders de Frankfurt. No trabajamos en una empresa con guardería y seguro de familia. No hacemos pretzels, sino roscos de viento. Ni gofres, sino pestiños. No apuramos el almuerzo sobre un táper, pinchando con un tenedor de plástico a lo largo de un andén de metro.
Nosotros no somos eso. España (y Portugal) no somos nada de eso.
Portugal y España (sí, pero ¿qué España? ¿el monte y la meseta? ¿la costa y el interior? ¿o acaso algunas Españas también son otra cosa?) somos lo que tú dijiste, Juan Luis. Somos un par de maletillas, con más miedo que vergüenza. Dos pobres e incultos frailes, recién secularizados y desheredados sin saberlo. Dos vagabundos que deambulan por una tierra que otros poseen y aprovechan, pero que les pertenece, aunque no lo sepan ni puedan reivindicarla. Dos desarraigados. Dos tristes, infelices destinos, que sólo escuchan el rugido de sus tripas. Dos inocentes, que apenas prueban una brizna de felicidad cuando tienen que volver a salir corriendo. Bobos y buenos. Con ganas de pan y de sexo. No porque sean glotones y lascivos, sino porque nunca les permitieron ni comer ni follar.
Eso somos. O quizá un pescadero desconfiado, o un abad oscuro, o un guardia civil, o un porquero, o un soldado, o una puta de cuatro duros. Un alcalde zoquete, un ministro corrupto. Un cura y un terrateniente. El campo. Y el camino.
Porque vamos en bicicleta en la que hay aperos de trabajar, la mirada dura y los ojos muertos de sueño. Una bici sin cesta de flores, ni timbrecito.
En Europa, Juan Luis, tú lo sabías hace tantos años, nos esperan en el ruedo. Plantados en sus asientos de sombra. Con sus sombreros y sus puros. Esperando a que saltemos a la arena. Para reírse cuando nos vean correr. Porque nos pondremos, siempre lo hacemos, delante del toro. No por arte, sino por hambre.  
Quizá, Juan Luis, pienses que Europa nos conoce ya. Y que acaso debería cuidarse por ello. 
Que el hambre de los forcados es el mismo hambre que el de los Tercios.
El que hizo al porquero degollar guarros. Y de paso, también al capataz y al dueño. 

De repente, el silencio


Sí: estuve en un banquete de bodas anoche. En el Castillo de las Seguras, seguro que lo conocéis. Es una casa castillo cerca de Cáceres, puede verse desde la carretera. Es uno de esos lugares que parece como de cuento, que es un gozo para los que lo ven, pero que, inevitablemente, hace ensoñar a uno cómo será vivir allí. No estar de visita, junto con otras doscientas personas, sino vivir en él, tenerlo como hogar.
De este tipo de celebraciones, ya se sabe: todo es fantástico. Comida y bebida muy finamente presentada y servida. Conversaciones y chistes. Personas a las que hace mucho que no ves. Fotografías. Copas. Pero invariablemente me suele suceder algo: llegado un momento, un par de horas después de navegar en ese ambiente, necesito salir. El ruído, sin ser atronador, resulta excesivo por lo constante. Me cansa estar de pie o sentado. Sonreir, responder, asentir o lo que sea me fatiga. Y necesito encontrarme de nuevo. Conmigo mismo.
Para eso, el castillo cuenta con unos patios deliciosos. Asientos de piedra o de hierro en rincones rodeados de plantas y flores. Con iluminaciones tranquilas y relajantes. Había dado unos pasos hacia afuera para buscarlos y el espíritu se aquietó casi de inmediato. El sonido de las voces y los cubiertos se había amortiguado casi totalmente. Unas cuantas personas habían sentido mi misma necesidad y descansaban en estos cenadores mirando a las estrellas. Se estaba bien. Siempre creo que es agradable -y hasta necesario- escuchar los propios pasos cuando se camina. El rechinar del polvo sobre los lascones de pizarra, o el crujir tierno de la hierba recién regada. Malo es es lugar en donde andas y no oyes tus pasos.
Pero es aún mejor encontrarte allí en donde puedes escuchar también tus propios pensamientos. No lo dudé. Recorrí unos metros más por la corta galería hasta la salida. Crucé el arco almenado y me hallé en el exterior, mirando al campo de madrugada.
Sorprende notar que el sonido no se marcha tan rápido como dicen. Perdura unos minutos en nuestra cabeza. Pero si se sabe esperar, se va. El aire, que uno puede creer más frío, en realidad es un aire nuevo. El de esa noche, era el aire que venía desde la llanura, sorteando encinas coronadas por las cigüeñas. Y traía olor a jara, a olivilla y a corcho recién sacado.
Y el silencio... de repente, por fin, percibí el silencio. Pero también me sorprendió. Porque la noche -siempre lo dije, y  aquí lo escribí alguna vez- tiene sus propias criaturas. Es un mundo distinto al que solemos habitar. Y bien distinto del que yo acababa de escapar. La noche tiene su olor, sus propias deidades, su propia techumbre: la del firmamento, que durante el día está oculto aunque esté ahí, diciendo bien claro que las horas de luz no merecen esa bóveda moteada en blanco de zinc por un artista inalcanzable.
La noche, sí, tiene sus propias criaturas, que nos son tan extrañas como si fueran de otro planeta. O son las mismas, pero son distintas. Lo sabéis: un gato de día puede dormitar todo el día en un cesto. Por la noche, se convierte en un ser mitológico que campa por donde no sabemos, y que emite sonidos impropios y espeluznantes. No reconocemos a nuestro gato cuando lo escuchamos maullar sobre el tejado, tan inquietante es.
Esta vez también fue así. En cuanto mis tímpanos dejaron de resonar con sonidos tan paganos, la noche me fue regalando los suyos propios. El silencio de la noche. El sonido de la noche. O el sonido del silencio.
Yo me escuchaba pensar. Oía casi el crecimiento de la hierba. Pero el sonido de fondo era una verdadera coral. El silbo del cárabo, que tantas veces imité de niño juntando mis manos y soplando entre ellas. El rumor del viento, que a ráfagas impactaba en los canchales y agitaba un arbusto. El siseo de la lechuza: ese siseo lejano que te eriza el pelo y que recuerda al de una serpiente que tuviéramos en los mismos tobillos.  Y el chillido corto y apresurado de algún roedor, quizá asustado y a la carrera, tras notar la presencia del búho real.
Estaba así, disfrutando digamos, con los ojos cerrados y quizá con cierta sonrisa, de la noche, cuando al coro de sonidos y voces se sumó otro. Como el redoble in crescendo de un timbal, me llegó una voz. Como el redoble intensificado, llegó otra. Primero desde el frente, bajando desde la Sierra de San Pedro. Rebotando en cada globo de granito. Después, la respuesta, desde mi espalda, como bajando con el agua del Salor. Y otra vez. Y otra respuesta. La primera me asustó. Después comprendí.
-"Son ellos" -     Aún estamos en agosto, pero sí: son ellos. De entre las criaturas nocturnas, una había venido a reclamar su espacio en el coro de fábula y fantasmas. Dos príncipes se comunicaban
separados por decenas de kilómetros. Yo estaba en el medio. Dos tubas tronaban y dialogaban desde la resonancia de sus pechos en tensión.
-"Son ellos. Ya berrean los machos. Los de dentro se lo están perdiendo..."

Mi mala educación


(foto: La Crónica de Badajoz.  El patio y la muralla)

            Edito: El colegio ha sido derribado hace pocos días, en enero de 2019


Muchos, sobre todo los de la edad de mis hijos, o aún más, no lo pueden entender. Pero es fácil, puedo asegurarlo. La mala educación. Eso es.
Hemos crecido en lugares en donde un animal era una cosa, o menos. En donde los hombres trabajaban fuera, y las mujeres cuidaban de la casa y los hijos. Cualquier variación sobre el esquema básico conocido de familia normalizada era objeto de chismes, cuando no de descalificación.
Por poco, pero aún canté el cara al sol antes de empezar las clases. Y por muchos años, el avemaría. Y el avemaríapurísima para pedir permiso al entrar en un lugar. Besar el anillo del obispo, cuando giraba visita. Recitábamos de memoria, curso a curso, pues el currículum educativo, si es que lo había, no cambiaba de uno para otro, datos, fechas y nombres inservibles. Además, con nula profundización, y con aún menos crítica. Por ejemplo, era de precepto saber que España era la primera productora mundial de aceite de oliva. Año tras año. Y tercera del mundo en producción de vino. Pero cuidado: aún te podía caer un suspenso si no te apresurabas a escribir "tercera en cantidad, que no en calidad. En calidad los primeros también, por encima de los franceses". Durante años se nos cansó con la absurda información de que en San Lúcar -¿qué es San Lúcar?-  se producía "mucha manzanilla". Y todos imaginábamos a un pueblo rodeado de margaritas aromáticas. Así es: mis profesores habían leído eso en alguna enciclopedia desfasada y, por supuesto, no habían actualizado ni corroborado dato alguno.... Y ni si quiera se habían preocupado de saber que, efectivamente, el asunto no iba de producción mundial de infusiones, sino de un vino que se llama así. Y que, fresquito, es de vicio. Ellos, los pobres, probablemente murieron sin haberlo conocido.
Años de ser cristianos por la gracia de Dios. Años de repetir que Franco "nos trajo la paz". De ver peñas de vecinos, todos hombres, cargar con la bota camino de la plaza de toros, por San Juan.
La lectura obligatoria, ay la lectura, que en eso no hemos cambiado... iba de Pardo Bazán a Pemán, pasando por Cervantes, Galdós o Unamuno. Que yo no me quejo. Pero que consiguió espantar a todos cuantos no tuvieron, como humildemente creo que me pasó a mi, suficiente paciencia y fueron exlectores ya para siempre después. Los resistentes descubrimos poco a poco, sin ayudas, o incluso con cierta persecución, a Twain, Salgari, Stevenson o Verne.
Empezamos las clases de inglés en séptimo de egebé. Demasiado tarde. Y demasiado poco, una clase o dos a la semana. No teníamos pista de deportes, gimnasio, aparatos ni ganas de ningún profesor de enseñarnos nada sobre el tema. Algunos, también en plan heroico, fundamos nuestros propios equipos de baloncesto, fútbol o lo que fuera. Saltábamos las tapias de los colegios maristas o salesianos. En Badajoz no había absolutamente ninguna otra canasta disponible. El hermano Paco, a veces, corría tras nosotros como si estuviéramos poniendo fuego al colegio, y no jugando a la pelota. Entrenábamos. Y llegamos a enfrentarnos en ligas contra los chicos de esos colegios. Ellos, naturalmente, acompañados en los partidos por sus padres, entrenadores y compañeros. Nosotros, solos. Sin complejos, pero dándonos cuenta de que veníamos de otro mundo: éramos de otra clase. Lo mismo pasó con el cine, el ajedrez, la historia, o cualquier otra inquietud que pudiéramos ver nacer en nuestras pequeñas almas. A nadie importaba.
O peor aún: importaban para mal. Yo dibujé y pinté desde niño. Pero en bachillerato, mi querido profesor de dibujo artístico-aún te recuerdo, envidioso hijo de puta-, que debía limitarse a enseñarnos cuatro cosas de perspectiva, decidió que yo no debería haber tenido un maletín de acuarelas, viejo y mil veces usado, sino una cajita de guaches de plástico recién comprada en Paule, como mis compañeros. Cuando tocó el tema de dibujar con puntitos de tinta, consideró que yo debía haber realizado un cubo o una esfera, como los demás, aunque la temática fuera libre. Y no una versión del Inocencio X de Velázquez. Fui el único de la clase que tuvo que examinarse en septiembre.
Todo era terriblemente absurdo. Recuerdo que escribíamos en folios. El tamaño A4 aún no se había impuesto. Pero para hacer los exámenes, era obligatorio ir a la papelería y comprar ex profeso uno o dos pliegos, o sea el papel con el doble de tamaño del folio. En clase, siempre se repetía el rito: como éramos pequeños y temíamos romperlos, nos poníamos en fila para que el profesor... ¡los doblara y los partiera en dos, para dejarlos en el mismo puñetero tamaño folio y poder usarlos!...
Las bibliotecas eran pobres, o no había. O estaban cerradas. En la pública, por supuesto internet no existía aún, había que leer con desmesura para extraer información de un asunto. Y tomar apuntes. Las fotocopias eran privativas, a diez pesetas la unidad.
Padecimos las sabidas manipulaciones destinadas a los niños de la época. Lo buen patriota que fue Jose Antonio. O lo malos que eran los rojos, menos mal que les ganamos. Y que había que ser del Bilbao, que para eso sus futbolistas eran todos españoles. Luego nos querrían convencer de que los odiáramos, porque todos eran de la ETA. Y a alguno nos quedó, aunque fuera por llevar la contraria, esa simpatía por el Athletic. El Athletic de Iríbar, Lasa, Villar, Rojo o Dani...
Sabíamos los nombres de los reyes godos, las capitales de estados que igual ya no existían y mil tontadas más. De la Historia, habíamos memorizado hazañas de verosimilitud más que dudosa de Cortés, Pizarro o el Cid. Pero luego salíamos al patio... El patio de mi colegio está, aún hoy, adosado a la muralla defensiva de Badajoz, bajo el baluarte de San Roque. La muralla del siglo XVII. La muralla sitiada y asaltada en 1811 por el mariscal Soult. Y por Lord Wellington en 1812.  El baluarte que, aún entonces, albergaba en su interior la vieja plaza de toros que fue escenario de los horrores en 1936.... Nada. No sabíamos, porque nadie nos lo dijo en tantos años de escolarización, qué era aquella pared. Ni quién fue Ibn Marwan. Ni Meléndez Valdés. Ni Muñoz Torrero. Ni Luis de Morales. Ni nadie.
De sexo, comprenderéis que ni hable.
Y así eran. Los que nos educaban y los que gobernaban este santo país. Aquella caterva de indocumentados con cabeza cuadrada y vacía. Aquella banda de paletos o de malintencionados, con menos mundo visto que el visillo de un confesionario. Aquella orquestina de cráneos engominados y moral hipócrita. La de los niños y niñas por separado. Ellos, que aprendan electricidad, ellas, sus labores. Esa España que olía a rancio a mil kilómetros. Pacata, inculta, ruín, sotanera y meapilas. La de las flores a María y el acto de contricción. Dime si has pecado y dónde te tocaste y cuántas veces. Que ahora, cuando te vayas, me tocaré yo. Esa España que muchos ahora añoran, por lo visto. Los de siempre, porque les convenía. Los demás, por imbéciles y porque no saben lo que es eso, ni lo que les puede caer encima, aunque ya bastante nos está cayendo.
Publicado en septiembre de 2013

Sin título

Son las cuatro de la madrugada y padre aún no ha vuelto. No es que me preocupe, no es la primera vez que falta de la casa durante la noche entera. Ni siquiera madre lo echa de menos, ni se encuentra en ella una pizca de preocupación, ahí dormida, en su jergón de madera con colchón de paja. No es extraño que padre no esté. Si ha cobrado cinco pesetas en el casino, en donde el señor despacha como si fuera su oficina, o si ha vendido leña, o unas docenas de huevos, o algunos peces cogidos en la charca, entonces no es raro que no acuda pronto. Al contrario, nos tiene acostumbrados a verlo regresar al despuntar el día, o quizá dos días después, cayéndose por el flanco de la mula de borracho que viene, y sin una moneda en los bolsillos.
Hace pocos años nos avisaron para que nos encargásemos, mi hermano y yo, de recogerlo. Lo habían visto en el camino de la noria. Bueno, habían visto a la mula en el camino de la noria. El animal estaba parado, cortando tallos de avena brava con los dientes, muy mansamente y con gran paciencia. Como sabiendo que iban a estar allí mucho tiempo, hasta que alguien llegase buscándolos. Padre no se veía al principio, desde la loma polvorienta del camino. Pero sabíamos que estaba allí, y allí lo encontramos: caído y como muerto en la cuneta. Cubierto de espinos y con la cara cuarteada por el sol y la tierra pegada en hilillos cerca de su boca, por donde había chorreado el vino.
Padre no está, pero bien que me recordó que hay que acudir hoy sin falta a los maizales. Iré yo solo. No he dormido apenas nada, la noche no ha traído hoy ningún soplo de aire fresco por entre los chaparrales y por eso he tenido tanto calor como durante el día. La ropa se pega al cuerpo y el sudor no se respira, sino que se queda como una segunda piel, engorrosa y asfixiante. Las ventanas no alivian la sensación de ahogo, porque al abrirlas sólo entra por ellas un vaho caliente como el aliento de un horno, acompañado de un olor picajoso a agua de riego y a polen de maíz.
He salido al campo tras tomar un poco de café. Ahora el olor a polen es más intenso. Las cañas son mucho más altas que yo. Tiemblo un poco al recordar que pronto habrá que despanojarlas. Entonces, cuando la cuadrilla de hombres entremos en los surcos, el calor será ya insoportable. Los penachos irán cayendo a cada cuchillada, pero antes de caer al suelo formarán, entre todos, una nube de polvo picante que entrará en cada poro de nuestro pellejo. No se encuentra una gota de aire limpio que respirar, encajonados como vamos entre hiladas, pisando surcos encharcados en donde se hunden nuestros pies hasta el tobillo. A veces cuesta tanto sacarlos como si nos hubiera pillado un cepo lobero. Y a veces se sacan sin la alpargata, que quedó sepultada en el fango, de donde hay que exhumarla cavando en él con las manos, muy penosamente.
Hoy, además, esas panojas me parecen mucho más inquietantes. Se ven negras, recortadas contra la luz blanca del amanecer. De este amanecer de hoy, neblinoso de calima que anuncia más bochorno y más sudor. Esas panojas así negras, son como los penachos de pluma que ponen en el pueblo a los caballos del enterrador. Y tan fúnebres. No sé dónde estará padre. Seguro que está borracho en alguna de las cantinas entre casa y el pueblo de abajo, el de la vega. O entre casa y el otro pueblo, el de la sierra. Otro año, bien recuerdo, padre vendió la carne de un venado que pudo cazar, porque quedó atrapado en una regadera. También al pobre animal se le quedaron sus pezuñas hincadas en el barro. El hombre nos anunció triunfal que volvería con ropa nueva y con bacalao seco. Pasó un día y hermano fue a buscarlo. Tampoco volvió. Pasaron dos días más y me mandaron a mi. Y los encontré a los dos terminando de gastar los cuartos, apurando una frasca de vino blanco en el porche de la casa de la madama. Al verme llegar, dos mujerucas se rieron desde el antepecho de la planta de arriba. Y una de ellas se levantó la falda y me enseñó su coño, en donde metía un dedo y lo chupaba luego, llamándome con mucho descaro, que terminó de acogotarme.
Con la azada grande voy abriendo las regaderas. El agua limosa de las acequias corre a borbotones, terminando de destruir y arrastrar la presilla de barro que la retenía. La presa de barro que con la misma azada había taponado yo antes. El agua fluye y va llenando con orden cada uno de los surcos, primero uno, luego el siguiente. Siempre que abro las regaderas pienso que el agua... bueno, no. Más bien siento que soy alguien superior, porque puedo llevarla a donde quiero. Al agua, que es imposible retenerla entre las manos. Llevarla de un lado a otro. Detenerla, hasta verla morir engullida por la insaciable tierra. El agua sube hasta el mismo pie del maíz. Y al tocar su caña, noto que la cal disuelta cuece en contacto con la piel verde. No sé qué tienen las cañas de maíz, pero sé que la cal cuece al rozarlas el agua. Y desde ahí abajo sube un vapor ardiente que pugna con el calor del sol para torturarme aún más. No creo que haya en el mundo un lugar más caluroso, más irrespirable, que un maizal. No creo que sea peor ni siquiera un desierto.
He trabajado durante todo el día. El calor y el polen me han irritado, nunca nadie se acostumbra a eso. La noche antes, siempre juro para mis adentros que no me limpiaré el sudor de la frente. Que lo dejaré correr hasta que gotee desde mi nariz. Pero no puedo. Me lo quito de encima con el dorso de la mano. O con la manga de la camisa. Pero la mano y la camisa también se saturan de polvo y de polen. Y se convierten en una infección como de cierta química, que no me alivia en el rostro, sino que lo hacen picar más, hasta ponerlo rojo, ardiendo. Y hasta la frente me encuentro, al volver a casa, como en carne viva. Las panojas dejaron de ser negras, cuando el sol las hizo brillar. Cuando empezaron a parecer como de oro viejo, hecho en ramilletes para una diadema. Pero seguían pareciéndome de mal agüero.
Tras cerrar la última acequia, al final de los caballones, estaba en el límite de la plantación. Sumergí la azada en la arqueta, la limpié de barro y la dejé dentro del agua, apoyando el machón en el fondo. Cuando la madera del cabo se terminara de hidratar, se hincharía y la zacha de hierro dejaría de moverse. Me lavé los brazos y metí la cabeza hasta el cuello de la camisa. No sabría explicar por qué, aunque me sentí refrescado, no notaba el alivio de otras jornadas al terminar el día. Quizá, pensaba mientras iba volviendo hasta el cruce de caminos, es por saber que no tendré otro futuro que el que ahora veo. Sembrando y regando maíz. Padeciendo este calor, que no deja vivir a nadie. O porque nunca podré sentarme, tan tranquilo como el señor o su hijo, en las mesas del casino, hablando de las ganancias o de la tierra que van a comprar. Con chaleco y zapatos, con camisas blancas y reloj de bolsillo, mientras beben vino del bueno y piden al mozo un plato de lomo partido bien finito. O de la angustia de ver a madre así, cada vez más vieja y desengañada, viviendo en un chozo con cubierta de ramas, cocinando en un fogón negro, con cuatro cacharros que padre compró a un buhonero nada más casarse ellos. Pensando que sólo un revés, me daba igual que fuera bueno o malo, un revés gordo de los que da la vida de vez en cuando, podría torcer el rumbo de mis días. Y cambiar mi destino, para llevarlo hasta no se sabe dónde.
A treinta pasos del cruce, con la azada al hombro, ya había perdido el hilo de esos negros pensamientos. Pero la nube cargada de mal fario que salió conmigo de madrugada me seguía acompañando, hasta hacer que me doliera la cabeza. Ya mirara al suelo o ya al cielo. Ya a las cañas de maíz, que eran como un batallón de soldados en formación, testigos de mi triste caminar hacia el pabellón en donde mi futuro se iba a decidir. Batallón en ristre que no se dignaba mirarme, yendo cabizbajo hasta el patíbulo, por si la negrura de mi sino pudiera ser contagiosa. Ya hacía rato que volvía a estar acalorado. El frescor de la poza quedó atrás. Y hasta el mango de la azada, que había estado notando frío y chorreando agua sobre mi espalda, volvía a ser una astilla seca y áspera, que arañaba mi hombro al ritmo del caminar. A treinta pasos del cruce, no sé qué cosa me hizo mirar justo en la hilera precisa. Justo en ese surco, que era igual a los cientos de otros surcos recién regados. Y no sé cómo, ni qué extraño imán o rara intuición me hicieron asomarme justo allí. En donde casi era imposible distinguir nada, menos aún con la luz ya menguante del atardecer, pues el barro en las acequias es por igual negro y limoso. Y así cubre piedras, raíces y cualquier cosa que en ellos se encuentre. Formando un suelo blando y ondulado, virgen de huella alguna cuando el agua baja, como hecho por el panadero cuando baña un bizcocho en chocolate.  Y así cubría también todo el cuerpo y las ropas de padre. Padre, que se encontraba en aquel surco como depositado a propósito en su fosa. Todo a lo largo, encajado como un guante en aquel hondón.  Padre, convertido en una estatua de barro, por igual el color de su rostro y de su camisa, y por igual su brillo. A quien yo mismo, así lo comprendí enseguida, había dado muerte abriendo y cerrando regaderas, al cubrirlo de aquella agua dura y legamosa. Templada y negra.


Las putas de Toulouse-Lautrec


Tienes razón, Henri Marie. Los que pintamos paisajes somos unos empanaos a los que no nos corre la sangre por los pinceles. O unos señoritingos de caballete en fin de semana, que babeamos para que nos salga bien bonito y bien colgable un jardincito japonés, como a Monet. Que nos hacemos pipí en los pantalones cuando vemos un jarro con flores, o un mantel blanquito y una hogaza. Así, tan rebien puestos, que se caigan de pura artificialidad. Y también tienes razón en que no te hemos respetado. Qué quieres, te dirán. Haber crecido, hombre de dios... En qué inauguración ibas a quedar bien, si no llegabas ni a la mesita de los canapés.
Las putas, Henri Marie, son el termómetro de la Humanidad. Ellas, que no tienen culpa de nada y que son víctimas de todo, pero especialmente de los hombres. Sí: de la naturaleza intrínsecamente material, hedonista y cosificadora de los hombres. De nuestro puñetero egoísmo. Aunque de eso no hablaré, porque no es hora, y porque ya tú sabes de eso más que yo. Las putas, señor de Toulouse-Lautrec son, quizá, los seres más piadosos de la tierra. Y los más dignos.
Nadie va a entender, tú sí, claro, que te refugiaras en los garitos. Pero en los garitos está la verdad. En la calle está la verdad. En las tabernas y en las tablas de un teatrillo. Sí: en un teatrillo, en donde se escenifica la mentira haciéndola graciosa: allí está también la verdad. Porque ellos -los actores, los bailarines, las putas- nos ponen delante de nosotros mismos. Delante de nuestra verdad. A menudo, de nuestra triste verdad. Y bien merece la pena pintarlos.
Fuiste alimentado por las putas. Y perfumado, como por la Magdalena. A lo mejor sólo ellas te lloraron. Bueno: también tus galeristas. Eras, estimado bribón, como de la casa. Medio hombre, habitabas los camerinos y las alcobas. Acaso tenido por inofensivo. Pero reclamando, una vez que otra, algún servicio. Sin pagar, claro.
Me habría gustado verte pintar, Henri Marie. Quizá tanto como a Velázquez. Porque lo hacías, estoy seguro, a pie de cama, acaso en paños menores. Y las más de las veces, hasta arriba de absenta. Como Dios manda. Me gustaría aprender a pintar carteles como tú. Sin fotografías retocadas, letras sobreimpresas con ordenador, ni programa informático alguno para editar tus imágenes. A pelo. Y a paleta. A mano. Extendiendo manchas planas y coloristas que son puñetazos en los ojos. Con luces de cabaret y con enaguas al viento. Con tobillos seductores y con posturas danzantes. Anunciando a la Avril, a la Goulue, o a Chocolat.

Tiempo de setas


Macrolepiota procera  (Maza de Tambor)  Foto: Sociedad Micológica Extremeña

Las primeras lluvias del otoño han venido en cuerdas jugosas y rizadas. Hemos olido ya los primeros vapores de la tierra humedecida. Espero que llueva más.
Cuando viajamos a Monpazier, eso fue este verano, la noche nos llegó en carretera. El Perigord es más verde que Extremadura, y sus prados se siegan continuamente. No da tiempo a recoger las alpacas enrolladas: bajo ellas vuelve a crecer la hierba. La tierra es blanda como una moqueta. La noche, sí, bajó como un telón hasta las tablas. Y las candilejas del cielo quedaron brillando.
Interrumpí a Mercedes -siempre la interrumpo por cualquier cosa- para que sacásemos la cabeza por las ventanillas. Al caer el sol se había apropiado del campo un frescor inaudito. Como el aliento de un océano. Como el alma de un pozo. Había que respirar aquel aire. Daban ganas de parar.
Pero el campo, el aire, estaba tomado además por una presencia nueva y a la vez conocida. Algo que recordaba aún más a la propia tierra, como si el suelo se hubiera abierto como una granada, y hubieran quedado al descubierto sus entrañas: las raíces, el agua, cada filón de piedra, cada estrato de creta y de arcilla. Enseguida identificamos ese perfume. El aire, el campo, olía a trufa. Olía intensamente, frescamente, embriagadoramente a trufa negra.
Nos quedó bien claro que así era cuando la vieja bodeguera nos ofreció una cata de sus vinos. Estaban ricos, pero no eran únicos. Salvo uno: de una pequeña nevera sacó una botella y bebimos. Era un vino clarete, quizá no muy importante. Pero había sido afortunado. La mujer lo seleccionó para macerar en él durante unos meses unas láminas de trufa que luego había retirado. El efecto era increíble. Queríamos más, pero no quiso venderlo, la puñetera. C´est un cadeau. Juste pour prouver.
Ahora vendrán de nuevo, aquí también. En nuestro campo. Y el perfume de la noche, sólo hay que abandonar un rato las duras alfombras de asfalto, volverá a ser distinto. Hay que tener paciencia y dejar que la oscuridad te pille en el campo, o en el monte.
El corral de brujas volverá a bailar en torno a una encina. Las mazas de tambor surgirán como de la nada. Y las amenazantes lepiotas, blancas entre la hierba. Un boleto levantará la capa de agujas de pino. Mil caballeros templarios cabalgarán juntos, al borde de una vereda. Las trompetas de los muertos se alzarán como en Jericó. Del suelo brotará, envuelto en arena y desperezándose, el terroso gurumelo. Y de un tronco la oreja de Judas, que en verdad hace parecer que el árbol quiera escucharte.
El perfume de los hongos hace que el campo huela como el especiero de un chef. Pisar el suelo tierno y húmedo, apartar las hojas descompuestas ya de un alcornoque, encontrar el regio, el edulis o el fragans que son como panecillos bien horneados. El aromático cantharellus. Admirar a la bellísima cesárea. Y a la verna, su hermana albina. Igual de elegantes, igual de fatales. Disfrutar un poco de la dehesa, cuando ya el calor no nos lo hace imposible.
Un placer. Que se puede rematar poniendo la recolecta sobre las brasas, o en láminas marinadas con aceite de oliva. Pero con cuidado. Al fin y al cabo, como dicen los expertos, todas las setas se comen. Pero algunas, sólo una vez.

Publicado en octubre de 2011